Lin Chen estaba endeudado y sin futuro hasta que una misteriosa puerta le permitió viajar entre la era moderna y la antigua China.
Desde entonces, objetos comunes como sal, espejos, medicinas y herramientas se convierten en tesoros en el pasado, mientras que jade, oro y reliquias antiguas valen fortunas en el presente.
Lo que comienza como una forma de pagar sus deudas pronto se transforma en un imperio comercial capaz de desafiar nobles, familias poderosas y hasta la corte imperial.
Pero cada viaje modifica algo.
Y un día, Lin Chen descubre su propio nombre escrito en documentos históricos de hace siglos.
Dos épocas. Un comerciante. Una fortuna sin límites.
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La primera pérdida seria
Hasta ese momento, Lin Chen había tenido problemas.
Pero no una pérdida real.
Eso cambió con una carreta.
Wu San llegó corriendo al Pabellón poco después del mediodía.
—Lin Chen.
Por su expresión, algo estaba mal.
—¿Qué pasó?
—La carga.
Su Wan'er levantó la cabeza.
—¿Qué carga?
—La de esta mañana.
Lin Chen salió inmediatamente.
Había enviado una carreta con materiales hacia el pequeño taller de jabón.
Grasa.
Aceite.
Ceniza procesada.
Madera.
Nada especialmente valioso.
Pero suficiente para representar varios días de trabajo.
—¿Dónde está?
—No llegó.
Lin Chen se detuvo.
—¿Qué significa que no llegó?
—Yo no la llevaba.
Eso era cierto.
Wu San había empezado a contratar ocasionalmente a otro conductor cuando había más trabajo.
—¿Quién?
—Bao Liu.
—Encuéntralo.
—Ya fui a su casa.
—¿Y?
—No está.
Silencio.
Su Wan'er salió detrás.
—¿Qué pasa?
Lin Chen explicó.
Ella palideció.
—¿Cuánto?
—No lo sé todavía.
Volvieron adentro.
Hicieron cuentas.
No era una fortuna.
Pero tampoco insignificante.
Materiales.
Carreta alquilada.
Adelantos.
Dos cajas con herramientas.
Y algo peor.
Una pequeña cantidad de jabón moderno que Lin Chen había usado como referencia de calidad.
No podía permitir que esas barras terminaran en manos equivocadas.
—¿Tenían marcas?
Su Wan'er preguntó.
—No.
—¿Empaque?
—Nada moderno.
Eso reducía el riesgo.
Pero seguía siendo malo.
Encontraron la carreta al atardecer.
Abandonada fuera de la ciudad.
Vacía.
No había sangre.
Ni señales de pelea.
Bao Liu había desaparecido con la mercancía.
Wu San estaba furioso.
—Yo respondo.
—No.
—Lo recomendé.
—Eso no significa que controles lo que hace.
—Puedo pagarlo.
Lin Chen lo miró.
Wu San no tenía dinero suficiente.
—No.
—Entonces déjame encontrarlo.
—Sí.
Eso sí.
La pérdida afectó más de lo que Lin Chen esperaba.
No solo por el dinero.
Por la confianza.
Había empezado a delegar.
Ahora recordaba que ni siquiera conocía realmente a la mayoría de las personas que trabajaban alrededor del negocio.
No tenía contratos sólidos.
No tenía controles.
No tenía inventarios exactos.
No tenía seguridad.
Había crecido de manera improvisada.
Demasiado improvisada.
Esa noche, Lin Chen estaba en la tienda después de cerrar.
Su Wan'er hacía cuentas.
—¿Cuánto perdimos?
—Entre ocho y diez taeles.
Lin Chen apretó la mandíbula.
Eso era más que varias semanas de salario de algunos trabajadores.
—Podría ser peor.
—No ayuda.
—No intentaba ayudar.
Lin Chen la miró.
Ella continuó.
—Intentaba decir que tenemos que aprender antes de que perdamos cincuenta.
Eso sí ayudó.
Lin Chen respiró.
—Desde mañana, cada carga tiene registro.
—Ya tenemos algunos.
—No suficientes.
Tomó papel.
—Quién entrega.
Quién recibe.
Qué contiene.
Cantidad.
Hora.
Firma o sello.
Su Wan'er empezó a anotar.
—Dos personas para mercancía valiosa.
—Sí.
—Y no usar conductores nuevos sin referencia.
—Sí.
—Inventario al abrir y cerrar almacén.
Lin Chen asintió.
La pérdida estaba generando un sistema.
Era una forma cara de aprender.
Pero probablemente necesaria.
Dos días después, Wu San encontró a Bao Liu.
No en Qinghe.
En una aldea cercana.
Había vendido parte de los materiales.
El resto seguía escondido.
Wu San quería llevar hombres y golpearlo.
Lin Chen se negó.
—No quiero una pelea.
—Nos robó.
—Lo sé.
—Entonces...
—Vamos con alguien de la oficina local.
Wu San lo miró con incredulidad.
—¿Funcionarios?
—Tenemos pruebas.
—¿Y si no hacen nada?
—Entonces aprendemos otra cosa.
Su Wan'er apoyó la decisión.
El asunto resultó más sencillo de lo esperado.
Bao Liu no era nadie importante.
Había testigos.
La carreta era alquilada.
La mercancía podía identificarse.
Un funcionario local ordenó recuperar lo que quedaba.
Parte se perdió.
Bao Liu tuvo que compensar algo.
No todo.
Lin Chen terminó recuperando aproximadamente la mitad del valor.
Seguía siendo una pérdida.
Pero menor.
Más importante:
el Pabellón había seguido un proceso legal.
Eso mejoraba su imagen.
Shen Rui se enteró.
Lin Chen lo supo cuando el funcionario apareció nuevamente en la tienda.
—Escuché que tuvo problemas.
—Nada grave.
—Podría haberlo resuelto de otra forma.
—Preferí no hacerlo.
Shen Rui lo observó.
—Eso fue inteligente.
Lin Chen sonrió.
—¿Es un cumplido?
—No se acostumbre.
Parecía una frase familiar.
Su Wan'er tuvo que mirar hacia otro lado para ocultar una sonrisa.
Antes de marcharse, Shen Rui dijo algo importante.
—La gente está hablando de su negocio.
—Eso suele ocurrir cuando uno vende cosas.
—También dicen que paga a tiempo.
Lin Chen guardó silencio.
—Y que no permite que sus empleados golpeen a ladrones.
—No sabía que eso fuera especial.
—En Qinghe, puede serlo.
Shen Rui se marchó.
Lin Chen quedó pensativo.
Reputación.
No solo con clientes.
Con trabajadores.
Funcionarios.
Proveedores.
Pequeñas decisiones construían algo.
Tal vez más valioso que una venta.
Esa noche, Lin Chen anotó la pérdida completa.
No la escondió.
No la redujo.
Diez taeles perdidos.
Cinco recuperados.
Pérdida neta aproximada:
cinco.
Le dolía verla.
Pero debajo escribió:
Costo de aprender a controlar operaciones.
Luego añadió:
No confundir crecimiento con control.
Había abierto tiendas.
Talleres.
Rutas.
Pero una empresa no era simplemente muchas actividades.
Era la capacidad de saber qué estaba ocurriendo.
Y todavía estaba lejos de conseguirlo.