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Engranajes De Cristal

Engranajes De Cristal

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Engranajes de Cristal narra la historia de Elena Valmont y Dorian Sterling, herederos de dos imperios automotrices rivales impulsados por tecnología rúnica. Casados hace cinco años, fingen ante la alta sociedad un matrimonio idílico, mientras puertas adentro viven un infierno de reproches: Dorian está convencido de que ella lo drogó y chantajeó en la universidad para someter a su familia, e ignora que Elena fue manipulada por el patriarca de los Valmont y que aún lo ama en silencio con la misma intensidad con la que él, en secreto, sigue atado a ella.
El punto de quiebre estalla cuando la farsa se vuelve insostenible y Elena desaparece sin dejar rastro, ocultándose durante tres años en el anonimato para dar a luz y criar a sus dos gemelos lejos del poder y las intrigas corporativas. Cuando sus caminos vuelven a cruzarse, Dorian deberá desentrañar la red de mentiras que destruyó su juventud, enfrentar la verdad sobre el pasado y luchar contra su propio orgullo para reconquistar a Elena

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Capítulo 25: Cenizas y pasta fresca

A las diecinueve horas con cuarenta minutos, la suite principal de la embajada Montclair parecía el centro de operaciones de una misión encubierta de alto riesgo.

Elena estaba parada frente al espejo de cuerpo entero, ajustándose las mangas de un vestido de terciopelo verde musgo de corte midi, sencillo, de escote barco y falda fluida. No llevaba joyas pesadas, únicamente unos pequeños aros de plata rúnica y el relicario de su madre oculto bajo la tela. El cabello caía en ondas suaves y naturales sobre sus hombros.

—Si no te conociera, diría que tienes las mejillas rojas como una alumna de primer año a punto de entrar a su primer baile —se burló Celia desde la cama, arrojando una almohada de plumas al aire antes de atraparla con una sonrisa pícara.

—Celia, por favor —Elena se dio la vuelta, acomodándose un chal de punto gris sobre los codos—. Solo es una cena. Tenemos que discutir los plazos de entrega de las turbinas secundarias.

—¡Claro, por supuesto! —exclamó Cassian, asomando la cabeza por la puerta con una llave inglesa en la mano y los ojos entrecerrados con suspicacia militar—. Porque todo el mundo sabe que para hablar de turbinas secundarias una se pone el vestido de terciopelo que resalta los ojos y perfume de flores silvestres. Damián ya tiene tres satélites enfocados en el restaurante. Si Sterling te lleva a un callejón oscuro, activamos el pulso electromagnético en toda la manzana.

—Cassian, apaga esos satélites antes de que Alistair te confisque el taller —ordenó Elena, aunque una risa involuntaria se le escapó en la voz.

En el vestíbulo inferior, la situación no era menos solemne. Alistair estaba de pie junto a la puerta principal con las manos a la espalda, mientras Liam y Alexander montaban guardia en el primer escalón vestidos con sus pijamas de franela.

Cuando el timbre sonó a las ocho en punto, fue Alexander quien corrió a abrir antes de que los mayordomos pudieran reaccionar.

Dorian Sterling estaba en el umbral. No vestía su habitual gabardina de mil créditos ni traía choferes de gala. Llevaba una chaqueta de cuero desgastado sobre una camisa oscura con el cuello abierto y pantalones informales. En la mano sostenía un ramo pequeño y modesto de jazmines frescos del mercado costero, no los arreglos extravagantes de invernadero que solían enviar los bancos.

—¡Señor del hielo! —chilló Alexander, abrazándole una pierna con entusiasmo—. ¡Mami se puso el vestido verde que gira!

Liam se acercó con paso medido, examinando a Dorian de arriba abajo con esa seriedad que le quitaba el aliento al magnate.

—¿A dónde vas a llevar a mami? —inquirió Liam, cruzándose de brazos.

Dorian se agachó con una sonrisa cálida, sosteniendo el ramo con una mano mientras apoyaba la otra en el hombro del pequeño:

—A un restaurante donde hacen la pasta en una tabla de madera y no tienen guardias en la puerta, Liam. Prometo traerles dos porciones de tarta de manzana con crema para el desayuno.

—Tres porciones —negoció Liam sin pestañear—. Cassian siempre se roba una.

Dorian soltó una carcajada limpia:

—Trato hecho. Tres porciones.

