PARA ELLA LA VIDA LA HA CONDENADO A UN HOMBRE QUE LA DESTRUYE. PERO ESA MISMA VIDA LE DA UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA CAMBIAR SU DESTINO...
LO QUE ELLA NO SABE ES QUE EL DESTINO YA ESTABA ESCRITO...
¿Crees que si regreso al pasado cambio mi destino?
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13
Han pasado exactamente dos semanas desde aquella tensa cena, un tiempo en el que me he impuesto un confinamiento, además de que los primeros días me enferme.
Negándome a cruzar la puerta de casa. No he sabido absolutamente nada de él en este tiempo, aunque mi padre ha intentado acercarse a mí en repetidas ocasiones debido a mi peculiar y explosiva reacción ante la broma del compromiso; sé perfectamente que solo busca sacarme información para terminar formalizando un trato entre familias.
Así ha sido él siempre, escrutando cada mínimo detalle y buscando pequeños deslices para justificar una relación. Pero esa táctica la aplica únicamente conmigo. Mi hermana Sofía jamás ha tenido que soportar un trato semejante. Solo yo.
Mientras le daba vueltas a la cabeza sobre cómo seguir ignorándolo indefinidamente, bajé a desayunar dispuesta a retomar mi rutina. Hoy por fin volvería al trabajo; necesito mantenerme ocupada, trabajar es mi única tabla de salvación.
Al llegar al comedor, encontré a mi padre y a mi hermana desayunando en completa calma.
—Buenos días —saludé con voz neutra, tomando asiento frente a ellos.
—Buenos días —respondieron ambos al unísono, levantando la vista de sus platos.
—¿Irás a trabajar hoy? —preguntó Sofía, observándome fijamente con el ceño ligeramente fruncido.
—Sí, ya me siento mucho mejor —contesté con firmeza, y comencé a desayunar bajo su atenta mirada.
Ambos me lanzaban vistazos furtivos de vez en cuando; el aire se sentía cargado, presagiando que querían decirme algo pero no se atrevían a dar el primer paso.
—¿Sucede algo malo? —pregunté al fin, soltando los cubiertos.
—Tú y Diego... ¿qué son exactamente? —la pregunta directa de mi padre me dejó en completo silencio, obligándome a procesar la frase.
—Nada —respondí a secas, removiéndome incómoda en mi asiento.
—Mmm... no lo sé. De hecho, Diego ha estado viniendo a hablar a solas con papá —añadió mi hermana con naturalidad.
Me puse de pie de un salto, con los ojos abiertos como platos.
—¿Qué? ¿A qué vino? ¿Por qué demonios...?!
Mi padre observó mi alterada reacción en total silencio, analizando cada uno de mis movimientos.
—Si de verdad tienes algo con él, dilo de una vez. No necesitas fingir desinterés frente a nosotros...
—¡No somos nada! Es más, lo he estado evitando a toda costa —grité a la defensiva.
—¿Por qué? —inquirió Sofía, ladeando la cabeza con incomprensión—. Él parece un buen tipo. Es un poco serio y reservado de vez en cuando, pero es evidente que le gustas. No has tenido novio en todo este tiempo... sería un buen comienzo para ti.
Solté una risa corta, burlona y cargada de un profundo resentimiento que ellos jamás podrían comprender.
No sabían nada de lo que yo había vivido; el hombre que describían con tanta ligereza no se parecía en lo más mínimo al psicópata que me había secuestrado y encerrado bajo llave en su casa para aislarme del mundo.
Suspiré pesadamente, pasándome una mano temblorosa por el rostro.
—No quiero tener pareja, no le veo ningún sentido a eso. ¿Para qué convivir con alguien a quien apenas conoces, arriesgándote a que te rompa el corazón y ya? No le encuentro la menor diversión —sentencié, dándome la vuelta para abandonar el comedor de inmediato.
No podía permitir que él se abriera paso en mi vida. Simplemente no podía.
Pasé el resto de la mañana y la tarde inmersa en las tareas de la oficina, agradeciendo mentalmente cada acumulación de pendientes.
Mantener la mente ocupada era lo único que lograba apaciguar mis demonios; antes, mi mayor tormento era el exceso de pensamiento obsesivo que no me concedía ni un segundo de descanso mental.
Trabajar me ayudaba a mantener el control. Todo marchaba en perfecta calma hasta que llegó la hora de la salida.
Al cruzar las puertas del edificio y pisar la escalera del edificio, lo vi.
Estaba allí, de pie junto a su coche, con la silueta recortada contra la tarde y un cigarrillo humeante entre los dedos, el cual se apresuró a apagar de inmediato en cuanto me reconoció.
Un escalofrío helado recorrió todo mi cuerpo de golpe. Eran extraños y frustrantes mis propios reflejos: con el simple hecho de ver su rostro, mi organismo reaccionaba al instante.
Sus ojos oscuros se clavaron en mí con una fijación tan profunda, tan intensa, que me dio la sensación de que intentaba transmitirme un mensaje oculto a gritos.
Comencé a bajar los escalones lentamente, sintiendo la rabia burbujear en mi pecho. Ese hombre parecía haberse propuesto no dejarme en paz ni a solas ni en sombra.
No soy su maldito juguete, pensé con coraje. Yo no hice absolutamente nada para enamorarlo, entonces, ¿qué demonios lo tiene tan obsesionado conmigo?
