ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️🔥
Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.
Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.
Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.
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EL SECRETO DE LA MEDIANOCHE
Valentina llevaba casi una hora dando vueltas en su cama, incapaz de conciliar el sueño.
El mensaje que había encontrado en la terraza no dejaba de repetirse en su cabeza.
«Si quieres descubrir quién es realmente Sebastián Montenegro, mañana a medianoche. Garaje. Ven sola. Y no confíes en Alejandro Ferrer. Él no es quien dice ser».
Había leído aquellas palabras tantas veces que ya podía recitarlas de memoria.
Lo peor era que no sabía qué le preocupaba más: descubrir qué ocultaba Sebastián o averiguar por qué alguien quería ponerla en contra de Alejandro.
Desde que había llegado a aquella casa, su vida se había convertido en una sucesión de discusiones, miradas desafiantes y situaciones que no terminaba de comprender. Sebastián era arrogante, insoportable y demasiado atractivo para su propia tranquilidad. Alejandro, en cambio, parecía amable, divertido y dispuesto a ayudarla.
Pero ¿y si las apariencias engañaban?
Valentina se incorporó y miró el reloj de su mesita de noche.
11:38 p. m.
—Esto es una locura —murmuró.
Se dejó caer sobre la almohada, intentando convencerse de que lo más sensato era quedarse en su habitación. Sin embargo, la curiosidad pudo más que el miedo.
Se levantó, se puso unos pantalones negros, una camiseta y una chaqueta de cuero. Después guardó la pequeña llave que había encontrado en la terraza en el bolsillo.
Antes de salir, miró su reflejo en el espejo.
—Solo voy a hacer unas preguntas. Nada más.
Aunque ni ella misma se creyó aquella promesa.
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La mansión estaba en silencio.
Valentina bajó las escaleras con cuidado, procurando no hacer ruido. Al llegar al pasillo que conducía al garaje, escuchó un sonido metálico que la hizo detenerse.
Alguien estaba allí.
Respiró profundamente y empujó la puerta.
El garaje estaba iluminado por unas lámparas tenues. Varios coches deportivos descansaban bajo sus fundas, y al fondo había una mesa cubierta de herramientas y piezas de motor.
Junto a un automóvil negro estaba Sebastián.
Llevaba una camiseta oscura, los brazos cruzados y esa expresión seria que parecía acompañarlo a todas partes.
—Sabía que vendrías —dijo sin siquiera saludarla.
Valentina alzó una ceja.
—¿Siempre eres tan creído o haces un esfuerzo especial conmigo?
Una sonrisa fugaz apareció en los labios de Sebastián.
—Contigo no necesito esforzarme.
—Qué desgracia para el resto del mundo.
Él soltó una pequeña carcajada, pero enseguida volvió a ponerse serio.
—¿Qué haces aquí a estas horas?
Valentina sacó la llave del bolsillo y la levantó entre los dedos.
—Encontré esto junto a una nota que decía que debía venir al garaje a medianoche para descubrir quién eres realmente.
La expresión de Sebastián cambió de inmediato.
—¿Qué nota?
—Una nota anónima. También decía que no confiara en Alejandro Ferrer.
Al escuchar aquel nombre, Sebastián dejó de sonreír.
—Dame la llave.
—Primero explícame qué significa.
—Valentina, no es un juego.
—Pues deja de tratarme como si fuera una niña. Si alguien me deja mensajes misteriosos y me advierte sobre las personas de esta casa, tengo derecho a saber qué está pasando.
Sebastián se pasó una mano por el cabello y miró hacia la entrada del garaje.
Por primera vez, Valentina notó algo diferente en él. No era enfado. Era preocupación.
—¿Alguien te vio encontrar la nota?
—No lo sé.
—¿Se lo contaste a alguien?
—No. ¿Vas a responderme o seguirás interrogándome?
Sebastián se acercó y extendió la mano.
—Déjame ver la llave.
Valentina dudó antes de entregársela.
Él la examinó cuidadosamente, girándola entre los dedos. Al ver una pequeña marca grabada en el metal, su rostro perdió el color.
—No puede ser…
—¿Qué? ¿Qué significa?
Sebastián cerró la mano alrededor de la llave.
—¿Dónde dijiste que la encontraste?
—En la terraza de mi habitación.
—¿Y la nota?
—También estaba allí.
Él guardó silencio durante unos segundos.
—Esta llave pertenecía a un coche que desapareció hace seis meses.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Un coche tuyo?
