"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."
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Capítulo 17: El intruso en su propio hogar (Perspectiva de Matteo)
La cena transcurrió como casi siempre, aunque con una alteración en la atmósfera que me mantenía en alerta constante. Leo me pidió que le cortara la carne y que le pasara su vaso de jugo con la misma naturalidad de siempre, pero mis ojos no obedecían; se desviaban una y otra vez hacia ambos extremos de la mesa.
El niño la miraba furtivamente de reojo, moviendo las piernitas debajo de la mesa con una energía que no le veía desde antes del atentado, y Katherine le devolvía una sonrisa suave, cómplice, que parecía desarmarlo por completo. Cada vez que la veía interactuar con él, un golpe absurdo, pesado y desconocido me sacudía el pecho. Tragué saliva, sintiendo una sequedad extraña en la garganta, y me serví media copa de vino tinto para calmar la sed y la agitación que me quemaban por dentro.
—Los horarios de Leo son estrictos —le dije a Katherine con tono neutro, volviendo a centrarme en los negocios de la casa mientras cortaba mi propia comida—. Mientras estés con él, tienes total libertad para recorrer el jardín o usar la biblioteca. Puedes pedirle a Clara lo que necesites para comer o para el niño. Lo único innegociable es que, si deciden salir de la propiedad, deben avisarme a mí antes de hacerlo.
Ella asintió en silencio, absorbiendo cada regla sin replicar.
Terminaron la cena después de que Clara les sirviera un postre de chocolate a ambos —algo que Leo aceptó sin protestar, ganándose otra sonrisa de Katherine—. Cuando nos levantamos de la mesa y Katherine comenzó a caminar hacia el pasillo para retirarse a su habitación, levanté a Leo en brazos para llevarlo a la suya.
Íbamos camino al segundo piso cuando, justo antes de que Katherine pusiera la mano en el picaporte de su recámara, el pequeño giró la cabeza hacia ella.
—¿Puedes... leerme un cuento esta noche? —preguntó Leo con su vocecita tímida, pero con un destello de genuino interés en los ojos.
Katherine se detuvo en seco, sorprendida, y giró su rostro hacia mí, buscando mi aprobación con la mirada.
Me quedé un segundo en silencio, evaluando la escena, y simplemente asentí con la cabeza.
Llevé a Leo a su habitación, lo recosté entre las sábanas limpias y le acomodé la almohada. Katherine entró despacio a la recámara, deteniéndose junto a la mesita de luz. Me incliné, le di un beso tierno en la frente a mi sobrino y me quedé de pie a un lado de la cama, dispuesto a cumplir con mi labor de siempre.
Leo me miró con fijeza, parpadeó un par de veces y luego dijo, sin rodeos:
—Buenas noches, tío.
Levanté ambas cejas, sorprendido por el tono. No hacía falta ser un genio para entender el mensaje clarísimo que me estaba mandando: «Ya puedes largarte, nos estorbas». El muy mal agradecido me estaba echando de su habitación en favor de una mujer que conocía desde hacía apenas dos horas.
Una sonrisa torcida y divertida se dibujó en la comisura de mis labios.
—Buenas noches, campeón —le respondí, negando con la cabeza.
Me di la vuelta y salí al pasillo, pero en lugar de alejarme, me quedé inmóvil detrás de la puerta entreabierta de la habitación de Leo. Desde la oscuridad del pasillo, apoyado contra la pared, escuché la voz dulce y cadenciosa de Katherine empezando a relatar un cuento de caballeros y dragones. La respiración del niño comenzó a compasarse, relajándose bajo el hechizo de su voz.
Me quedé ahí un largo rato, escuchándolos en silencio, sintiéndome por primera vez como un intruso en mi propia casa... y dándome cuenta, con una certeza aterradora, de que ya no quería sacarlos de ahí.