Isabella, una escritora huye a Italia a buscar algo que la inspiré para una historia de amor. Su novio la engaño con su mejor amiga y su jefa le dijo que no sirve para escribir.
No imagino que en aquel pueblo de Italia encontrará el amor, disfrazado de una coraza celosa, posición y amor.
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La Confesión.
Llevaban dos horas encerrados en la bodega Valero.
El frío ya no se sentía tanto. O sí, pero era otro frío. El vino hace eso. Te mareas y ya no sabes si tiemblas por el frío o por el hombre que tienes enfrente.
Isabella estaba mareada. No borracha. Mareada por el dulzor del vino. El Brunello 1979 directo de la barrica era demasiado. Dulce al principio, amargo al final, como él. Se le había subido a la cabeza, a los labios, a las rodillas.
Estaba sentada en la barrica, con el abrigo negro de Pietro que le llegaba a los pies, con las piernas cruzadas. Hablaba sin parar. El vino le soltó la lengua.
—...y entonces mi padre me dijo que si me iba a Italia me desheredaba — contaba, riéndose —. Y yo le dije "desherédame, pero déjame ir". Y me fui. Con 22 años. Sin plata. Dormí tres noches en un hostel en Roma con ocho alemanas que roncan. ¿Tú alguna vez dormiste con ocho alemanas roncando, Pietro?
Pietro no contestaba mucho. No dejaba de mirar sus labios. Esa era la verdad.
Isabella tenía una boca grande, de esas que cuando hablan no puedes dejar de mirar. Y con el vino, se le habían puesto más rojos. Se mordía el labio de abajo cuando pensaba. Se lamía el labio de arriba cuando se reía. Y Pietro, con 42 años, dueño de media Toscana, hombre respetado y temido, estaba como un chico de 20, mirándole los labios que querían ser suyos. Que ya eran suyos en su cabeza.
—No — dijo Pietro al fin, con voz ronca —. Nunca dormí con ocho alemanas. Dormí con una sola mujer en mi vida. Mi esposa. Y ni siquiera dormíamos juntos. Ella dormía en otro cuarto desde el segundo año. Porque decía que yo respiraba muy fuerte. Que ocupaba mucha cama. Que era muy rudo.
—Eres rudo — dijo Isabella, mirándolo. Por primera vez lo dijo sin miedo, como un halago —. Eres bello y rudo. Como tu vino. Como tu casa. Como tus manos. — le miró las manos, grandes, con callos —. Tus manos son de trabajador, pero tu abrigo es de millonario. Eres una contradicción.
—Tú también — dijo él —. Eres muy bella y hablas como un camionero cuando tomas. Eres escritora y no sabes hacer pan. Eres valiente y te viniste a la casa de un hombre que todos dicen que es peligroso, de noche, sola, con un suéter mojado.
Isabella se puso seria. El vino le hacía decir la verdad.
—Mi vida no fue tan aventurera como parece — dijo, bajando la voz —. Fue triste. Mi madre murió cuando yo tenía 10. Mi padre se volvió a casar con una mujer que me odiaba. Mi novio de Lima me engañó con mi mejor amiga. Y yo escribía para no llorar. No por aventura. Por desgracia. Escribía porque si no escribía, me moría de pena. ¿Y tú? ¿Cuál es tu desgracia, Pietro Valero? Porque los hombres que miran como tú, miran así por una desgracia.
Pietro se quedó callado mucho rato. Se sirvió más vino de la barrica, aunque ya estaban mareados los dos. La luz amarilla les daba en la cara.
—Mi desgracia — dijo al fin —. Nací acá. En esta villa. Mi padre me enseñó a hacer vino a los 6 años. A los 18 me mandó a Milán a estudiar economía. Volví a los 24, me hice cargo de todo. A los 28 me casé con Francesca. La hija de los Rossi, la familia más rica de Siena. Fue un negocio. Nos casamos por viñedos. Ella era bella...
Pero fría. Como la nieve. Yo quería hijos. Ella no. Decía que los hijos le arruinaban el cuerpo. Yo no quería que me quisiera. Ella quería que yo le comprara caballos. Un día, estábamos discutiendo en el viñedo. Le dije que si no me daba un hijo, me buscaría una mujer que sí me lo diera. Ella se subió al caballo llorando y se tiró. No se cayó. Se tiró. Delante de mí. La vi. No pude hacer nada. Ella no me amaba y yo solo pedía un hijo para que mi padre sea feliz, él añoraba tener un nieto.