—De mi padre.
Ella recordó las palabras de Alejandro Ferrer durante aquella conversación en el garaje días atrás. Recordó también la forma en que Sebastián había reaccionado al escuchar su nombre.
—¿Qué le pasó a tu padre?
Sebastián apartó la mirada.
—Es una historia larga.
—Tenemos toda la noche.
—No tienes idea de dónde te estás metiendo.
—Y tú no tienes idea de lo mucho que me molesta que me digan qué puedo o no puedo hacer.
Él la miró fijamente.
—Eres increíblemente terca.
—Y tú increíblemente insoportable.
—Por eso nos llevamos tan bien.
Valentina quiso responder, pero una sonrisa involuntaria amenazó con traicionarla. Sebastián también pareció notarlo. Durante unos segundos, el ambiente entre ambos cambió. La tensión habitual seguía allí, pero mezclada con algo que ninguno estaba dispuesto a reconocer.
Entonces se escucharon pasos.
Los dos se volvieron hacia la entrada.
Alejandro Ferrer apareció en el umbral con una chaqueta sobre el hombro y el cabello ligeramente despeinado. Al verlos juntos, se detuvo.
—Vaya. ¿Interrumpo algo?
—Llegas justo a tiempo —respondió Sebastián con frialdad.
Alejandro miró a Valentina y sonrió.
—No sabía que tenías planes nocturnos.
—Yo tampoco sabía que necesitaba darte explicaciones —contestó ella.
—Me gusta esa actitud.
Sebastián soltó un suspiro impaciente.
—¿Qué haces aquí, Alejandro?
—Podría preguntarte lo mismo.
Alejandro dirigió la mirada hacia la mano cerrada de Sebastián.
—¿Qué tienes ahí?
Sebastián no respondió.
—Sebastián —insistió Alejandro—. Enséñamelo.
—No te importa.
Alejandro dejó de sonreír.
Valentina sintió que algo no encajaba. Los dos amigos se miraban como si estuvieran manteniendo una conversación silenciosa, cargada de resentimiento y secretos.
—Es una llave —intervino ella—. Sebastián dice que pertenecía al coche de su padre.
Alejandro palideció.
Fue apenas un instante, pero Valentina lo notó.
—¿De dónde la sacaste? —preguntó él.
—¿Por qué te interesa tanto?
Alejandro se acercó despacio.
—Porque ese coche desapareció hace seis meses.
—Eso mismo acaba de decirme Sebastián.
El silencio que siguió confirmó que había mucho más detrás de aquella historia.
Sebastián abrió la mano y mostró la llave.
—Diles lo que sabes, Alejandro.
—No empieces.
—¡Diles!
Valentina retrocedió ligeramente, sorprendida por la intensidad de la voz de Sebastián.
Alejandro respiró hondo.
—El coche de tu padre desapareció la noche en que él dejó de dar señales de vida. Yo fui la última persona que lo vio.
Valentina miró a Sebastián.
Su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de romperse los dientes.
—¿Qué ocurrió aquella noche? —preguntó ella.
Alejandro bajó la mirada.
—No lo sé todo.
—Eso no es una respuesta —replicó Sebastián.
—¡Porque no tengo todas las respuestas! ¿Crees que no he pasado estos seis meses intentando averiguar qué pasó?
—Entonces, ¿por qué me mentiste?
Alejandro levantó la cabeza.
—Porque había algo que no podía contarte.
—¿Qué cosa?
—No aquí.
Sebastián se rio sin humor.
—Siempre es lo mismo contigo. Secretos, excusas y medias verdades.
—No tienes derecho a juzgarme.
—¿Ah, no? Mi padre desapareció y tú fuiste el último que estuvo con él. ¿Qué se supone que debo pensar?
Valentina sintió que el aire se volvía pesado.
Alejandro parecía dolido, pero también asustado. Sebastián, por su parte, tenía una mezcla de rabia y desesperación en los ojos.
Ella se colocó entre ambos.
—Basta. Si de verdad son amigos, deberían dejar de atacarse y empezar a decir la verdad.
Alejandro la miró con una tristeza inesperada.
—No todo es tan sencillo, Valentina.
—Pues háganlo sencillo por una vez.
Sebastián se acercó a ella.
—Hay cosas que no entiendes.
—Entonces explícame.
Él bajó la voz.
—No quiero que te involucres en esto.
—Demasiado tarde.
