el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.
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una nueva integrante
La guerrera felina me arrojó sin ninguna delicadeza dentro de su tienda de pieles. Jamás en toda mi vida había sentido un temor tan genuino por mi integridad física como en ese preciso instante.
Ania se acercó a mí desatándose el chaleco de cuero, con una mirada hambrienta que me hizo dar un paso atrás hasta chocar contra el poste central de la cabaña.
—Bueno, macho... ¿comenzamos? —preguntó, acariciándose los hombros.
—¿Co... comenzar? —tragué saliva, sujetando con fuerza la empuñadura de mi espada aún enfundada.
—Sí, con el apareamiento —declaró con absoluta frescura, aunque una sombra de rubor cruzó sus mejillas tostadas—. Es mi primera vez... sé gentil.
—¡Oye, oye, espera un segundo! —exclamé alzando las manos para frenar su avance—. ¡Pasaste de querer matarme a esto en menos de diez minutos! Antes de cualquier cosa... quiero ver a mi compañera. Ahora mismo.
Ania frunció el ceño, dejando escapar un pequeño bufido felino.
—¿Para qué quieres verla? Ella no es importante. Solo te quiero a ti.
—No... no me querrás cuando sepas la verdad —solté, jugando mi última carta para intentar disuadirla—. Soy un sangre bastarda. Tener descendencia conmigo o unirte a mí sería considerado una aberración para tu linaje.
Ania se detuvo en seco, parpadeó un par de veces y ladeó la cabeza.
—¿Oh, vaya... eres eso? ¿Sabes qué? Yo también.
—¿Qué? —me quedé helado.
—Mi madre era una mujer bestia de la tribu de los linces y mi padre era un mercenario humano —explicó Ania encogiéndose de hombros, como si hablara del clima—. Así que en el fondo somos iguales. Me da exactamente lo mismo si eres un enano, un gigante, un elfo o lo que sea. Derrotaste a la líder en un duelo de honor y eso te convierte en mi macho.
—Aun así, exijo ver a mi socia primero —insistí, manteniendo la voz firme—. Necesito comprobar que esté bien.
Ania suspiró con dramatismo y se cruzó de brazos.
—Ah... qué poco romántico me saliste. Está bien. ¡Oigan, traigan a la bruja!
Pocos segundos después, dos guerreras arrastraron a Armia y la dejaron caer sin ceremonias sobre la alfombra de pieles. La elfa aún sobándose la nuca, abrió los ojos y nos miró a ambos con una mezcla de sorpresa y profunda irritación.
—¡Ah, maldita sea! —masculló la maga, poniéndose de pie con dificultad—. ¿Por qué sigues perdiendo el tiempo, mocoso? ¡Sácanos de aquí de una vez!
—¿Yo? —le espeté con indignación—. ¡Tú, maldita inútil, fuiste la que se dejó emboscar y derribar por un simple dardo por andar de presumida!
Ania nos observó a ambos de arriba abajo, entrecerrando sus ojos rasgados.
—Oye, macho... ¿esta mujer es tuya?
—¡Ugh! ¡Ya quisiera él! —saltó Armia, poniendo cara de asco—. Jamás me enamoraría de un mocoso engreído.
—¡Ni yo de una abuela elfa! —repliqué al instante.
Ania sonrió con picardía, recorriendo mi torso con la mirada.
—¿Mocoso? Pues yo lo veo sumamente bien formado... En fin, ¿qué pasa entre ustedes dos?
—Nada —respondí apresuradamente—. Solo la derroté en combate y ahora esta mujer se metió en la cabeza que quiere casarse conmigo.
Armia se golpeó la frente con la palma de la mano y soltó una carcajada amarga.
—Eres un completo idiota, Adamas... Pues claro que quiere casarse contigo. Así funcionan las leyes del Reino Bestia: en las tribus guerreras, el que demuestra mayor fuerza reclama al otro.
—Sí, pero yo...
—¿Acaso no te pareció extraño que no hubiera hombres en este campamento? —la elfa bajó la voz, mirándome con seriedad—. El ritual de desafío es un asunto de vida o muerte. Si pierdes contra la líder, mueres o te devoran; pero si la derrotas, te quedas con la hembra como su señor.
Ania me rodeó el cuello con un brazo, pegando su mejilla a la mía con orgullo.
—¿Lo ves? Nuestro amor no tiene límites, esposo mío.
Sentí una gota de sudor frío bajando por mi nuca. Miré a la felina, luego a la elfa y finalmente suspiré con resignación.
—Escucha, Ania... Prometo honrar tu costumbre y aceptar tu propuesta, pero debes ayudarme primero. Dime dónde está el cargamento del Duque, la carreta abandonada en el bosque. Si me acompañas y me ayudas en mi camino hacia la cima, te haré oficialmente mi esposa cuando llegue el momento.
Los ojos de Ania brillaron de entusiasmo.
—¿Ah, sí? ¡Claro que sí! Yo te ayudaré en todo lo que necesites. Si mi macho quiere ese cargamento, es suyo.
Y así, tras un entendimiento bastante peculiar, logramos completar la misión.
El viaje de regreso a la capital de Lesélus fue una prueba de resistencia física. La enorme carreta del Duque Durm pesaba una barbaridad y tuvimos que tirar de ella entre los tres a través de las rutas clandestinas. Sin embargo, el esfuerzo valía la pena.
A nuestro grupo no solo se sumaba la recompensa del encargo, sino también una nueva integrante: Ania, la reina de las Guardianas del Bosque.
Al observar a la elfa refunfuñando por el polvo del camino y a la mujer bestia caminando a mi lado con una sonrisa salvaje, no pude evitar preguntarme en qué momento mi aventura en solitario se había convertido en esto. Pero no me detendría. Ya fuera con una maga engreída o con una guerrera felina a mi lado, mi nombre seguiría escalando hasta resonar en todo el continente.