Engranajes de Cristal narra la historia de Elena Valmont y Dorian Sterling, herederos de dos imperios automotrices rivales impulsados por tecnología rúnica. Casados hace cinco años, fingen ante la alta sociedad un matrimonio idílico, mientras puertas adentro viven un infierno de reproches: Dorian está convencido de que ella lo drogó y chantajeó en la universidad para someter a su familia, e ignora que Elena fue manipulada por el patriarca de los Valmont y que aún lo ama en silencio con la misma intensidad con la que él, en secreto, sigue atado a ella.
El punto de quiebre estalla cuando la farsa se vuelve insostenible y Elena desaparece sin dejar rastro, ocultándose durante tres años en el anonimato para dar a luz y criar a sus dos gemelos lejos del poder y las intrigas corporativas. Cuando sus caminos vuelven a cruzarse, Dorian deberá desentrañar la red de mentiras que destruyó su juventud, enfrentar la verdad sobre el pasado y luchar contra su propio orgullo para reconquistar a Elena
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Capítulo 22: Nuevos planos sobre la mesa
La noticia de la reestructuración del consorcio automotriz sacudió las portadas de la prensa económica antes de que el rocío matutino se evaporara. Los titulares ya no hablaban de bancarrotas ni de escándalos conyugales; la alianza formal entre la Casa Montclair y la división Sterling para el desarrollo de la nueva generación de propulsores rúnicos situaba a la capital como el epicentro tecnológico del continente.
Sin embargo, en el laboratorio central del piso subterráneo, la atmósfera estaba lejos de la diplomacia de las oficinas superiores.
—Si vuelves a colocar el aislante térmico antes de ajustar las válvulas de derivación, Marco, te juro que te descalibro la cafetera personal —advirtió Celia, asomando la cabeza por debajo del capó del prototipo con una mancha de grasa negra cruzándole la frente como pintura de guerra.
Marco, sentado sobre un taburete con una taza humeante en la mano, ni siquiera pestañeó:
—El protocolo de ensamblaje de la división Sterling lleva diez años colocando el aislante primero, querida. Es tradición corporativa.
—Tu tradición corporativa es la razón por la que cinco motores explotaron en la pista el año pasado —remató Elena, entrando al taller con una carpeta de planos holográficos bajo el brazo y una bata blanca de lino arremangada en los codos.
Detrás de ella, para desconsuelo de los protocolos de seguridad industrial, dos pequeñas sombras avanzaban con pasos decididos. Alexander llevaba su calibrador de titanio enganchado en el bolsillo del peto vaquero y Liam sostenía con seriedad solemne un bloc de notas diminuto donde hacía garabatos que pretendían ser esquemas de inyección.
—¡Buenos días, equipo de pruebas! —exclamó Alexander, trepando con la agilidad de una ardilla al banco de herramientas más cercano—. Hoy vamos a revisar por qué la luz azul parpadea cuando el coche frena. Liam dice que es culpa de la batería, pero yo digo que es el fusible.
—Es el retorno del alternador, obviamente —corrigió Liam desde el suelo, mirando a Marco con esa gravedad de juez veterano que ya era marca registrada de los gemelos—. Deberías saberlo si llevas diez años aquí.
Marco se atragantó con el café, tosiendo en una servilleta mientras Celia soltaba una carcajada sonora que resonó en todo el taller.
—Dioses benditos, ni siquiera tienen cuatro años y ya despidieron a la mitad del departamento técnico —gimió Marco, dándose por vencido—. Elena, por favor, controla a tus herederos antes de que me quiten el sueldo.
Elena sonrió, apartando con ternura un mechón rebelde de la frente de Liam antes de apoyarse contra la mesa de trabajo principal.
—Tienen razón técnica, Marco. Y hablando de revisiones... ¿dónde está el director general? La junta con los ministros de transporte es a las cuatro y aún no firmamos los parámetros de emisión.
—El director general está terminando de revisar los últimos sellos de seguridad —respondió una voz grave desde el corredor de acceso.
Dorian cruzó el umbral. Llevaba una camisa gris oscura, sin corbata, con el chaleco desabrochado y las manos cubiertas por un fino par de guantes de trabajo. A diferencia de los años anteriores, en los que su presencia en el taller imponía un silencio tenso y cargado de frialdad, ahora traía consigo una calidez tranquila, una determinación serena que llenaba la habitación sin asfixiarla.
Al verlo, los rostros de los niños se iluminaron al instante.
—¡Señor del hielo! —gritó Alexander, extendiendo los brazos desde la mesa de herramientas.
Dorian dio dos pasos largos, se acercó al banco y levantó a Alexander en el aire con una facilidad asombrosa, sosteniéndolo con un brazo firme contra su pecho mientras el pequeño se acomodaba sobre su hombro con absoluta naturalidad. Con la mano libre, Dorian se inclinó para acariciar el cabello de Liam, quien asintió con una sonrisita satisfecha de bienvenida.
