NovelToon NovelToon
Me casé con el papá de mi ex

Me casé con el papá de mi ex

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Casada Con Mi Ex's Familiar / Completas
Popularitas:84
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

Capítulo 22: Un plan buenísimo para tu prima

—Nunca me ha regateado un peso —dijo el tío Neto—. Pero lee cada cláusula. Cada una. Con lentes.

Lo dijo sin levantar la vista de la tinga, como quien comenta el clima. Ximena, del otro lado de la mesa, se quedó con la cuchara de sopa a medio camino.

Eran las ocho y cuarto del miércoles. La casa de los Uribe olía a chipotle y a canela. La tía Chayo había sacado el mantel de flores, el de las visitas, y la olla de café estaba en la estufa desde las siete.

Canelo daba vueltas debajo de la mesa, esperando que alguien tirara tortilla.

—¿De quién habla, tío?

—De Aldama. —El tío partió una tostada—. Llevo años vendiéndole separador para las baterías. Nunca me ha hecho una grosería. Otros te quieren apretar hasta el último centavo. Él no. Él nomás lee.

La tía asintió con entusiasmo, demasiado entusiasmo, y le sirvió más tinga a su marido sin que se la pidiera.

—Un señor serio. Educado. Con dinero, pero de los que no lo andan presumiendo. —Se sentó y se alisó el delantal—. ¿Verdad, Neto?

—Y ese hombre no anda buscando mujer —agregó el tío—. No le hace falta.

Ximena bajó la cabeza y se tomó la sopa. Muy concentrada en la sopa. Los fideos, uno por uno.

Algo no cuadraba. La tía no hablaba de clientes del tío. La tía hablaba de la parroquia, de las vecinas, de la hija de la comadre Lupe que ya iba por el tercero.

Si la tía estaba hablando de Leonardo Aldama en su mesa, con el mantel de flores, era porque el plan buenísimo tenía que ver con él.

Se le enfrió la nuca.

¿Se había enterado? ¿Alguien los había visto en los Viveros? ¿Tomás le había contado?

La tía le sirvió café de olla en su jarrito de barro, el de siempre, el que tenía una muesca en la orilla.

—Y dime una cosa, mija. Tú que lo conociste. —Sonrió como sonreía cuando ganaba en la lotería de la kermés—. ¿Qué tal hacen pareja él y tu prima Regi?

El café se le fue por el camino equivocado.

Ximena tosió con la servilleta en la boca, con los ojos llorosos, mientras el tío le daba palmaditas en la espalda sin dejar de masticar. Canelo ladró dos veces, solidario.

—¿Mi… prima? —logró decir.

—¡Tu prima! —La tía juntó las manos—. Piénsalo. Regi sabe de negocios, habla su mismo idioma, está acostumbrada a esa gente. Tiene treinta y siete, él cuarenta, ¡es perfecto! Y ya está todo arreglado.

—¿Cómo que arreglado?

—Ay, mija. —La tía bajó la voz como si le fuera a contar un secreto de confesión—. Tu tío le habló el lunes a Nueva York. Que su mamá está muy mal del corazón, que venga. Y el doctor Beristáin, que es un amor, me hizo el favor. Presión alta, palpitaciones, insomnio. Todo por escrito.

—Yo le dije que no —dijo el tío a nadie.

—Regi aterriza mañana tempranito. —La tía estaba radiante—. Y en cuanto descanse, se la presento a Leonardo Aldama.

Ximena dejó el jarrito en la mesa. Muy despacio.

—Voy al baño.

Subió la escalera de dos en dos. Su cuarto de niña seguía igual: la colcha amarilla, el librero pintado de blanco, el póster de Frida con una esquina despegada. Cerró la puerta, se sentó en la orilla de la cama y marcó.

No alcanzó a sonar completo.

—Xime.

—¡Mi tía te quiere para Regina!

Del otro lado se oyó una risa. Corta. Y luego, a la mitad, se cortó. Hubo un silencio. Una respiración más pesada que la anterior.

—Repítelo.

—Le hizo creer a Regina que está enferma. Tiene una receta falsa. Regina viene mañana de Nueva York. Para que te conozca. —Se tapó los ojos con la mano libre—. Leo, estoy en mi cuarto de cuando tenía doce años escondida de mi tía. Dime algo.

—Díselo.

—¿Qué?

—Ahorita. —Oyó llaves. Una puerta—. Llego en veinte. Soy parte interesada.

—Leonardo, espérate…

Ya había colgado.

Ximena se quedó mirando el celular. Luego el póster de Frida. Frida la miraba con las cejas juntas, sin ninguna compasión.

Se levantó. Se acomodó el suéter. Bajó la escalera escalón por escalón.

