Tradición, armas y sangre: la mafia tiene reglas claras, y la primera es que ninguna mujer gobierna. Valeria Rossi vino a destruirlas todas. Acostumbrada a dominar el mundo empresarial, su vida da un vuelco cuando cae en las garras de Dante Volkov, un líder despiadado que no perdona ni comparte lo que es suyo. Entre noches de placer salvaje que le hacen olvidar a su novio y una posesión rabiosa que la quema por dentro, Valeria y Dante transformarán la atracción en una guerra de poder. Porque ella no se rinde ante nadie... y si Dante la quiere a su lado, tendrá que aprender a gobernar con una reina por delante.
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CAPÍTULO 5: El choque de mundos en la sala de juntas
Valeria se detuvo un segundo frente al espejo del antebaño de la sala de reuniones corporativa. Sacó el labial de su cartera, se repasó los labios con una precisión quirúrgica y respiró profundo. Se acomodó las solapas del saco marfil, se pasó la mano por el cabello perfecto y revisó su postura. A su lado, Alexis la miraba con los brazos cruzados y una sonrisa de costado que no presagiaba nada bueno, mientras su padre, Carlos Rossi, abrochaba el último botón de su saco con la seriedad que requería un acuerdo de varios millones de dólares.
—Acuérdense de una cosa —advirtió Carlos con voz grave, ajustándose el reloj—. Volkov no es el típico inversionista que viene a pedir permiso. El tipo maneja el mercado del acero, la logística pesada y mueve influencias que a nosotros nos costarían años conseguir. Mantengamos la firmeza, pero sin chocar. Valeria, vos llevás la voz cantante con el contrato del muelle.
—Tranquilo, papá. Sé perfectamente cómo tratar con tipos que se creen dueños del mundo —respondió ella, acomodándose la carpeta de cuero bajo el brazo.
Carlos empujó la pesada puerta de madera lustrada y entró primero. Detrás de él caminaron Valeria y Alexis.
La sala de conferencias, iluminada por los imponentes ventanales que daban al puerto de la ciudad, estaba sumergida en un silencio tenso. Alrededor de la mesa de cristal de diez metros, tres hombres esperaban de pie.
Y entonces, Valeria levantó la mirada.
El aire se le congeló de golpetazo en los pulmones. Las piernas, que de por sí le dolían por el esfuerzo de la noche anterior, amenazaron con traicionarla en ese mismo instante.
Ahí parado, al centro de la mesa, estaba él.
Era un hombre imponente, de una estatura que fácilmente superaba el metro noventa, con hombros anchos que llenaban con brutal elegancia un traje oscuro hecho a medida. Tenía el cabello castaño cobrizo peinado hacia atrás, ligeramente desordenado en las puntas, y una barba corta, perfectamente perfilada, que enmarcaba una mandíbula de piedra. Pero lo que destruyó la cordura de Valeria en una fracción de segundo fueron sus ojos: de un azul claro, gélido y cristalino, atravesados por una fijeza animal. Era ridículamente guapo, un demonio tallado a mano que destilaba un aura de peligro, riqueza e impunidad absoluta.
Y el perfume... ese olor espeso a cuero costoso, tabaco fino y notas de madera amarga llenaba cada rincón de la sala.
Era el hombre del club. El desconocido del VIP. El mismo que unas horas antes la había acorralado contra la pared a oscuras, sujetándole las caderas como si fuera de su propiedad y haciéndola perder el sentido.
Valeria sintió que la sangre le bajaba de golpe a los pies y luego le subía hirviendo a las mejillas. La carpeta que llevaba contra el pecho estuvo a punto de resbalársele de las manos.
Al lado del magnate, a su izquierda, Damián Meddis mantenía una postura erguida y profesional, acomodándose los lentes con frialdad. A su derecha, un tipo más joven, de mirada picante y expresión descarada —Nicolás Vane—, observaba la escena con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
Dante Volkov no se movió. Sus ojos claros, que al principio mostraban la indiferencia fría de quien asiste a un trámite rutinario, se clavaron en Valeria. La repasó de arriba abajo de forma deliberada: deteniéndose en su cuello, en la curva de su cintura y en la manera rígida en que ella mantenía los pies apoyados sobre los tacos. La expresión de Dante cambió en un segundo. Sus cejas se elevaron apenas un milímetro, sus pupilas se dilataron y una chispa de posesión absoluta y salvaje se encendió en el fondo de sus ojos azules.
La intocable, poderosa y brillante heredera del imperio Rossi era la misma mujer que había tenido gimiendo en su oído en la penumbra.
Dante no dijo una sola palabra, pero una sonrisa lenta, arrogante y peligrosa se le dibujó en la comisura de los labios.
—Señor Volkov, un placer —saludó Carlos Rossi, dando un paso adelante y extendiendo la mano con cordialidad—. Les presento a mi equipo. Mi hijo Alexis, director de relaciones institucionales, y mi hija, la ingeniera Valeria Rossi, vicepresidenta ejecutiva del Holding.
Dante estrechó la mano de Carlos sin quitarle la mirada de encima a Valeria. Cuando le tocó el turno a ella, la distancia entre los dos se redujo a medio metro. El calor que emanaba del cuerpo del ruso se sentía como un horno encendido.
—Señorita Rossi... —habló Dante.
La voz. Esa voz rasposa, profunda, grave y dominante retumbó en los oídos de Valeria. Era la mismísima voz que le había susurrado órdenes al oído en la penumbra.