—Hola, ingenieros en jefe —dijo Dorian con una suavidad que todavía hacía que Marco se pellizcara el brazo para asegurarse de que no estaba soñando—. Traje las juntas de estanqueidad que Liam pidió ayer para el colector.
Elena observó el cuadro en silencio. Cada día que pasaba, la facilidad con la que Dorian se integraba en la vida de los niños derribaba un ladrillo más de la fortaleza que había construido en torno a su corazón. No había cámaras de prensa, ni accionistas a los que impresionar; solo un hombre aprendiendo a ser padre en los huecos libres entre tornillos y ecuaciones.
—Dra. Stone —dijo Dorian, volviendo la mirada hacia ella con un brillo cálido en los ojos grises—. Los ministros aceptaron todas las modificaciones del Tribunal del Mar. No habrá monopolios sobre las patentes y el cincuenta por ciento de los ingresos de exportación se destinará a las becas de investigación de la academia técnica donde nos conocimos.
Elena sintió una punzada dulce en el pecho. La academia técnica. El lugar donde todo había comenzado, antes de que el veneno de la codicia y el orgullo arruinara su juventud.
—Es una concesión muy generosa para una familia que solía pelear por cada milímetro de mercado, señor Sterling —respondió ella, intentando sostener un tono profesional que sus propios ojos traicionaban.
—No es una concesión —replicó él, dando un paso hacia ella, sin soltar a Alexander pero mirándola con una intensidad que le aceleró el pulso—. Es saldar una deuda con el pasado. Y construir algo que valga la pena dejarle a ellos.
Celia carraspeó sonoramente desde el capó del coche, guiñándole un ojo a Marco:
—Bueno, creo que es hora de que el departamento de refrigeración y el departamento de berrinches infantiles hagan una inspección técnica en la cafetería. Liam, Alexander, ¿quién quiere pasteles de crema con chispas de chocolate?
—¡Yo! —gritó Alexander de inmediato, agitándose en los brazos de Dorian.
—Y néctar de manzana sin éter para Alexander, por favor —añadió Liam, cerrando su bloc de notas con dignidad antes de tomar la mano de Celia.
Marco y Celia se llevaron a los niños entre risas y advertencias de no tocar las puertas del hangar, dejando nuevamente el taller sumido en una calma íntima y cargada de electricidad estática.
Dorian se acercó despacio a la mesa de dibujo donde descansaban los planos. Se colocó al lado de Elena, tan cerca que sus hombros casi se rozaban. El aroma a cedro limpio de su colonia y la sutil frescura de su magia envolvieron el espacio de trabajo.
—Alistair me invitó a cenar esta noche en la embajada —dijo Dorian en voz baja, mirando las líneas del motor para no abrumarla con su mirada.
Elena enarcó una ceja, genuinamente sorprendida:
—¿Alistair? ¿Mi hermano, el hombre que hace dos semanas quería hundir tus barcos mercantes en el puerto?
Dorian dejó escapar una risa baja y honesta, sacudiendo la cabeza:
—El mismo. Tuvo una larga charla conmigo esta mañana en su despacho privado. Me advirtió que si llego tres minutos tarde me retendrán en la aduana, pero... me dijo que la familia cena junta los viernes.
Elena bajó la vista hacia los planos, mordiéndose el labio inferior para contener una sonrisa que amenazaba con iluminarle todo el rostro. Alistair era implacable, pero protegía con devoción la felicidad de su hermana; si había abierto esa puerta, era porque reconocía en los ojos de Dorian la misma verdad que Elena ya no podía seguir ignorando.
—Alistair es muy estricto con la puntualidad en la mesa —dijo Elena, levantando despacio los ojos hacia él—. Y los niños te van a pedir que les cuentes el cuento de las máquinas gigantes otra vez.
—Me sé tres versiones distintas —respondió Dorian, acortando el último centímetro que los separaba.
Con un movimiento pausado, consciente de cada respiración, Dorian levantó la mano y posó las yemas de sus dedos sobre la mejilla de Elena. Su tacto era suave, cálido, desprovisto de cualquier vestigio de la frialdad que durante cinco años los había separado.
Elena no retrocedió. Apoyó levemente el rostro contra la palma de su mano, cerrando los ojos por una fracción de segundo para disfrutar de la caricia que tantas noches de insomnio había añorado en el exilio.
—Elena... —susurró él, con la voz temblorosa por una devoción infinita—. Gracias por permitirme volver a respirar.
Ella abrió los ojos, mirándolo con una ternura madura, libre de rencores:
—No vuelvas a soltar el volante, Dorian. La carrera recién está comenzando.
—Jamás —juró él, inclinando la cabeza despacio hasta rozar su frente con la de ella, sellando en el silencio del taller la promesa de un futuro que, por fin, comenzaba a encajar como los engranajes perfectos de una máquina destinada a volar.