Por un instante, Sebastián pareció dispuesto a contarle algo. Sus ojos recorrieron el rostro de Valentina y se detuvieron en sus labios. Ella sintió que el corazón comenzaba a latirle más deprisa.
—¿Por qué te importa tanto lo que me pase? —preguntó en voz baja.
Sebastián se quedó inmóvil.
—Porque no sabes cuándo detenerte.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es la única respuesta que vas a tener.
Valentina apartó la mirada, decepcionada.
Entonces Alejandro observó nuevamente la llave.
—Hay algo que deben saber. Esa llave no abre solamente el coche.
Sebastián se volvió hacia él.
—¿De qué estás hablando?
—Tu padre guardaba documentos en el taller antiguo. Recuerdo haberlo visto utilizar una llave parecida para abrir un compartimento oculto.
—¿Qué documentos?
Alejandro negó con la cabeza.
—No lo sé. Pero si esa es la llave correcta, alguien quiere que los encontremos.
Valentina sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
—¿Y por qué dejarla en mi terraza?
Ninguno respondió.
La pregunta quedó suspendida entre los tres.
De pronto, las luces del garaje parpadearon.
Una vez.
Dos veces.
Y se apagaron por completo.
—¿Qué demonios…? —murmuró Alejandro.
Valentina escuchó un ruido a su espalda y sintió que alguien se movía en la oscuridad.
—¡Sebastián!
Una mano encontró la suya y la sujetó con fuerza.
—Estoy aquí —susurró él—. No te muevas.
Valentina reconoció su voz y se acercó instintivamente.
—¿Qué está pasando?
—No lo sé. Pero alguien está aquí con nosotros.
Se escuchó el golpe seco de una herramienta cayendo al suelo.
Después, pasos apresurados.
—¡Alejandro! —gritó Sebastián—. ¡Contesta!
—¡Estoy aquí! —respondió su amigo desde algún punto del garaje.
Un ruido metálico resonó al fondo, seguido de un estruendo que hizo temblar las paredes.
Valentina soltó un grito y se aferró al brazo de Sebastián.
Él la colocó detrás de su cuerpo.
—Pase lo que pase, no me sueltes.
—No pensaba hacerlo —susurró ella.
Por primera vez, no había ironía ni discusiones entre ellos. Solo miedo, oscuridad y una confianza que estaba naciendo en el peor momento posible.
Las luces de emergencia se encendieron de repente, bañando el garaje de rojo.
Valentina parpadeó y miró a su alrededor.
Alejandro estaba junto a una columna, sujetándose el brazo. Una caja de herramientas había caído al suelo y, cerca de la puerta lateral, una figura vestida de negro desaparecía por un pasillo.
—¡Eh! ¡Detente! —gritó Sebastián.
Soltó la mano de Valentina y salió corriendo detrás de la figura.
—¡Sebastián, espera! —gritó ella.
Pero él ya había desaparecido tras la puerta.
Alejandro se acercó a Valentina, respirando con dificultad.
—¿Estás bien?
Ella asintió, aunque seguía temblando.
—¿Quién era esa persona?
—No lo sé.
—¡Deja de decirme que no sabes nada! —exclamó Valentina—. Alguien acaba de entrar aquí, las luces se apagaron y esa persona parecía estar buscando algo. ¡Y todo empezó con una llave que supuestamente pertenecía al padre de Sebastián!
Alejandro la miró con seriedad.
—Hay algo que no te he contado.
Valentina sintió que el corazón volvía a acelerarse.
—¿Qué cosa?
Alejandro miró hacia la puerta por la que Sebastián había salido.
—La última vez que vi al padre de Sebastián, no estaba solo.
—¿Con quién estaba?
Alejandro abrió la boca para responder.
Pero, antes de que pudiera pronunciar una palabra, un grito desgarrador resonó desde el pasillo.
Valentina y Alejandro se quedaron paralizados.
Era la voz de Sebastián.
Y después, silencio.
Valentina corrió hacia la puerta, pero Alejandro la sujetó del brazo.
—¡No puedes ir sola!
Ella se soltó.
—¡Entonces ven conmigo!
Los dos se internaron en el pasillo oscuro, siguiendo el eco de aquel grito.
Valentina no sabía qué encontrarían al final.
Solo sabía que la llave, la desaparición del padre de Sebastián y las mentiras de Alejandro estaban conectadas de alguna manera.
Y que, desde aquella noche, nada volvería a ser igual.
Porque el peligro ya no estaba esperando fuera de la mansión.
Estaba dentro.