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El Don en quien confiaba mi hermano

El Don en quien confiaba mi hermano

Status: Terminada
Genre:Mafia / Juego de roles / Diferencia de edad / Romance oscuro
Popularitas:19
Nilai: 5
nombre de autor: Elena Marlowe

Sienna Hale tiene veinticuatro años, un título de diseño de modas y ninguna intención de volver a ser la hija obediente de nadie. Cuando por fin consigue escapar de su pasado, su hermano Wes le ofrece un refugio: un apartamento en lo más alto de Larkspur Tower, en Vale Harbor, donde la espera una regla muy simple. Mantente lejos de Ronan Kestrel.

Ronan es el mejor amigo de Wes, el hombre al que todos en la ciudad le hablan en voz baja y a quien nadie se atreve a decirle que no. Tiene la mirada de quien ya decidió algo y una cocina donde, a las tres de la madrugada, hay cosas que Sienna no debería haber visto.

Ella necesita un trabajo, un nombre propio y un lugar donde no tenga que demostrar nada. Él necesita que ella sea intocable. Pero entre cenas incómodas, miradas que duran un segundo de más y una puerta que alguien deja entreabierta, los dos empiezan a descubrir que la prohibición solo hace más difícil resistirse.

Mientras Sienna construye la carrera con la que siempre soñó, el mundo de Ronan, con sus familias, sus deudas y sus enemigos, empieza a acercarse demasiado. Y confiar en el hombre equivocado puede costar mucho más que un corazón roto.

NovelToon tiene autorización de Elena Marlowe para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Capítulo 8: Ese top es un puto problema

Sienna

Miré a mi hermano. No miré al otro lado de la mesa. Ni una sola vez.

—¿Y qué tal el trabajo? —preguntó Wes.

—Bien. —Mi voz sonó casi normal—. Todos son muy amables. Agendé once citas.

—Esa es mi chica.

—Ah, y ya puedes dejar de hacer que Owen me lleve a todas partes. El pobre parece a punto de llorar.

Wes no respondió a eso. Me quitó el menú de las manos y lo revisó como si fuera suyo.

Una mesera llegó corriendo antes de que pudiera quejarme. Puso dos menús nuevos frente a los hombres y les sonrió como si fueran estrellas de cine.

—Señor Kestrel. Señor Hale. Buenas noches.

A mí no me miró ni una vez.

Ni siquiera podía culparla.

—¿Cómo está mi futura esposa? —preguntó Wes con una sonrisa, en cuanto se fue.

—¿Juno? —Puse los ojos en blanco—. Si tanto te gusta, ¿por qué no la invitas a salir?

—Yo no salgo con nadie. Me gusta tener opciones. —Me guiñó un ojo—. Solo me gusta hacerla sonrojar.

—Hombres —murmuré.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que alguien te gusta, pero no la respetas lo suficiente para intentarlo de verdad.

—Me gusta mucha gente.

Negué con la cabeza. Sin remedio. Al otro lado de la mesa, Ronan no decía nada. Estaba recargado, mirando el restaurante como si contara a cada persona. Bien. Que mirara a alguien más.

Todavía me temblaban las rodillas.

—¿Y tu misterioso trabajo? —le pregunté a Wes—. El que tanto te gusta mantener vago.

—No es vago. Ayudo a Ronan a manejar los negocios de su familia.

—¿Qué negocios?

—Ronan —dijo Wes, ignorándome—. ¿Quieres el cordero?

Tuve ganas de lanzarle el pan. Cuando volvió la mesera, Ronan ordenó para toda la mesa. Un montón de entradas que no supe pronunciar. Luego, por primera vez en toda la noche, se volvió y me miró directo.

—Las vas a probar.

No era una pregunta. Era una orden.

Asentí rápido, solo para no tener que hablarle.

—¿Pudiste recorrer la ciudad hoy? —preguntó Wes—. Te encantaría.

—No. Es demasiado peligroso. Si me pongo a ver aparadores, voy a llorar.

—Te doy dinero para que compres.

—No. Es raro.

—¿Por qué? —De verdad parecía dolido—. Actúas como si fuéramos desconocidos.

—No es eso. No eres mi papá, Wes. No tienes que cuidarme.

—Debí haberte cuidado hace mucho. —Su voz se volvió baja—. Solo acepta el dinero. Considéralo tu regalo de cumpleaños. Me lo perdí el mes pasado.

No supe qué decir. Entonces sus ojos bajaron a mi atuendo y toda su cara cambió.

—¿Qué carajo traes puesto?

Me miré.

—¿Qué?

—Ese top. —Agitó la mano hacia mi pecho como si estuviera en llamas—. Eso es ropa interior, Sienna.

—Es un corsé. Es moda. Ni se te ocurra empezar conmigo.

—¿Y cómo es que tienes un bolso de diseñador?

—Lo rento. Hay una app.

Sacó el labio inferior y asintió despacio.