Dante tomó la mano de Valeria para saludarla. Pero no fue un apretón corporativo. Sus dedos largos y cálidos se cerraron alrededor de la mano de ella con una firmeza excesiva, acariciándole el dorso con el pulgar de manera lenta, casi imperceptible para los demás, pero devastadora para ella. La tensión erótica que se generó en ese microsegundo cortó el aire de la habitación como un hachazo.
—Un gusto, señor Volkov —articuló Valeria como pudo, intentando retirar la mano, pero él la sostuvo medio segundo más de lo debido antes de soltarla.
A un costado de la mesa, Alexis achicó los ojos. Miró la mano de su hermana, miró el rubor violento que le subía por el escote y observó la forma en que el tipo alto y castaño la devoraba con los ojos. Alexis abrió la boca despacio, procesando la escena en tiempo récord: el perfume a cuero, la mirada de cazador del ruso y la forma en que su hermana temblaba sobre los tacos. “No me digas que este es el animal del club...”, pensó Alexis, sintiendo que la boca se le secaba por completo.
Al mismo tiempo, Nicolás Vane, parado detrás de Dante, vio el cruce de miradas y el temblor disimulado en la mandíbula de Valeria. Nicolás bajó la vista al suelo para que no se le escapara una risotada, se inclinó ligeramente hacia Damián y le metió un codazo brutal en las costillas por debajo de la mesa.
—Che, Damián... —musitó Nicolás por bajo, apenas moviendo los labios y aguantándose la risa—. Mirale la caminada a la princesita. Decime si esa no es la "sombra" del club. El jefe la encontró sin mover un dedo, la concha de mi madre. Esto va a arder en trozos.
Damián le devolvió una mirada de hielo a Nicolás para que cerrara la boca, pero no pudo evitar mirar a Valeria con una ceja levantada. La tensión en la sala era tan evidente, tan espesa y cargada de electricidad que el aire resultaba pesado para respirar.
Se sentaron a la mesa. Carlos empezó a exponer la introducción del proyecto de expansión del muelle privado, pero nadie en esa sala estaba prestando atención a las diapositivas del proyector.
Dante se reclinó en su sillón de cuero, cruzó los brazos sobre el pecho y no le quitó los ojos de encima a Valeria ni por un instante. Cada vez que ella tomaba la palabra para explicar las cláusulas técnicas del contrato de transporte, la mirada de Dante bajaba de sus ojos a sus labios, y de sus labios al movimiento de sus manos.
—...por lo tanto, el control de la carga pesada seguirá bajo la supervisión directa de nuestra aduana privada, señor Volkov —explicó Valeria, intentando que no se le notara el temblor en la voz mientras hojeaba la carpeta—. No permitimos vacíos legales en el manejo de contenedores. Queremos que la operación sea transparente y sin sorpresas.
Dante apoyó los codos sobre la mesa, inclinándose hacia adelante. El traje le remarcaba la espalda ancha y la barba impecable le daba un aire de absoluta dominación.
—A mí no me gustan las sorpresas, señorita Rossi —intervino Dante, con esa voz áspera que le hizo dar un vuelco al estómago a Valeria—. Pero tampoco me gustan las restricciones excesivas. A mí me gusta revisar cada detalle de cerca... tocar con mis propias manos lo que voy a adquirir y no dejar nada a medias. Cuando me interesa un territorio, no me detengo hasta tener el control absoluto.
Valeria levantó la vista del papel y sus ojos claros chocaron con la azabache ferocidad de la mirada de Dante. El doble sentido de sus palabras era tan directo, tan descarado y ardiente, que Valeria sintió que la temperatura del lugar subía diez grados y que ahí abajo muy abajo empezá a calentarse más que el mismo lugar. Le pareció revivir la sensación de la pared helada en su espalda y las manos de él apretándole las caderas.
—Este territorio no se vende fácil, señor Volkov —respondió ella con la mandíbula firme, intentando clavarle una mirada desafiante para no achicarse—. Hay condiciones que no son negociables.
—Todo es negociable si la oferta es lo suficientemente tentadora —sonrió él, con una lentitud que le helaba la sangre—. Y yo soy un hombre extremadamente insistente cuando algo se me mete entre ceja y ceja. Especialmente cuando ya probé la calidad del material.
Alexis se atragantó con el sorbo de agua que estaba tomando y soltó una tos ahogada que resonó en la sala. Carlos Rossi lo miró con el ceño fruncido.
—¿Te sentís bien, Alexis? —preguntó su padre.
—Sí, sí, perdón, me fui por el canal equivocado —disimuló Alexis, limpiándose la boca con la servilleta mientras miraba a su hermana con los ojos desorbitados. Alexis no alucinaba: la atracción salvaje, la posesión descarada de Dante y el pánico contenido de Valeria confirmaban todo. El tipo multimillonario que tenían enfrente era el mismo que le había pasado el trapo a su hermana a oscuras.
Nicolás Vane se tapó la cara con una mano para que no se le viera la carcajada, mientras Damián anotaba números al azar en su libreta para disimular la incomodidad del ambiente.
—Bien —interrumpió Carlos, ajeno al volcán que estaba a punto de explotar en la mesa—. En términos generales estamos de acuerdo con las cifras base. Valeria, imprimí el borrador final del anexo para que el señor Volkov y yo lo revisemos antes de la firma de mañana.
—Páselo a mi oficina ejecutiva, señorita Rossi —agregó Dante, poniéndose de pie con la lentitud de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde huir—. Quiero que me explique punto por punto las cláusulas de exclusividad. A solas.
Valeria trancó la boca, sintiendo que el corazón le martillaba contra las costillas a mil por hora. La reunión había terminado, pero el verdadero enfrentamiento apenas estaba por comenzar.