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La Esposa Del Lobo De Plata

La Esposa Del Lobo De Plata

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo
Popularitas:5.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Sebastián Volk es el hombre más temido de la alta sociedad. Tras una máscara de plata esconde un secreto monstruoso: es el último heredero de una estirpe de licántropos. Cuando la familia del Sol debe entregar una hija en matrimonio, Mía huye del compromiso y Luna ocupa su lugar. Despreciada por su madrastra, Luna ve en Sebastián la oportunidad perfecta para vengarse. Pero el lobo esperaba una esposa sumisa y encontró a una mujer que no teme desafiarlo. Entre deseo, traiciones y secretos sangrientos, ambos descubrirán que el matrimonio puede ser una prisión… o el comienzo de una guerra.

NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13: Inmunidad letal

​El sol del mediodía apenas lograba perforar las espesas nubes que coronaban el bosque, sumiendo el salón de té de la mansión en una penumbra dorada.

​Un frasco de cristal azulino, del tamaño de un dedal, yacía oculto en el dobladillo interior de la manga de Luna.

Había llegado a primera hora de la mañana dentro de la canasta de fruta fresca, entregado por uno de los sirvientes que la madrastra mantenía bajo nómina clandestina. Un veneno concentrado, inodoro e incoloro, diseñado para colapsar el sistema respiratorio en cuestión de minutos.

​Victoria creía que Luna seguía siendo la marioneta asustada a la que podía manipular desde la distancia.

​Luna caminaba con parsimonia hacia la pequeña mesa de caoba ubicada junto al ventanal. Sobre la superficie, la vajilla de porcelana china de los Volk relucía bajo la luz tenue, acompañada por una tetera de plata humeante que despedía un aroma intenso a bergamota y té negro.

​Sebastián permanecía sentado en un sillón de cuero de respaldo alto, con una pierna cruzada sobre la otra y la vista fija en un dossier de informes financieros. La máscara de plata cubría el perfil derecho de su rostro, mientras que su ojo gris seguía cada uno de los movimientos de ella con un rigor implacable.

​—Pareces extrañamente servicial esta mañana —comentó él. Su voz, áspera y baja, rompió el silencio con la pesadez de una piedra cayendo en agua profunda.

​—Iniciamos un pacto, ¿no es así? —respondió Luna, levantando la tetera con pulso de cirujano—. Un buen acuerdo empieza con pequeños gestos de cortesía.

​—O con trampas meticulosamente preparadas —replicó él, sin mover un solo músculo.

​Luna no respondió. Inclinó la tetera de plata y vertió el líquido oscuro en la primera taza de porcelana, llenándola hasta el borde. Luego, con un movimiento fluido y totalmente expuesto a la vista de Sebastián, sacó el pequeño frasco de su manga.

​Descorchó el cristal con un chasquido seco. Tres gotas densas e incoloras cayeron sobre el té caliente. El líquido no cambió de color ni emitió vapor sospechoso; se disolvió en la infusión como si nunca hubiera existido.

​Sebastián entrecerró su único ojo visible. La tensión en la línea de sus hombros se volvió rígida de golpe, y el aire de la estancia se cargó de ese matiz metálico a ozono que precedía a su ferocidad.

​—¿Qué estás haciendo, Luna? —preguntó, con un tono que cayó varias octavas, convirtiéndose en un peligroso gruñido reprimido.

​Luna no se inmutó. Guardó el frasco vacío en su bolsillo, tomó la taza contaminada por el plato de porcelana y caminó lentamente hacia él. Los tacones de sus zapatos resonaron con un ritmo metronómico sobre la alfombra.

​Se detuvo a escasos centímetros del sillón. Con los brazos extendidos, le ofreció la taza envenenada, sosteniéndole la mirada con una frialdad gélida e inquebrantable.

​—Mi madrastra envió esto a través del personal de la cocina —dijo ella en voz baja, sin que un solo músculo de sus manos temblara—. Es el tónico del que hablaba en su nota. Espera que aproveche nuestra cercanía para verterlo en tu bebida y liberarme de la 'bestia'.

​Sebastián no tomó la taza de inmediato. Observó el humo sutil que subía del té y luego clavó su mirada en los ojos oscuros de su esposa, buscando cualquier rastro de duda, traición o miedo.

​—¿Y por qué me lo muestras en lugar de hacerlo a mis espaldas? —inquirió él, apoyando los codos sobre las rodillas e inclinándose hacia ella, acortando la distancia física hasta que su aliento cálido rozó la piel de Luna.

