Mariana De Santis es la única heredera de una familia adinerada, acostumbrada a tener todo lo que desea al instante. Con diecisiete años, está convencida de que puede valerse por sí misma, pero sus padres la ven aún como una niña indefensa.
Cuando deben viajar a Estados Unidos por negocios, ella sueña con quedarse sola y disfrutar de libertad… hasta que le anuncian que quien la cuidará será Valentino Vivaldi, hijo de sus mejores amigos y socios. Mariana se enfurece y decide hacerle la vida imposible desde el primer día: se escapa, cambia horarios, inventa excusas y lo desafía en todo.
Sin embargo, entre discusiones y encuentros inesperados, la hostilidad se transforma lentamente en un amor profundo y recíproco.
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Capitulo 8
Mariana regresó a casa más tranquila de lo que había salido. Cerró la puerta tras de sí y se detuvo en el vestíbulo, extrañada: no lo encontró en la sala ni en la cocina. Subió despacio las escaleras y escuchó un ruido suave desde el pasillo superior. Se acercó en silencio y lo vio.
Valentino estaba frente a la ventana del pasillo, con una caja de herramientas a sus pies, reparando el marco que se había aflojado con la lluvia. Tenía las mangas de la camisa remangadas, los brazos firmes y concentrados en lo que hacía. Se movía con cuidado, con dedicación, sin prisas. La luz de la tarde caía sobre él, dándole un aspecto serio y… y apuesto. Mariana se quedó inmóvil, observándolo sin darse cuenta. No era solo el cuidador impuesto por sus padres. Era un muchacho trabajador, atento, que se preocupaba por la casa como si fuera suya.
Se acercó un poco más, sin hacer ruido. Él la sintió y giró la cabeza. Sus miradas se cruzaron.
—Ya estás de vuelta —dijo él, con una sonrisa tranquila—. Me alegra.
Mariana parpadeó, como despertando de un instante extraño, y se apresuró a recuperar su tono frío:
—Sí. Llegué antes. Como te dije.
—Así es —asintió él, volviendo su atención a la ventana—. Gracias por avisarme.
Ella se quedó ahí, sin marcharse, mirando cómo manejaba la herramienta con precisión.
—¿Qué haces? —preguntó, aunque ya lo sabía.
—El marco de la ventana estaba flojo —explicó él sin levantar la voz—. Si se aflojaba más, entraría agua con la lluvia y podría dañar la pared. Solo lo estoy ajustando.
—¿Tú sabes de eso? —inquirió ella, sorprendida.
—En casa de mi padre aprendí —respondió él, dándole un último toque y apartándose un poco para revisar—. Siempre decía que hay que cuidar lo que se tiene.
Mariana lo miró: serio, dedicado, atento. Algo se removió en su pecho, una sensación cálida y desconocida. Se apresuró a apartar la vista, negándose a reconocerlo. No, pensó. Es solo un trabajo. No significa nada.
—Bueno… —murmuró, con voz seca—. Termínalo bien. No vayas a dejarlo peor.
Valentino la miró de reojo, notando su cambio de tono, pero no dijo nada. Solo asintió:
—Quedará bien, te lo aseguro.
Ella dio un paso hacia su habitación, pero se detuvo:
—¿Necesitas algo? —preguntó, casi sin querer, con tono bajo.
Él sonrió levemente:
—Gracias, Mariana. No me falta nada.
Ella asintió rápido y entró en su cuarto, cerrando la puerta. Se apoyó contra ella, con el corazón latiéndole un poco más deprisa de lo normal. Qué tontería, se dijo a sí misma. Solo estaba arreglando una ventana. Eso no lo hace diferente.
Pero por dentro, algo le decía que sí lo era.
Minutos después, escuchó que él llamaba a su puerta. Abrió despacio.
—Ya está listo —dijo él—. Quedó firme. No volverá a moverse.
Mariana asintió, manteniendo la mirada baja y la voz fría:
—Está bien. Gracias.
—No hay de qué —respondió él, sin insistir en nada más—. Si notas algo roto, dímelo. Lo arreglo.
—No te preocupes —replicó ella, con frialdad—. No voy a molestarte por cualquier cosa.
Valentino la miró un instante, como si quisiera decir algo más, pero se limitó a asentir:
—Como quieras. Que descanses, Mariana.
Cuando se fue, ella se sentó en el borde de la cama y suspiró. Sabía que había estado a punto de sonreírle. A punto de tratarlo como a alguien de verdad. Y eso la asustaba.
—No te confundas —se dijo a sí misma en voz baja—. Sigue siendo el niñero. Nada más.
Pero mientras decía esas palabras, su mente no dejaba de recordar cómo se veía bajo la luz de la tarde, concentrado y serio. Y por primera vez, no supo muy bien qué pensar.
Mariana lo llamó antes de que se alejara del todo, con la puerta entreabierta y la voz algo tensa:
—Oye… ¿no te molesta que te hable así? Tan seca, tan fría…
Valentino se detuvo y giró despacio hacia ella, sin acercarse:
—¿Te refieres a ahora? ¿O a todos estos días?
—A todo —murmuró ella, jugando con el borde de la puerta—. Cualquier otro ya me habría dicho algo. O se habría ido.
Él sonrió suavemente:
—No me molesta, Mariana. Sé que estás defendiéndote. No te conocí de esta forma, pero la entiendo.
—¿Defendiéndome? —repitió ella, frunciendo el ceño—. ¿De qué me defiendo?
—De sentirte controlada —dijo él con calma—. De sentir que te quitan tu lugar. Tu independencia. Me rechazas a mí porque no puedes rechazar la decisión de tus padres.
Mariana se quedó sin palabras un instante. Bajó la mirada y luego la levantó de golpe, recuperando su tono cortante:
—No sé de qué hablas. Solo no me caes bien. Eso es todo.
—Está bien —asintió él sin contradecirla—. Puedes seguir pensándolo. No te apuro.
—Pues no lo hagas —soltó ella, aunque sin la furia de antes—. No intentes leerme la mente ni nada parecido. No sabes qué pienso.
—Tienes razón —dijo él, dando un paso hacia su puerta—. No lo sé. Pero me gustaría saberlo. Algún día, si tú quieres.
Ella apretó los labios, confundida:
—No esperes que te cuente mi vida. No somos amigos.
—No somos amigos todavía —corrigió él suavemente—. Pero tampoco somos enemigos. Y eso ya es algo.
Mariana iba a responderle que sí, que eran enemigos, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta. Solo asintió con un gesto brusco:
—Bueno… ya vete. Que descanses.
—Igualmente, Mariana —dijo él, alejándose despacio—. Hasta mañana.
Cerró la puerta y se apoyó contra ella, con el corazón agitado. ¿Todavía no somos enemigos?, pensó. Pues deberíamos serlo. Pero en el fondo, ya no estaba tan segura.