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La Villana Que Dejó De Perseguir Al Príncipe

La Villana Que Dejó De Perseguir Al Príncipe

Status: Terminada
Genre:Mundo mágico / Villana / Mujer poderosa / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.

Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.

Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.

Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".

Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.

Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4 - El libro del rey

A los dos días fui a la casa de Silas. No sabía dónde quedaba. La señora Lía me había dicho que era la casa de piedra que está detrás del establo grande, la que tiene una puerta verde y un rosal que nadie poda. La encontré porque se escuchaban ladridos desde lejos.

No era una casa de rey. Era chica, de piedra gris, con el techo un poco chueco y una chimenea que echaba humo. Afuera había dos perros grandes, uno marrón y uno negro, acostados al sol. No me ladraron. Me miraron y movieron la cola. Adentro se escuchaba una radio bajita.

Toqué la puerta con la mano. Silas abrió. Tenía la misma chaqueta de cuero de la otra vez, pero sin barro. Me dijo, llegaste, pasa. Adentro olía a café y a madera. Había una mesa grande llena de libros, algunos abiertos, algunos con papeles encima. En una esquina había una estufa prendida y un gato gris dormido arriba de una pila de ropa.

Me dijo que me sentara. Me sirvió té en una taza que no combinaba con el plato. Me preguntó cómo estaba Tizón. Le dije que mejor, que ya comía solo y que caminaba más. Me dijo, qué bueno, los negros son fuertes. Se paró y buscó entre los libros. Sacó uno gordo, de tapa dura verde, que decía en la portada medicina veterinaria básica, con dibujos de caballos, perros y vacas.

Me lo dio. Pesaba mucho. Me dijo que era de su padre, que su padre curaba animales en el pueblo antes de que hubiera veterinario de verdad. Me dijo que su padre le enseñó a él a curar caballos porque no tenían dinero para pagar a otro. Me dijo, no soy veterinario, pero esto te puede servir para empezar. Me dijo que lo cuidara porque tenía notas de su padre escritas a mano en los bordes.

Le dije gracias y lo abracé sin pensar. Me dio vergüenza después, pero él se rió y me dijo, no pasa nada. Me preguntó por el local. Le conté que la dueña me daba un mes gratis y que mi amigo Leo me iba a ayudar a pintar. Me dijo que si necesitaba pintura blanca, él tenía un balde que le sobró cuando pintó su casa. Le dije que sí, que me servía mucho.

Salí de su casa con el libro apretado contra el pecho y el balde de pintura en la otra mano. Pesaba, pero no me importaba. Caminé por el camino de tierra de vuelta al pueblo y sentí que por primera vez alguien me ayudaba sin pedirme nada a cambio.

En el local, Leo ya estaba esperándome. Había llevado dos brochas viejas y un trapo. Había limpiado un poco el piso. Tizón estaba en su caja, dormido, con la panza para arriba. Cuando entré con el balde, Leo se rió y me dijo, pareces albañil. Le mostré el libro. Lo abrimos los dos en el suelo. Tenía dibujos de huesos, de patas, de cómo poner una venda, de cómo limpiar una herida con agua y sal. En los bordes había letras chicas escritas con lápiz, que decían cosas como no apretar mucho o si tiembla, hablarle bajito.

Empezamos a pintar. La pintura blanca cubría la humedad de las paredes. Era cansador. Nos manchamos las manos y la cara. A mitad, la señora del local, la del delantal azul, pasó por la puerta y nos vio. Se paró y nos dijo, qué bonito está quedando. Nos trajo un jugo de naranja en una botella y dos vasos. Nos dijo que su nombre era Marta y que si necesitábamos una mesa vieja, ella tenía una en su patio.

Pintamos hasta que se hizo de tarde. El local ya no parecía abandonado. Parecía un lugar con luz. Escribí en un cartón con marcador negro el nombre que había pensado, El Susurro Salvaje, y lo pegué en la ventana con cinta. Leo me dijo, suena bien, suena a lugar donde los animales hablan. Me reí. No sabía que estaba tan cerca de la verdad.

Cuando volví a mi casa, mi madre me estaba esperando en la sala con los brazos cruzados. Me dijo, ¿dónde estabas? Tienes pintura en el pelo. Le dije que estaba ayudando a un amigo. Me dijo que no le mintiera, que la señora Lía le había contado que yo quería alquilar un local para animales. Me quedé callada. No sabía qué decir.

Me dijo que estaba decepcionada, que yo tenía que estudiar para algo serio, que los animales no dan plata y que me iba a quedar sola si seguía con esa idea. Me dolió escucharla. Le dije que no quería ser abogada, que no me gustaba. Le dije que me gustaban los animales y que quería probar un mes, solo un mes, y que si no funcionaba, lo dejaba. Me dijo que no, que no me iba a dar plata para eso. Le dije que no le pedía plata, que la dueña me daba un mes gratis y que tenía un libro prestado y ayuda de amigos.

Se quedó callada un rato. Después me dijo, un mes, Alina, un mes y si no resulta, te pones a estudiar de verdad. Le dije que sí. Subí a mi pieza llorando, pero no de tristeza. De alivio.

Al otro día, en la academia, Kian me esperó a la salida de clases. Me dijo, tenemos que hablar. Le dije que no tenía tiempo. Me agarró del brazo suave y me dijo, ¿qué te pasa con el rey? Le dije que nada, que me prestó un libro. Me dijo que tuviera cuidado, que Silas era raro y que no le hablaba a nadie. Le dije que a mí sí me hablaba. Me dijo que estaba cambiando y que no le gustaba. Le dije que yo sí me gustaba así.

Me fui y lo dejé parado. No sentí culpa. Sentí que por fin le decía lo que pensaba hace dos años.

En la tarde, cuando abrí el local para ventilar la pintura, llegó una niña chiquita con un perro chico en brazos. El perro tenía una pata lastimada y lloraba. La niña me dijo, ¿usted cura animales? Me quedé helada. No sabía si decirle que sí o que no. Miré el libro verde que estaba sobre la mesa, miré a Tizón que me miraba desde su caja, y le dije, sí, pásalo.

La niña puso al perro sobre la mesa que me había dado Marta. Era un perro marrón con orejas grandes. Tenía un corte chico en la pata, con tierra. Me lavé las manos, abrí el libro en la página de heridas simples y le limpié la pata con agua tibia y sal, como decía en las notas del padre de Silas. Le hablé bajito al perro, le dije, tranquilo, ya está. En mi cabeza escuché, duele, miedo. Le dije, ya pasó, te voy a curar. Le puse una venda chica y le di a la niña un papelito con lo que tenía que hacer en su casa.

La niña me miró con los ojos grandes y me dijo, ¿cuánto le debo? Le dije que nada, que era el primer paciente y que no cobraba. Se fue corriendo y me dijo gracias.

Cuando se fue, me senté en el suelo del local, con las manos manchadas de pintura y de sangre del perro, con Tizón subido a mi hombro, y lloré un poco. Pero esta vez no lloré por Kian. Lloré porque por primera vez sentí que servía para algo que no era perseguir a alguien.

Afuera, el sol entraba por la ventana grande y pintaba el piso de blanco. El cartel de El Susurro Salvaje se movía un poco con el viento.

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bruja de la imaginación 👿😇
me gustó mucho está historia 🥰
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