De repente, recordé sus advertencias de aquella noche y sentí que el estómago se me encogía:
“Deja de esquivarme. Si me tratas como a cualquier otra persona común, te doy mi palabra de que no volveré a intentar asustarte. Pero como te adverté antes... mientras más miedo vea reflejado en tu mirada, más ganas tendré de... Solo deja de mirarme como si quisieras que te persiga.”
Pensándolo bien, tal vez el juego de la huida era precisamente lo que alimentaba su persecución.
Quizás lo más sensato por ahora fuera dejar de evitarlo de forma tan obvia. Pero, por otro lado, mantenerme demasiado cerca de él también podía prestarse a malentendidos peligrosos...
Cuando quedé finalmente de pie frente a él, sus ojos se deslizaron de inmediato por mi silueta, provocando una nueva oleada de escalofríos en mi piel. Dios mío, había algo en su presencia que me desestabilizaba de un modo que aún no lograba descifrar.
—¿Qué se supone que haces aquí? —pregunté intentando mantener la compostura y la voz firme.
Sus pupilas volvieron a elevarse hasta encontrarse con mi rostro, y esbozó una lenta sonrisa de lado.
—Quería verte —confesó con un descaro absoluto, mirándome sin apartar los ojos.
—Bueno, ya me viste, así que ahora mismo te puedes ir —le solté cortante, dándome la media vuelta para caminar hacia la esquina en busca de un taxi.
—Déjame llevarte a casa —insistió, deteniéndome al tomar mi muñeca.
Su mano estaba sobre la mía, y me sorprendió la extrema delicadeza con la que ejercía presión, como si temiera romperme. Bajé la vista para observar nuestras manos unidas, notando cómo él comenzaba a aflojar el agarre con lentitud, sin apartar ni un segundo sus ojos de los míos.
—¿Qué es lo que pretendes conmigo? —le reproché, encarándolo con furia—. No me gustas, no quiero estar cerca de ti... ¿Tan difícil de entender es eso?
Él pareció desconcertarse por una fracción de segundo, pero recuperó su habitual tranquilidad pasmosa con rapidez.
—Solo te llevaré a tu casa, te doy mi palabra de que no haré nada más.
—Bien, iré contigo —cedí con fastidio, apuntándole con el dedo de forma amenazante a pocos centímetros de su pecho—, pero te lo advierto con claridad: que sea la última vez en tu vida que te me acercas.
Diego asintió en silencio, se adelantó para abrirme la puerta del coche y me deslicé al interior, acomodándome en mi asiento e ignorándolo por completo durante los primeros minutos del trayecto.
El viaje transcurrió en un silencio tenso, hasta que miré por la ventanilla y caí en cuenta de que el paisaje no correspondía en absoluto a la ruta hacia mi casa. Me giré bruscamente hacia él, con el corazón latiéndome a toda velocidad.
—Oye, ¿qué estás haciendo? ¡Este no es el camino a mi casa! —le recriminé, sintiendo un pánico repentino al ver cómo, con un movimiento seco, ponía seguro a las puertas del automóvil.
Mis nervios se dispararon de inmediato.
—Te llevaré a un lugar especial. No te preocupes, no te haré ningún daño...
—¡¿Y eso me lo dices precisamente tú, después de haberme secuestrado?! —le solté, estallando en cólera.
Lo miré con incredulidad, sintiéndome la persona más estúpida del planeta. ¿Cómo demonios se me ocurrió subir a este coche y pretender que él fuera diferente? No, espera... ¿por qué demonios mi mente estúpida estaba esperando que él fuera diferente?
Traté de tragar saliva y mantener la cordura a la fuerza. Yo no podía ni debía esperar un cambio en su naturaleza; no me podía gustar, no me podía fiar de él.
—No te estoy secuestrando, maldita sea. Solo quiero llevarte a un sitio, pero como ya te voy conociendo, se me pasó por la cabeza que serías capaz de abrir la puerta y tirarte del coche en marcha si te avisaba antes —respondió con una mezcla de frustración y calma.
Solté un soplido cargado de exasperación.
—Diego...
—Me encanta tantísimo cómo suena mi nombre en tus labios —murmuró él, y antes de que pudiera replicar, su mano se estiró para acariciar con suavidad mi mejilla antes de regresar con firmeza al volante.
Me quedé completamente perpleja, observando su comportamiento errático y posesivo. El miedo comenzó a apoderarse de mí otra vez, helándome los huesos.
Exactamente así había empezado a comportarse en el pasado: con esa clase de detalles sutiles, llevándome a destinos desconocidos y cruzando la línea del contacto físico permitido, hasta que de la nada se desató la locura y me encerró bajo llave.
—Escúchame bien... No quiero estar cerca de ti, no...
—Me gustas —me cortó de tajo, arrebatándome el aire de los pulmones con una brutalidad inusitada—. Y... probablemente no de una manera sana. Jamás en mi jodida vida había sentido algo tan intenso por nadie, pero aquí me tienes, dispuesto a hacer lo que sea necesario por ti. Y te juro que yo nunca hago nada por nadie —susurró esto último con un tono áspero, apartando la vista de la carretera por un segundo para clavarla en mí—. Eso... eso me tiene aterrorizado.