—Ajá. Bueno, mejor cómprate uno.

Solté una carcajada.

—¿Sabes cuánto cuesta un bolso como este?

—Ni idea.

—Tres mil dólares.

Se encogió de hombros.

—Entonces ese es tu regalo de cumpleaños.

Casi me atraganto.

—Wes. En serio. ¿A qué te dedicas? Ese edificio cuesta una fortuna. Y ahora quieres tirar tres mil dólares en un bolso. ¿Qué está pasando...?

—Haces demasiadas preguntas.

Ronan. Su voz grave cortó la mía de tajo. Volví la cabeza. Ahora me miraba, calmado y frío.

—Acepta el dinero —dijo—. Kestrel Holdings es una empresa muy exitosa. Por eso él puede pagarlo.

Y eso fue todo. Fin de la discusión. Lo dijo como si me cerrara una puerta en la cara. Como si no quisiera que escarbara. Igualito que Wes.

Un frío leve me subió por la columna. ¿En qué se había metido mi hermano?

Llegó la comida. Luego más comida. Todo estaba delicioso. Wes y Ronan hablaban de negocios. La mitad en italiano, rápido y en voz baja. No sabía que mi hermano hablara italiano así. Había aprendido mucho en los años en que yo no miraba.

Ronan me ignoró todo el rato. Lo cual estaba bien. Era lo que yo quería.

Entonces, ¿por qué me enojaba tanto?

Cuando retiraron los platos, Wes se levantó.

—Voy al baño. No te comas mi postre.

Y se fue. Me dejó sola con Ronan Kestrel otra vez. Agarré mi bolso y me puse a hurgar adentro. Labial. Llaves. Celular. Labial otra vez. Cualquier cosa con tal de no levantar la vista.

Sentía sus ojos sobre mí. No en la cara. Más abajo. Levanté la mirada. Estaba mirando mi corsé. Ni siquiera intentaba disimular.

Sus ojos estaban en el escote corazón, en la tela café transparente, en la curva de mis pechos empujados hacia arriba. Miró tanto rato que se me endurecieron los pezones bajo la tela.

También lo vio. Se le tensó la mandíbula.

—Tu hermano tiene razón —dijo en voz baja.

—¿En qué?

Sus ojos volvieron a los míos, despacio.

—Ese top es un puto problema.

Dejé de respirar. Antes de que pudiera decir algo, se puso de pie. Metió la mano al bolsillo y sacó un grueso rollo de billetes. Fue desprendiendo billete tras billete. De cien. Muchos de cien.

Supuse que pagaba la cena. Entonces soltó todo el fajo sobre la mesa, justo frente a mí.

—Feliz cumpleaños.

Me miró un segundo. Luego se dio la vuelta y salió del restaurante. No se despidió. No me dio oportunidad de decir que no.

Me quedé mirando el dinero. Luego lo agarré y lo metí en el bolso antes de que alguien lo viera. No podía quedármelo. No de él.

—¿Lista? —Wes había vuelto, haciendo tintinear las llaves—. ¿Adónde fue Ronan?

—Se fue —dije.

El bolso me pesaba como si pesara cien kilos.

El penthouse estaba a oscuras cuando llegamos. Él no estaba. Subí corriendo a mi cuarto, me quité los tacones de una patada y saqué el dinero del bolso. Me senté en la cama y lo conté.

Luego lo conté otra vez. Cinco mil dólares. Lo mismo que el vino. No supe si era una broma, un mensaje o nada en absoluto. Alguien tocó. Metí el dinero bajo la almohada.

—Soy yo —dijo Wes.

Entró y me tendió la mano. Otro fajo de billetes.

—Para el bolso. Dijiste tres mil, ¿no?

—Wes, no. No puedo...

—Sienna. —Suspiró—. Solo di gracias.

Me reí. Luego lo abracé tan fuerte que soltó un gruñido.

—Gracias.

—No es nada.

Eso era lo que me asustaba. Para los dos, esto no era nada. ¿Debía decirle que Ronan también me había dado dinero?

No. Sería raro. De todos modos iba a devolverlo.

Cuando Wes se fue, me cambié a la pijama. Shorts de seda malva y una blusita abotonada. Me acosté y miré el techo.

Ese top es un puto problema.

Cada vez que lo pensaba, el cuerpo entero se me ponía caliente.

Pasada la medianoche, lo oí.

Ding.

El elevador. Había llegado. Me incorporé. Saqué el dinero de debajo de la almohada. Me dije que iba a bajar, a devolvérselo, a decirle gracias, pero no, gracias, y a irme.

Fácil. No me molesté en cambiarme. Ya me había visto en pijama. Bajé de puntillas la escalera a oscuras, con el efectivo apretado contra el pecho, y a medio camino casi me topé con él.

Estaba al pie de la escalera, mirando hacia arriba.

Como si me hubiera estado esperando.

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