En ese momento, Elena descendió las escaleras.

Dorian se puso de pie despacio. Sus palabras se congelaron en el aire. La vio bajar con esa gracia tranquila y luminosa, libre de la coraza de magistrada y de la amargura del pasado. Llevaba la misma mirada tímida y brillante que lo había deslumbrado siete años atrás en la biblioteca de la academia, cuando se escondían entre estanterías para compartir notas de diseño.

A Dorian se le cortó el aliento. Sus ojos grises se empañaron de una devoción tan honesta que Alistair, observando desde el fondo del corredor, asintió con una leve inclinación de cabeza antes de intervenir:

—A las once y media en la puerta, Sterling. Ni un minuto más.

—A las once y media en punto, Lord Alistair —respondió Dorian con una reverencia solemne, antes de dar un paso al frente y extenderle los jazmines a Elena con una timidez que no encajaba en su figura de titán industrial—. Para ti. Buenas noches, Elena.

Elena tomó las flores, respirando el aroma fresco y dulce que llenó el espacio entre ambos. Sus mejillas se tiñeron de un rubor suave y auténtico:

—Son hermosas, Dorian. Gracias.

El vehículo que esperaba en la entrada no era una limusina blindada. Era un descapotable clásico de dos plazas con propulsión híbrida rúnica, el mismo modelo antiguo en el que ambos solían viajar cuando eran estudiantes y salían a probar sensores por las rutas del valle. La carrocería estaba pulida a mano y el motor emitía un ronroneo bajo y reconfortante.

El trayecto hacia la bahía vieja transcurrió bajo una brisa fresca y nocturna. La capital quedaba atrás, y con ella, los rascacielos iluminados y el peso asfixiante de las familias fundadoras.

El restaurante, llamado La Rueda de Plata, estaba escondido en un muelle de madera desgastada, iluminado únicamente por faroles rúnicos de luz ámbar que se mecían al compás de la marea. Las mesas tenían manteles a cuadros rojos y blancos, y un anciano tocaba un laúd rúnico en una esquina, arrancando melodías suaves que se mezclaban con el murmullo de las olas contra los pilotes.

Dorian apartó la silla para ella con un cuidado casi reverencial. Al sentarse uno frente al otro, separados solo por una vela pequeña en un frasco de vidrio y una cesta de pan tibio con aceite de hierbas, el silencio inicial fue íntimo y sobrecogedor.

—Llevaba siete años queriendo traerte aquí —confesó Dorian en voz baja, rompiendo la pausa con una honestidad desarmante—. La última semana antes de graduarnos... planeaba invitarte esa misma noche de la fiesta. Tenía la reserva hecha en esta misma mesa.

Elena levantó la vista de la copa de agua, conmovida por la revelación:

—Yo tenía un discurso ensayado frente al espejo de mi dormitorio —admitió ella con una risa suave y melancólica—. Iba a decirte que no me importaba si tu padre no quería a los Valmont en sus talleres. Que estaba dispuesta a renunciar a la empresa de mi familia para que abriéramos un taller independiente juntos, en la costa.

Dorian cerró los ojos un instante, sintiendo el dolor agudo de lo que las intrigas de otros les habían arrebatado. Pero cuando los abrió, la culpa ya no era un abismo paralizante, sino el combustible de una resolución inquebrantable.

—Fuimos dos idiotas con demasiado orgullo y muy poca confianza, Elena.

—Éramos jóvenes, Dorian. Y estábamos rodeados de monstruos que sabían exactamente qué botones tocar para destruirnos —respondió ella, deslizando los dedos sobre el mantel hasta rozar el borde de la mano de él—. Pero el dolor no fue en vano. Nos trajo hasta aquí. Me dio a Liam y a Alexander, y te enseñó a ser el hombre que eres hoy.

El mozo trajo dos platos humeantes de raviolis caseros de espinaca y ricota bañados en manteca dorada con salvia. No había servilletas de lino bordado ni copas de cristal cortado; la comida era abundante, sencilla y exquisita. Durante las dos horas siguientes, comieron entre risas que hacía años no compartían. Recordaron las noches en vela en el laboratorio de la facultad, las explosiones menores de condensadores que dejaban a Marco cubierto de hollín morado y la primera vez que Dorian intentó impresionar a Elena ajustando un carburador con una sola mano y terminó quemándose la manga del suéter.