Isabella se llevó la mano a la boca.
—Pietro...
—Desde entonces, en este pueblo, todos me respetan porque me tienen miedo — siguió él, mirando el vino, no a ella —. Piensan que yo la maté. Que yo la empujé. La policía vino, me investigó. No encontraron nada. Pero el pueblo me condenó. Por eso vivo solo. Por eso no dejo que nadie pise mi viñedo. Porque si dejo que alguien entre, van a ver que acá no hay un asesino. Hay un hombre solo que no supo amar a su mujer. Y eso da más vergüenza que ser asesino.
Isabella, mareada, con el dulzor del vino en la boca, se bajó de la barrica. Se puso de pie frente a él. Le quedaba el abrigo enorme.
—Eres bello — le dijo, de golpe, sin filtro —. Eres bello aunque seas rudo. Eres bello cuando cuentas tu desgracia. Pero eres... — se trabó, porque no quería reconocerlo, era recia, era orgullosa, era limeña —.
Eres posesivo. Me miras como si ya fuera tuya. Y yo no soy de nadie. Yo no soy una botella de tu bodega. Yo no soy una cosa bella que coleccionas.
Pietro también se puso de pie. Era mucho más alto que ella. Le sacaba una cabeza. La miró desde arriba, con esa mirada inquietante que atemorizaba a todos.
—¿Y si te digo que sí quiero hacerte mía? — dijo, sin rodeos, con la posesión de un hombre que ya la quería hacer suya, que ya había decidido que esa mujer de maleta roja no se iba de Montalcino —. ¿Y si te digo que desde que te vi con la maleta roja el 5 de enero, supe que te ibas a quedar? ¿Y si te digo que dejé las dos botellas porque quería que vinieras, porque quería encerrarte acá, porque quería que no tuvieras más remedio que escucharme? ¿Qué me dices, Isabella? ¿Sales corriendo?
Isabella debería haber dicho que sí. Debería haber dicho: ábreme la puerta, eres un loco, eres un posesivo, no me gustas.
Pero no lo dijo. Porque el vino, el dulzor del vino, la verdad, la desgracia compartida, le había quitado la careta de mujer recia.
—Me gustas — susurró al fin, mirándole la boca a él también ahora, porque ella también no dejaba de mirar sus labios, esos labios finos, duros, de hombre que no sonríe mucho —. Me gustas y mucho. Y me da rabia que me gustes. Porque tú eres todo lo que mi madre me dijo que no buscara. Un hombre mayor, viudo, con plata, con mala fama, con mirada que asusta. Y acá estoy, mareada por tu vino, encerrada en tu bodega, diciendo que me gustas.
Pietro no sonrió. No era hombre de sonreír cuando ganaba. Era hombre de tomar.
Le agarró la cara con las dos manos. Con fuerza. Con posesión. Pero con cuidado de no hacerle daño. Le puso los pulgares en los pómulos.
—Dilo otra vez — ordenó —. Sin rabia. Solo dilo.
Isabella lo miró a los ojos grises, a dos centímetros. Sentía su respiración con olor a vino. Sentía el calor de sus manos en su cara fría.
—Me gustas, Pietro Valero — dijo —. Mucho.
Y entonces él, por primera vez en toda la noche, dejó de mirar sus labios y los besó.
No fue un beso dulce. Fue un beso rudo, de dueño de viñedo que lleva cuatro años sin besar, que besa como toma vino: con hambre, con posesión, con todo el cuerpo. Un beso que decía: ya eres mía, aunque digas que no eres de nadie.
Isabella no lo empujó. Se agarró de su camisa. Se puso de puntillas. Le devolvió el beso con la misma hambre, con la misma rabia de mujer recia que por fin reconoce que quiere ser de alguien peligroso y adicto.
Afuera, arriba, se escuchó un ruido. Pasos. La puerta de la bodega se movió.
Eran las seis de la mañana. El encargado había llegado.
Pero ellos no se separaron. Siguieron besándose en la bodega fría, con el abrigo negro caído en el piso de piedra, mareados por el dulzor del vino, contándose sin palabras sus vidas llenas de desgracias.
Declaró tomar Vino es más peligroso que tomar Ron puro.
Atrapa
afloja
y habré lo que se debe mantener cerrado.
y acá va a:
calentar.
subir la temperatura y abrir lo que estaba cerrado pero entrando en calor y poniendo más aguado que gelatina fuera del enfriador. ( nevera o heladera)
ahora lo culpan😭