Él apostó que podía conquistarla.
Ella decidió demostrarle que no sería tan fácil.
Isabella no buscaba enamorarse. Sebastián solo quería ganar una apuesta.
Pero entre miradas, provocaciones y besos que empezaron como parte de un juego, algo inesperado comenzó a crecer entre ellos.
Porque cuando el corazón entra en juego, ya no existen apuestas seguras. ❤️🔥
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LO QUE QUEDA DESPUÉS
Isabella no había llorado delante de Sebastián.
Había esperado hasta llegar a casa.
Hasta cerrar la puerta de su habitación.
Hasta quedarse completamente sola.
Entonces dejó caer el bolso sobre el suelo y se sentó en la cama.
Las lágrimas comenzaron a salir sin permiso.
—¿Cómo pude ser tan ingenua? —susurró.
Tomó su celular.
Todavía tenía la conversación con Sebastián abierta.
Sus mensajes.
Sus bromas.
Las palabras bonitas.
El primer beso.
Todo seguía allí.
Pero ahora parecía diferente.
Como si alguien hubiera cambiado el significado de cada recuerdo.
El celular vibró.
Sebastián: “Llegaste bien?”
Isabella observó el mensaje durante varios segundos.
No respondió.
Volvió a vibrar.
Sebastián: “Por favor, dime que estás bien.”
Isabella apagó la pantalla.
No quería hablar con él.
No todavía.
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A la mañana siguiente, Valeria fue la primera en notar que algo estaba mal.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Isabella.
Ella suspiró.
—Sebastián me mintió.
Valeria se quedó en silencio.
—¿Sobre qué?
Isabella tragó saliva.
—Todo empezó por una apuesta.
Valeria abrió los ojos.
—¿Qué?
—Sus amigos apostaron que podía conquistarme.
—No puede ser.
—Sí.
—¿Y él aceptó?
Isabella asintió.
—Desde el principio.
Valeria se acercó y tomó su mano.
—¿Y qué pasó después?
—Dice que se enamoró de verdad.
—¿Tú le crees?
Isabella bajó la mirada.
—Ese es el problema. Ya no sé qué creer.
Valeria la abrazó.
—No tienes que decidirlo hoy.
Isabella cerró los ojos.
—Lo extraño.
—Es normal.
—Y eso me da rabia.
—También es normal.
Isabella soltó una pequeña risa entre lágrimas.
—Odio que tengas razón.
—Para eso están las mejores amigas.
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Sebastián llegó a la universidad sin haber dormido.
Había pasado toda la noche pensando en ella.
Cuando la vio a lo lejos, su primer impulso fue acercarse.
Pero Isabella lo vio también.
Y cambió de dirección.
Aquello dolió más de lo que esperaba.
—Déjala tranquila —dijo una voz detrás de él.
Sebastián se giró.
Era uno de sus amigos.
—No te metas.
—Solo digo que ahora tienes lo que querías.
Sebastián lo miró con rabia.
—¿Qué quieres decir?
—La conquistaste.
Sebastián apretó los puños.
—Ya no quiero escuchar esa palabra.
—Era una apuesta, Sebastián.
—¡Era una estupidez!
—Pero aceptaste.
Sebastián se quedó callado.
—Sí —respondió finalmente—. Y voy a cargar con eso.
Su amigo lo observó sorprendido.
—¿Entonces qué vas a hacer?
Sebastián miró hacia donde Isabella había desaparecido.
—Demostrarle que lo que siento por ella no empezó como amor… pero terminó siéndolo.
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Durante los siguientes días, Sebastián no volvió a insistir.
No la perseguía.
No aparecía de repente.
No le enviaba decenas de mensajes.
Solo respetó su distancia.
Pero cada mañana dejaba algo en un lugar donde sabía que Isabella lo encontraría.
Un chocolate.
Una nota.
Un pequeño dibujo.
Una frase.
Nada que le pidiera volver.
Nada que la presionara.
Solo pequeños recuerdos de lo que habían vivido.
El viernes, Isabella encontró una última nota dentro de su libro.
La abrió lentamente.
Solo decía:
“No te estoy pidiendo que me perdones. Solo quería que supieras que, aunque comenzó de la peor manera, lo que sentí por ti terminó siendo lo más verdadero que me ha pasado.”
Isabella apretó la nota contra su pecho.
Las lágrimas volvieron a aparecer.
—¿Por qué tienes que hacerlo tan difícil? —susurró.
Entonces escuchó una voz detrás de ella.
—Porque no sé cómo dejar de quererte.
Isabella se giró.
Sebastián estaba allí.
A varios pasos de distancia.
No se acercó.
No intentó tocarla.
Solo la miró.
—No voy a pedirte que vuelvas conmigo —dijo—. Tampoco voy a pedirte que me perdones hoy.
Isabella guardó silencio.
—Solo quiero que algún día puedas recordar lo nuestro sin pensar que todo fue mentira.
Ella respiró profundamente.
—No sé si puedo.
—Lo sé.
—Me hiciste daño.
—Lo sé.
—Y todavía estoy enojada contigo.
—También lo sé.
Isabella lo miró directamente a los ojos.
—Pero todavía te quiero.
Sebastián cerró los ojos un instante.
Aquellas palabras eran todo lo que había deseado escuchar.
Y, al mismo tiempo, sabía que no tenía derecho a celebrarlas.
—Yo también te quiero —respondió.
Isabella bajó la mirada.
—Eso es lo que más me duele.
Sebastián sintió un nudo en la garganta.
—Entonces esperaré.
Ella levantó la mirada.
—¿Esperar qué?
—A que algún día puedas decidir si todavía quieres tenerme en tu vida.
Sebastián dio media vuelta.
Isabella lo observó alejarse.
Y por primera vez desde que descubrió la verdad, sintió algo diferente al dolor.
No era perdón.
Todavía no.
Pero quizás…
era el comienzo de algo que ambos tendrían que aprender a reconstruir.