​—Porque no soy el perro de recados de Victoria del Sol —respondió Luna con firmeza—. Y porque si decidiera matarte, Sebastián, no usaría un veneno barato enviado por una mujer que tiembla en su propia casa. Te miraría a los ojos mientras colapsas.

​Un silencio denso y electrizante se apoderó de la habitación.

​centered

Es una loca o una genio, pensó Sebastián, sintiendo que el latido de su lobo interior se aceleraba no por la amenaza del veneno, sino por la pura fascinación que le provocaba la audacia de la mujer que tenía enfrente. No hay ni una gota de cobardía en su sangre.

​Sebastián extendió la mano. Sus dedos largos y cálidos no buscaron la taza que ella le ofrecía; en su lugar, se cerraron con fuerza sobre la otra taza, la que Luna había servido previamente para sí misma y que aún descansaba sobre la mesa.

​Tomó la porcelana caliente, pero no la suya: tomó la taza contaminada que Luna sostenía en sus manos.

​—Sebastián, tiene dosis letal para un humano —advirtió Luna, alzando apenas una ceja.

​Sin romper el contacto visual, Sebastián levantó la porcelana hasta sus labios. Las fosas nasales de su lado descubierto se dilataron levemente, percibiendo el rastro químico oculto bajo el aroma del bergamota.

​Bebió el primer sorbo. Luego el segundo. Y, sin pestañear, apuró el resto del contenido hasta dejar la taza completamente vacía.

​Dejó la porcelana sobre la bandeja de plata con un chasquido metálico.

​Luna mantuvo la respiración contenida durante una fracción de segundo, atenta a cualquier signo de asfixia, paro cardíaco o reacción violenta en la fisiología de su esposo.

​Sebastián no colapsó. La piel de su cuello se tensó levemente y un destello dorado cruzó la pupila de su ojo gris por un milisegundo antes de volver a su tono habitual. Su metabolismo de alfa procesó las toxinas, neutralizándolas casi al instante con una leve elevación de su temperatura corporal.

​Inclinó el rostro hacia arriba, quedando a milímetros de la cara de Luna. Una sonrisa lenta, maliciosa y cargada de una sensualidad peligrosa se dibujó en la mitad descubierta de sus labios.

​—Tus químicos humanos no son más que un aderezo amargo para mi sangre —susurró él con una voz profunda, rasposa y ahogada por la adrenalina.

​Extendió la mano y atrapó la barbilla de Luna con dos dedos, obligándola a mantener el rostro fijo frente al suyo. La presión era firme, pero desprovista de violencia, imbuida de una dominación pura.

​—Pero lo que realmente me resulta fascinante, Luna... es tu cuerpo —continuó Sebastián, deslizando el pulgar por el contorno de su labio inferior—. Sabiendo que podías haberme matado, o que yo podía haberte arrancado la cabeza por intentarlo... tu pulso está desbocado.

​Luna sintió un escalofrío abrasador recorrerle la columna. No podía negar la evidencia: su corazón martillaba contra sus costillas y el aire le faltaba en los pulmones, pero no por el terror.

​—Hueles a adrenalina pura —murmuró Sebastián, acortando el último milímetro de distancia hasta que la máscara de plata rozó la mejilla de ella—. Hueles a peligro y a deseo reprimido. Y eso... me está volviendo completamente loco.

​Luna no apartó el rostro. Apoyó la palma de su mano sobre el pecho desnudo de él bajo la solapa de su saco, sintiendo cómo el calor sofocante de Sebastián amenazaba con derretir su propia fachada de hielo.

​—Entonces asegúrate de no perder la cabeza todavía, rey de la mansión —le respondió ella en un murmullo desafiante—. Todavía tenemos una guerra que ganar.

​El sol del mediodía apenas lograba perforar las espesas nubes que coronaban el bosque, sumiendo el salón de té de la mansión en una penumbra dorada.

​Un frasco de cristal azulino, del tamaño de un dedal, yacía oculto en el dobladillo interior de la manga de Luna.

Había llegado a primera hora de la mañana dentro de la canasta de fruta fresca, entregado por uno de los sirvientes que la madrastra mantenía bajo nómina clandestina. Un veneno concentrado, inodoro e incoloro, diseñado para colapsar el sistema respiratorio en cuestión de minutos.

​Victoria creía que Luna seguía siendo la marioneta asustada a la que podía manipular desde la distancia.

