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Mi Esposo Exconvicto Es Multimillonario

Mi Esposo Exconvicto Es Multimillonario

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Juego de roles / Completas
Popularitas:91
Nilai: 5
nombre de autor: Isabel Coração

El día de su compromiso, Giselda lo pierde todo: su novio la deja por su amor de juventud y su familia adoptiva, que solo la ha usado como fuente de dinero, la golpea y la echa de casa. Con una maleta vieja y la mejilla hinchada, sube llorando a un auto que no es el suyo, sin saber que el hombre callado del asiento de al lado va a cambiarle la vida.

Oziel Bittencourt es, para toda la ciudad, el hijo desechado que salió de la cárcel sin un centavo. Lo que nadie sospecha es que su familia lo encerró con pruebas falsas y que, desde las sombras, él sigue siendo el verdadero dueño del imperio Bittencourt. Para callar a su madrastra y calmar a su abuela, necesita una esposa de papel; y Giselda, arquitecta sin dinero ni adónde ir, necesita desaparecer de su propia familia.

Un contrato, tres reglas y un matrimonio que nadie debía creerse. Pero entre mentiras piadosas, secretos de pasado y enemigos que acechan en cada esquina, lo que empezó como un trato empieza a sentirse demasiado real.

¿Hasta cuándo se puede fingir un amor que ya late de verdad? ¿Y qué pasará cuando ella descubra quién es en realidad el exconvicto con el que se casó?

NovelToon tiene autorización de Isabel Coração para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

POV de Oziel

Todo el día Giselda estuvo extraña conmigo.

Desperté y ella no estaba. Oí el ruido del autobús en la calle y llegué a la ventana a tiempo de verla irse sin mirar atrás. Corrí descalzo hasta la acera, y nada. Me quedé ahí parado, sin entender, con el pie helado sobre el cemento.

Le mandé un mensaje: «Te fuiste sin despedirte. ¿Está todo bien?». Respondió solo «todo bien, estoy ocupada». Llamé. Contestó y colgó en diez segundos.

—Giselda, habla conmigo. ¿Qué pasó?

—Nada, Oziel. Luego hablamos. —Y colgó.

Giselda no es así. Es de las que hablan, de las que pelean de frente. Ese silencio era de otra persona, de una Giselda más vieja, la que aguantaba golpes callada. Y yo conocía ese silencio, el de quien ya decidió que no vale la pena hablar. Viví del otro lado de él toda mi vida.

Al final de la tarde Jonas me llamó con la respuesta.

—Jefe, tomó una bolsa y se fue a casa de Letícia. Y hay otra cosa. Un contacto me mandó una captura de su WhatsApp. Su nombre en su agenda ahora está guardado como «Gran Mentiroso».

Cerré la laptop.

—¿Mentiroso por qué?

—No sé. Pero fue de ayer a hoy.

Ayer yo estaba en un bar con Leonardo, Henrique y Felipe. Solo los cuatro. No costó mucho unir los puntos.

—Saca la lista de con quién habló en las últimas veinticuatro horas —dije—. Y fíjate si aparece una «Vivi».

Unos minutos después lo confirmó. Vivi. Número nuevo, sin foto, creado hace dos semanas. La misma mujer de la piscina, apuesto lo que sea.

Por la noche Letícia me obligó a una videollamada. Giselda apareció en la pantalla, con los ojos hinchados, el mentón alzado de quien decidió no llorar delante de mí.

—Habla, entonces —dijo—. ¿Quién era la mujer recargada en ti ayer?

—¿Qué mujer?

—La de la foto. Vivi me la mandó. Después la borró.

Casi me reí, de alivio, porque por fin era algo que podía resolver.

—El bar tiene cámara. Espera.

Tardé unos minutos, Jonas sacó la grabación, y puse en la llamada los seis minutos completos. La mesa, de principio a fin. Cuatro hombres. Ninguna mujer se sentó con nosotros. La «recargada» era una persona que pasaba por detrás, congelada en el ángulo exacto para mentir.

Giselda se fue quedando callada. Luego se tapó la cara.

—Dios mío. Lo falsificó. Vivi lo falsificó. Y yo le creí. Oziel, perdóname, yo…

—No pidas perdón por la foto. —Lo dije bajo—. Pasaste la noche creyendo eso sola, sin decirme nada. Dormiste a mi lado con eso atorado. Eso me duele más que la foto.