La tía estaba recogiendo platos. El tío seguía en su lugar, con el café. Ximena se paró frente a la mesa, con las dos manos en el respaldo de su silla.

—Tía. Tío. Siéntese, tía, por favor. Les tengo que decir algo.

La tía se sentó con un plato todavía en la mano.

—Estoy saliendo con Leonardo Aldama.

Nadie se movió. Canelo se sentó.

La sonrisa de la tía Chayo se quedó exactamente donde estaba, pero se le fue la vida de adentro, como un foco que se funde con el interruptor prendido.

—¿Con el papá de…?

—Eso ya pasó, tía.

La tía abrió la boca. La cerró. Dejó el plato en la mesa.

El tío Neto, en cambio, le dio un trago al café y lo puso en el platito sin hacer ruido.

—Ya me lo imaginaba.

—¿Cómo que ya te lo imaginabas? —La tía se volteó hacia él—. ¿Y no me dijiste nada?

—En la cena de los Industriales de Vallejo se la presenté. —El tío miraba a Ximena, no a su esposa—. Él nomás dijo la conozco. Y tú nomás le hiciste así con la cabeza. —Inclinó la cabeza apenas, exacto como ella lo había hecho—. Así no se trata a un desconocido, mija.

A Ximena se le calentaron las orejas.

El tío se levantó, le dio la vuelta a la mesa y le puso la mano en el hombro. Una mano pesada, de las que cargaron cajas toda la vida.

—Me da gusto, mija.

Nada más. Pero a Ximena se le cerró algo en la garganta y tuvo que ver para el techo un segundo.

La tía seguía sentada. Se le habían puesto los ojos rojos.

—Tía…

—No, déjame. —Sacó un pañuelo de la manga del suéter—. No es que me caiga mal. Me cae bien. Vino a pedirte perdón, eso no lo hace cualquiera. Pero yo pensé en Regi porque Regi aguanta. Regi está acostumbrada a pelearse con tiburones. —Se sonó—. Él es viudo, mija, con un hijo grande, una familia complicada, de esas de Las Lomas que se ven en las revistas. Para ti yo quería alguien de tu edad. Que no te cansara. Que no te fuera a hacer sufrir con cosas que tú no escogiste.

Ximena rodeó la mesa y se agachó junto a su silla. La abrazó. La tía olía a chipotle y al perfume de siempre.

—No me cansa, tía. Me cuida.

La tía le agarró la cara con las dos manos y la miró mucho rato, buscándole algo en los ojos. No dijo si lo había encontrado.

—Viene para acá —dijo Ximena—. Llega en veinte.

—¿Cómo que viene para acá? —La tía se puso de pie de un brinco—. ¡Neto, los platos! ¡Y yo con este delantal!

El timbre sonó cuando la tía todavía se estaba quitando el delantal por la cabeza.

El tío miró su reloj.

—Tres minutos antes de lo prometido.

Ximena abrió la puerta. Leonardo estaba en el escalón, con el saco desabrochado y una gota de sudor en la sien. Había estacionado en la esquina y se le notaba que había venido caminando rápido.

En un brazo traía un ramo de alcatraces envuelto en papel de estraza; en la otra mano, una bolsa con una caja de cajeta de Celaya y un paquete de café de Coatepec.

El café que tomaba la tía. Ximena se lo había dicho una vez, en su cocina, hacía semanas, de pasada.

—Buenas noches, doña Rosario. —Le dio a la tía los alcatraces con una pequeña inclinación—. Don Ernesto.

—Licenciado. —La tía agarró las flores como si le hubieran dado un bebé—. Pase. Pase, por favor.

En ese momento, Canelo salió disparado de debajo de la mesa, cruzó la sala con las uñas resbalando en el piso y se le lanzó a las piernas, ladrando y moviendo la cola al mismo tiempo.

Leonardo dio un paso atrás. Uno solo, rápido. Luego se agachó, levantó al perro con las dos manos, lejos del saco, y se lo pasó al tío con mucha ceremonia.

—Creo que le caigo bien a todos menos a mí.

El tío se rio. La tía también, nerviosa. Leonardo preguntó dónde podía lavarse las manos y desapareció por el pasillo.

Tardó dos minutos. Cuando volvió, tenía los ojos un poco brillantes y las manos todavía húmedas.

Ximena se mordió el labio para no reírse. El gran Leonardo Aldama. Nervioso por una tía de Coyoacán. Se acercó a él y le rozó los dedos, nada más, al pasar.

La tía Chayo se sentó en el sillón, con los alcatraces en el regazo. Se secó los ojos con el pañuelo, lo dobló en cuatro, y se enderezó como se enderezaba en misa cuando llegaba la parte seria.

—Nomás le pido una cosa, Leonardo…

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play