​Luna caminaba con parsimonia hacia la pequeña mesa de caoba ubicada junto al ventanal. Sobre la superficie, la vajilla de porcelana china de los Volk relucía bajo la luz tenue, acompañada por una tetera de plata humeante que despedía un aroma intenso a bergamota y té negro.

​Sebastián permanecía sentado en un sillón de cuero de respaldo alto, con una pierna cruzada sobre la otra y la vista fija en un dossier de informes financieros. La máscara de plata cubría el perfil derecho de su rostro, mientras que su ojo gris seguía cada uno de los movimientos de ella con un rigor implacable.

​—Pareces extrañamente servicial esta mañana —comentó él. Su voz, áspera y baja, rompió el silencio con la pesadez de una piedra cayendo en agua profunda.

​—Iniciamos un pacto, ¿no es así? —respondió Luna, levantando la tetera con pulso de cirujano—. Un buen acuerdo empieza con pequeños gestos de cortesía.

​—O con trampas meticulosamente preparadas —replicó él, sin mover un solo músculo.

​Luna no respondió. Inclinó la tetera de plata y vertió el líquido oscuro en la primera taza de porcelana, llenándola hasta el borde. Luego, con un movimiento fluido y totalmente expuesto a la vista de Sebastián, sacó el pequeño frasco de su manga.

​Descorchó el cristal con un chasquido seco. Tres gotas densas e incoloras cayeron sobre el té caliente. El líquido no cambió de color ni emitió vapor sospechoso; se disolvió en la infusión como si nunca hubiera existido.

​Sebastián entrecerró su único ojo visible. La tensión en la línea de sus hombros se volvió rígida de golpe, y el aire de la estancia se cargó de ese matiz metálico a ozono que precedía a su ferocidad.

​—¿Qué estás haciendo, Luna? —preguntó, con un tono que cayó varias octavas, convirtiéndose en un peligroso gruñido reprimido.

​Luna no se inmutó. Guardó el frasco vacío en su bolsillo, tomó la taza contaminada por el plato de porcelana y caminó lentamente hacia él. Los tacones de sus zapatos resonaron con un ritmo metronómico sobre la alfombra.

​Se detuvo a escasos centímetros del sillón. Con los brazos extendidos, le ofreció la taza envenenada, sosteniéndole la mirada con una frialdad gélida e inquebrantable.

​—Mi madrastra envió esto a través del personal de la cocina —dijo ella en voz baja, sin que un solo músculo de sus manos temblara—. Es el tónico del que hablaba en su nota. Espera que aproveche nuestra cercanía para verterlo en tu bebida y liberarme de la 'bestia'.

​Sebastián no tomó la taza de inmediato. Observó el humo sutil que subía del té y luego clavó su mirada en los ojos oscuros de su esposa, buscando cualquier rastro de duda, traición o miedo.

​—¿Y por qué me lo muestras en lugar de hacerlo a mis espaldas? —inquirió él, apoyando los codos sobre las rodillas e inclinándose hacia ella, acortando la distancia física hasta que su aliento cálido rozó la piel de Luna.

​—Porque no soy el perro de recados de Victoria del Sol —respondió Luna con firmeza—. Y porque si decidiera matarte, Sebastián, no usaría un veneno barato enviado por una mujer que tiembla en su propia casa. Te miraría a los ojos mientras colapsas.

​Un silencio denso y electrizante se apoderó de la habitación.

​centered

Es una loca o una genio, pensó Sebastián, sintiendo que el latido de su lobo interior se aceleraba no por la amenaza del veneno, sino por la pura fascinación que le provocaba la audacia de la mujer que tenía enfrente. No hay ni una gota de cobardía en su sangre.

​Sebastián extendió la mano. Sus dedos largos y cálidos no buscaron la taza que ella le ofrecía; en su lugar, se cerraron con fuerza sobre la otra taza, la que Luna había servido previamente para sí misma y que aún descansaba sobre la mesa.

​Tomó la porcelana caliente, pero no la suya: tomó la taza contaminada que Luna sostenía en sus manos.

​—Sebastián, tiene dosis letal para un humano —advirtió Luna, alzando apenas una ceja.

​Sin romper el contacto visual, Sebastián levantó la porcelana hasta sus labios. Las fosas nasales de su lado descubierto se dilataron levemente, percibiendo el rastro químico oculto bajo el aroma del bergamota.