—Lo sé. Rompí la regla uno.

—La rompiste. —Dejé pasar un segundo—. ¿Por qué? De verdad.

Tardó en responder.

—Porque en el fondo todavía creo que no lo merezco. —Su voz salió pequeña—. Que algún día te ibas a cansar de mí. Esa foto solo dijo lo que yo llevaba toda la vida esperando oír.

Eso me apretó el pecho más que cualquier acusación.

—Entonces escucha lo que voy a decirte, y guárdalo. No voy a ir a ninguna parte. Y si algún día tengo un problema contigo, lo vas a oír de mí, en tu cara, no en una foto de celular borrada.

—¿Y si algún día te cansas de verdad? Los hombres se cansan, Oziel. Lo he visto.

—Entonces te lo digo, y lo resolvemos como adultos. Pero eso no va a pasar, y voy a demostrártelo cada día, hasta que dejes de esperarlo. —Respiré—. Quien te enseñó que no lo mereces mintió, Giselda. Se pasó la vida vendiéndote esa mentira para mantenerte pequeña y útil. Yo no la compro, y no voy a dejar que tú la compres tampoco.

—Dices cosas que no sé qué hacer con ellas.

—Ve guardándolas. Algún día les crees. —Dejé pasar un segundo—. Y arreglamos las reglas. Hoy mismo, para que no quede hueco para la próxima Vivi.

Más tarde Letícia me mandó una foto de Giselda, colorada de vino, celebrando que el malentendido había terminado, y la ubicación. Fui a buscarla.

Giselda, borracha, tardó en reconocerme en la puerta.

—Mira al programador guapo —se rio, señalándome—. Mi marido es igualito a ese, ¿sabías?

—Soy yo, amor. Ven.

La subí al auto. En el camino, con ella recostada contra la ventana, hablé en serio.

—Cuatro reglas, y no rompemos ninguna. Uno: la pelea no pasa la noche, se resuelve en el día. Dos: viajes, compromisos importantes, nos avisamos. Tres: en una fiesta, donde sea, yo te presento primero, tú me presentas primero. Cuatro: si te llega la inseguridad, me preguntas en la cara. No es falta de confianza. Es lo contrario.

—De acuerdo —murmuró, medio dormida—. Ponlo por escrito mañana.

—Lo pongo.

—Y encuentra a esa Vivi. No le caigo bien, Oziel. Lo siento.

—Ya la estoy buscando. —No mentí esta vez—. No te preocupes por ella.

Llegué a casa, y ella aún quería pedir perdón una vez más. La callé con un beso.

—Después hablamos. Ahora duerme.

La cargué y entré. La puerta se cerró tras nosotros, y por primera vez en mucho tiempo no estaba calculando nada. Solo llevando a mi mujer a la cama para que durmiera la borrachera.

La acosté, le quité los zapatos, le puse la cobija. Murmuró mi nombre dormida, sin ningún rencor, y se acurrucó en la almohada.

Salí del cuarto y llamé a Jonas.

—Encuentra a esa Vivi. Nombre verdadero, dirección, con quién anda.

—Ya estoy en eso, jefe. Número nuevo, sin foto, creado hace dos semanas. Huele a algo armado.

—Huele. Averigua quién está detrás, sin fallas.

—¿Y si es la tal Viviane del restaurante que mencionó doña Giselda?

—Entonces resolvemos a Viviane. Nadie se mete con mi mujer y sigue tan tranquilo. —Miré la puerta del cuarto—. Pero sin ruido. Giselda no puede ni sospechar que fui yo.

—Entendido.

Volví al cuarto. Me senté un rato en la orilla de la cama, mirándola dormir, y me prometí algo que no dije en voz alta: que nadie, nunca más, iba a usar su pasado para hacerla dudar de sí misma. Ni Viviane, ni los Prado. Ni yo, con mis secretos guardados. Si de verdad quería que ella dejara de esperar lo peor, tendría que empezar por arreglar lo que todavía estaba mal de mi lado. Solo que esa parte era la más difícil, y yo, cobarde, la dejé para después otra vez.

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