Por primera vez, no eran los herederos de un consorcio multimillonario ni los padres agotados por la custodia. Eran Elena y Dorian: dos almas que se habían amado desde la primera mirada y que por fin se encontraban sin murallas entre medio.

Cerca de las once, salieron a caminar por el muelle de madera.

El aire olía a salitre, madera húmeda y noche limpia. El agua del puerto reflejaba el brillo plateado de las dos lunas sobre la superficie oscura. Dorian se quitó la chaqueta de cuero y la colocó sobre los hombros de Elena para protegerla de la brisa marina; el calor de la prenda y el aroma a cedro que emanaba envolvieron a la mujer en un abrazo reconfortante.

Caminaron en silencio, con las manos rozándose a cada paso, hasta que Dorian se detuvo junto a la barandilla del final del muelle.

Se giró hacia ella. La luz de los faroles delineaba su perfil con una belleza que le cortaba la respiración.

—Elena... —la llamó en un susurro grave y tembloroso.

Ella se detuvo y lo miró a los ojos. En las pupilas grises de Dorian no había sombras de duda ni mandatos corporativos; solo una devoción inmensa, desnuda y vulnerable.

—No sé cuántos años me tome reparar cada herida que te causé —dijo Dorian, dando un paso más cerca, levantando despacio la mano para acomodar un mechón rebelde detrás de la oreja de ella. Sus dedos acariciaron la curva suave de su mandíbula con una ternura infinita—. Pero te juro por la vida de nuestros hijos, y por cada aliento que me quede en los pulmones, que jamás volverás a sentirte sola. Eres mi hogar, Elena. Siempre lo fuiste.

Elena sintió que el corazón le latía con una fuerza dulce y arrolladora en el pecho. Las lágrimas que acudieron a sus ojos esta vez no eran de rabia ni de duelo; eran de alivio puro, de la certeza de que el invierno había terminado.

—Nunca dejé de amarte, Dorian —susurró ella, con la voz quebrándose en una confesión que llevaba siete años guardada bajo llave—. Ni en el ático... ni en la cabaña fría de la montaña. Siempre fuiste tú.

Dorian contuvo el aliento, conmovido hasta el alma. Con una reverencia lenta, consciente de cada segundo, deslizó su otra mano hacia la cintura de ella, atrayéndola con suavidad hacia su pecho. Elena apoyó las palmas sobre su camisa, alzando el rostro hacia él sin dudarlo.

Cuando sus labios se encontraron, no hubo la furia desesperada de la noche de tormenta ni la amargura del resentimiento.

Fue un beso suave, pausado, profundo y cálido como un amanecer en alta mar. Un beso que sabía a perdón, a promesas cumplidas y al reencuentro de dos almas que habían aprendido a forjarse en el fuego del dolor para encajar, por fin, con la perfección indestructible de los engranajes verdaderos.

Se separaron despacio, con las frentes unidas y las respiraciones entremezcladas, sonriendo en la penumbra del muelle mientras el agua mecía los barcos en la bahía.

—Son las once y veinticinco —susurró Elena contra sus labios, riendo suavemente—. Si llegamos un minuto tarde, Cassian va a disparar los cañones de éter.

Dorian sonrió, besándole la punta de la nariz antes de entrelazar sus dedos con los de ella:

—Entonces vámonos, mi amor. No queremos que nuestros sobrinos declaren la guerra antes de que podamos darles la tarta de manzana.

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Gloria Grijalba
exelente
Maria Laura Perez
excelente
Maricruz Felix
Ándele siembra lo que cosechó
Maria Laura Perez
Gracias 🥰
Heidy🦋
El motor más grande de Elena, sus amados hijos 🥰🥰🥰🥰
Heidy🦋
Se van a ver cara a cara 🤭
Heidy🦋
Sii eso necesitaba Elena,alguien quien le ayude a sobrellevar todo 🥺🥺 y que mejor que un hermano de sangre😻
Heidy🦋
Estoy llorando con Elena pero si es un idiota el Doryan que coraje me da 🥺
Heidy🦋
Muy buena historia y bien redactada 🥰me gusta
Maricruz Felix
Que hombre tan imbecil🤨
Maricruz Felix
Tiene muy buen comienzo la, novela🥰🥰🥰
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