​Bebió el primer sorbo. Luego el segundo. Y, sin pestañear, apuró el resto del contenido hasta dejar la taza completamente vacía.

​Dejó la porcelana sobre la bandeja de plata con un chasquido metálico.

​Luna mantuvo la respiración contenida durante una fracción de segundo, atenta a cualquier signo de asfixia, paro cardíaco o reacción violenta en la fisiología de su esposo.

​Sebastián no colapsó. La piel de su cuello se tensó levemente y un destello dorado cruzó la pupila de su ojo gris por un milisegundo antes de volver a su tono habitual. Su metabolismo de alfa procesó las toxinas, neutralizándolas casi al instante con una leve elevación de su temperatura corporal.

​Inclinó el rostro hacia arriba, quedando a milímetros de la cara de Luna. Una sonrisa lenta, maliciosa y cargada de una sensualidad peligrosa se dibujó en la mitad descubierta de sus labios.

​—Tus químicos humanos no son más que un aderezo amargo para mi sangre —susurró él con una voz profunda, rasposa y ahogada por la adrenalina.

​Extendió la mano y atrapó la barbilla de Luna con dos dedos, obligándola a mantener el rostro fijo frente al suyo. La presión era firme, pero desprovista de violencia, imbuida de una dominación pura.

​—Pero lo que realmente me resulta fascinante, Luna... es tu cuerpo —continuó Sebastián, deslizando el pulgar por el contorno de su labio inferior—. Sabiendo que podías haberme matado, o que yo podía haberte arrancado la cabeza por intentarlo... tu pulso está desbocado.

​Luna sintió un escalofrío abrasador recorrerle la columna. No podía negar la evidencia: su corazón martillaba contra sus costillas y el aire le faltaba en los pulmones, pero no por el terror.

​—Hueles a adrenalina pura —murmuró Sebastián, acortando el último milímetro de distancia hasta que la máscara de plata rozó la mejilla de ella—. Hueles a peligro y a deseo reprimido. Y eso... me está volviendo completamente loco.

​Luna no apartó el rostro. Apoyó la palma de su mano sobre el pecho desnudo de él bajo la solapa de su saco, sintiendo cómo el calor sofocante de Sebastián amenazaba con derretir su propia fachada de hielo.

​—Entonces asegúrate de no perder la cabeza todavía, rey de la mansión —le respondió ella en un murmullo desafiante—. Todavía tenemos una guerra que ganar.

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Carolina A²V
no entiendo como la cabeza hueca de mía pudo embocar a Luna❓️🤔
Carolina A²V
pero es que siempre haz sido una apestosa no veo porque la culpas 🤔🤨😠
Carolina A²V
remarparia 😡
Carolina A²V
😳 a la máquina 😧😱
Carolina A²V
😳 que paso❓️🤔 te emboscaron❓️😠 pero cómo❓️🤔🤨
Carolina A²V
🤨😧😠😠😠
Carolina A²V
ustedes sólo obedezcan 🤔
Carolina A²V
duró contra ellos Luna
Carolina A²V
😳 que se preparen esos chuchumecos traidores y falsos
Carolina A²V
se volvieron locos
Carolina A²V
😳 santas medidas batman 😱 ahora que haremos
Carolina A²V
que paso Victoria se te fue la valentía que trajiste❓️🤔
Carolina A²V
dónde se supone está la dichosa orden por desde que llegaron no han mostrado nada
Jesus Castro Montero
Por que Victoria quiere todo lo que tiene Luna ahora sabe que Luna no es nada sumisa ni tonta por que no acabar de una vez con esa escoria que lo único que hace es dar más problemas
Jesus Castro Montero
Luna eres buen terca y que poco te conoce Sebastián jamás te quedarás quieta y hoy más que nunca verá que cometió el error de no consultarte bueno ek se lo busco
Carolina A²V
😂😂😂 demuestralo porque las palabras de una loca cómo tu hija no son de peso 🤨🤔
Carolina A²V
un comentario que hago leo los cargos y me pregunto que hace victoria en ese lugar❓️🤔 porque no la puedo relacionar con nada de lo que sucede 🤔
Carolina A²V
esos funcionarios están buscando narcotraficantes o que❓️🤨🤔
Jesus Castro Montero
Luna no te cree Sebastián ahora tienes que remar mucho para que Luna te pueda perdonar🥰❤️😂🤣💘😈
Carolina A²V
que te dije ella no es de las que se sientan a esperar que pasen las cosas
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