En el plano terrenal, ambos son fantasmas. Él es un joven noble repudiado por su propia familia, confinado al ostracismo y al desprecio social por una terrible cicatriz que le arrebató la mirada y la confianza. Ella es una joven de deslumbrante belleza que vive invisible, sofocada bajo la sombra de una hermana manipuladora y el constante desdén de su entorno.
Sin embargo, al cerrar los ojos, la noche borra los estigmas de la realidad. En un universo onírico recurrente, sin cicatrices ni máscaras, dos almas solitarias encuentran un refugio de devoción y pasión desinhibida. Pensando que el otro no es más que una fantasía inventada por el deseo y la soledad, pactan encontrarse una tarde en la ciudad sin la menor esperanza de que ocurra.
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Capítulo 15: La confesión y la entrega de las cicatrices
La quinta noche, la tormenta dentro del faro alcanzó su punto de ruptura.
Rosalie despertó en la sala de la linterna. La estancia estaba más fría que nunca, el viento rugía con violencia afuera y las ventanas vibraban por la fuerza del oleaje. Dorian estaba en su posición habitual: acurrucado en la penumbra del rincón más lejano, con los brazos cruzados y la cabeza gacha, como un reo esperando la ejecución.
Rosalie se quedó mirándolo durante varios minutos desde la entrada. Sentía que el corazón le sangraba en el pecho. Comprendió que si no actuaba esa misma noche, si dejaba que la cobardía y la timidez que la habían vuelto invisible en la vida real gobernaran también su universo onírico, perdería a Dorian para siempre.
Tomó aire con fuerza, apretó los puños a los costados y comenzó a caminar resueltamente hacia él.
—Te dije que no te acerques... —musitó Dorian al escuchar sus pasos, intentando encogerse aún más contra la pared de piedra.
—¡No me importa lo que digas! —gritó Rosalie, rompiendo por primera vez el tono sumiso que la había acompañado toda su vida.
Llegó hasta él. Sin pedir permiso, lo agarró por los hombros y lo obligó a girarse hacia ella.
Dorian intentó cubrirse el lado izquierdo del rostro con el brazo, bajando la mirada para no cruzarse con los ojos de ella, pero Rosalie fue más rápida. Le atrapó la muñeca con ambas manos, tirando con una fuerza nacida de la desesperación absoluta para retirarle la mano de la cara.
—¡Mírame, Dorian! ¡Mírame de una vez! —le exigió ella, con las lágrimas rodándole libremente por las mejillas.
—¡Suéltame! —suplicó él con la voz quebrada, luchando débilmente por liberarse—. ¿Por qué me haces esto? ¿No tuviste suficiente con el horror de la plaza? ¡Soy un monstruo, Rosalie! ¡Soy una deformidad que mi propio padre escondió del mundo! ¡No puedes amar a un cuerpo destruido!
—¡Te amo a ti! —gritó Rosalie, amortiguando el rugido de la tormenta exterior.
La palabra quedó suspendida en el aire con la fuerza de un rayo.
Dorian se congeló por completo. Su único ojo azul se abrió de par en par, fijo en los ojos de ella.
—Te amo... —repitió Rosalie con una voz más suave, pero cargada de una devoción indestructible—. Te amo desde mucho antes de saber si existías fuera de este lugar. Te amé cuando leías poemas en la penumbra, te amé cuando me sostuviste entre tus brazos para que no tuviera frío, y te amo ahora, con cada cicatriz, con cada marca y con toda la historia de dolor que llevas en tu piel.
Dorian sintió que las rodillas le fallaban. Una lágrima solitaria brotó de su ojo derecho, deslizándose por su pómulo intacto, mientras que en la cuenca vacía del lado izquierdo la piel cicatrizada temblaba por la emoción contenida durante años.
—En la plaza no huí por ti... —continuó Rosalie, dando un paso más y acortando la distancia entre sus cuerpos hasta que sus pechos se tocaron—. Huí de mí misma. Huí porque soy una cobarde tímida que jamás ha sabido defender lo que quiere. Me quedé paralizada porque no podía creer que el hombre más maravilloso que he conocido fuera real y estuviera tirado en el barro frente a mí. Perdóname, Dorian... perdóname por ser tan débil.
—Rosalie... oh, Dios mío, Rosalie... —sollozó Dorian, desplomándose finalmente.
Se dejó caer de rodillas ante ella, rodeándole la cintura con sus brazos fuertes y apoyando la cabeza contra el vientre de la joven. Los sollozos que había retenido desde los siete años —los sollozos del niño encerrado en la buhardilla, del joven rechazado por su padre y del hombre aislado en la mansión— brotaron en un torrente incontrolable.
Rosalie se inclinó sobre él, envolviéndolo con sus brazos, acariciándole el cabello oscuro y besando la parte superior de su cabeza mientras ambos lloraban juntos bajo la luz de la linterna.
—No eres un monstruo —le susurró ella al oído, deslizándose también hasta el suelo para quedar a su altura—. Eres mi único hogar.
Despacio, con una delicadeza infinita, Rosalie levantó las manos y tomó el rostro de Dorian entre sus palmas. Dorian intentó esquivar el contacto por pura inercia, pero ella sostuvo su cabeza con firmeza suave. Rosalie no miró solo su lado derecho; fijó la mirada en la piel purpúrea y rugosa de la izquierda.
Inclinándose hacia adelante, presionó sus labios suavemente sobre el tejido cicatrizado de su pómulo. Luego, besó el pliegue cerrado de su cuenca vacía, descendió por la línea tirante de su mandíbula y finalmente buscó su boca en un beso cargado de una devoción tan pura que hizo temblar la estructura del faro.
Dorian dejó escapar un ahogo profundo y respondió al beso con una voracidad renovada. La barrera del pavor y la vergüenza se pulverizó instantáneamente. Sus manos buscaron la espalda de Rosalie, atrayéndola hacia él con una fuerza pasional que los derribó a ambos sobre la alfombra moscovita frente a la chimenea.
El fuego, que había estado extinto durante días, estalló de golpe en una llamarada cálida, dorada y rugiente que inundó la estancia de luz.
Lo que siguió fue el reencuentro más apasionado, profundo y desesperado que habían compartido jamás. Ya no había máscaras, no había ilusiones de perfección física ni miedos al despertar. Dorian la tomó sobre las sábanas de la gran cama de madera con una entrega absoluta, adorando cada centímetro del cuerpo de Rosalie con sus labios y sus manos, mientras ella se entregaba por completo al hombre que acababa de salvarle la vida.
Sus cuerpos se entrelazaron en un baile de piel, sudor y suspiros febriles, donde las cicatrices de Dorian ya no eran una marca de fealdad, sino el testimonio de su capacidad de sobrevivir para encontrarla a ella.
Cuando el acto de amor concluyó, permanecieron abrazados en el centro de la cama, sentados el uno frente al otro bajo el Resplandor del fuego. Dorian mantenía el rostro descubierto, mirando a Rosalie con su único ojo azul cargado de una adoración infinita, mientras los dedos de la joven trazaban suavemente el relieve de su cicatriz sin el menor rastro de duda.
—Mañana... —dijo Dorian con una voz firme y renovada, tomando la mano de Rosalie y besándole las yemas de los dedos—. Mañana no habrá círculos alrededor de la fuente, ni cobardía. Mañana iré a buscarte a la luz del día, Rosalie. Y esta vez no me esconderé de nadie.
Rosalie sonrió, recostando la cabeza sobre el pecho de él, escuchando el latido firme de su corazón mientras el amanecer real comenzaba a despuntar fuera del sueño.