Isabella sabe convertir cualquier viaje en una experiencia inolvidable.
Alessandro Moretti sabe conseguir todo lo que desea.
Entre destinos de lujo, miradas que dicen demasiado y una atracción imposible de ignorar, ambos descubrirán que hay encuentros que no estaban en ningún itinerario.
Porque algunas tentaciones llegan para cambiarte el destino.
NovelToon tiene autorización de Yance para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Quiero Asfixiarla
Alessandro no recordaba cómo había llegado hasta el automóvil.
Solo recordaba el dolor. Un dolor que no se parecía a nada que hubiera sentido antes.
Nunca había perdido un negocio, No había perdido dinero. Tampoco oportunidades.
Había terminado relaciones sin mirar atrás y había continuado con su vida como si nada hubiera ocurrido.
Pero aquello era diferente.
Por primera vez sentía que había perdido.
Isabella había conseguido algo que ninguna mujer había logrado antes.
Había llegado hasta él.
Hasta el hombre que todos conocían como seguro, arrogante, exitoso e imposible de quebrar.
Ahora estaba roto.
Y con los cuernos más grandes de la historia.
Cuando llegó al automóvil, apoyó las manos sobre el volante.
Respiró muchas veces, aflojó su corbata e Intentó controlar la respiración.
Pero no pudo contener las lágrimas.
—¿Por qué? —susurró.
Matteo había llegado detrás de él.
No dijo nada.
Simplemente abrió la puerta del copiloto y se sentó.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Alessandro se cubrió el rostro con ambas manos.
—Lo peor es que la amo.
Sonrió con amargura mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
Matteo lo miró.
—Lo sé.
—La amo, Matteo.
Su voz se quebró.
—Pensé que por fin había encontrado a alguien con quien podía construir algo. Estaba harto de que mis padres siempre preguntaran lo mismo: "¿Cuándo vas a sentar cabeza?"
Matteo no intentó consolarlo con frases vacías.
Sabía que su amigo necesitaba sacar todo aquello.
—Me hizo sentir como un idiota. Se burló de mí, se burló de mi familia, se burló de todos.
Alessandro golpeó el volante.
—Estaba dispuesto a cambiar mi vida por ella. Yo había encontrado un lugar seguro... Yo...
Miró el pequeño estuche que todavía llevaba consigo.
—Soy un cornudo. Soy un imbécil. Soy un estúpido.
Respiró profundamente.
—¿Diferente? No. No es diferente. Es peor que todas las mujeres que he tenido.
Matteo lo observó en silencio.
—Y lo peor es que no soy el único. Ella ha tenido este tipo de relaciones extramatrimoniales antes. Para ella esto es normal.
Matteo bajó la mirada.
—Te duele, lo sé. Pero saldrás de esto y yo estaré a tu lado.
Alessandro apretó los labios.
—Pensaba pedirle que fuera mi mujer.
Una lágrima volvió a recorrer su rostro.
—Y ella ya era la mujer de otro.
Matteo respiró profundamente.
—Alessandro...
—No quiero hablar de ella.
Hizo una pausa.
—Pero... ¡maldita sea! Es lo peor que me ha pasado. Desearía no haberla conocido nunca.
Se quedaron unos segundos dentro del automóvil.
Después Matteo lo miró.
—Necesitas salir de aquí.
Alessandro soltó una risa amarga.
—Necesito un trago.
Terminaron en un bar.
Bebieron unas copas.
Alessandro habló poco.
Matteo simplemente permaneció a su lado. No necesitaba decir demasiado.
A veces la amistad también consistía en saber cuándo guardar silencio.
Después de un rato, Alessandro se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
Su rostro comenzó a endurecerse.
—No quiero volver a pronunciar su nombre.
Matteo lo observó.
Conocía aquella expresión.
Era la misma que Alessandro tenía cuando estaba a punto de tomar una decisión empresarial que nadie podía detener.
Pero aquello no era un negocio.
Era dolor.
Y el dolor podía convertir a un hombre en alguien que ni siquiera reconocía.
Alessandro se levantó.
—Vamos a casa.
—¿A la tuya?
—A la de mi familia.
Quería ver a las personas que siempre habían estado allí.
A las personas que lo habían querido antes de que fuera CEO.
Antes del dinero, Antes del poder. Antes de convertirse en Alessandro Moretti, el hombre más exitoso del mundo.
Cuando llegó, Elena, su madre, y Vittorio, su padre, fueron los primeros en abrazarlo.
—¡Feliz Año, hijo!
Alessandro cerró los ojos y los abrazó con fuerza.
—Feliz Año, mamá. Papá.
Su madre lo miró detenidamente.
Sus ojos se veían tristes.
—¿Estás bien, cariño?
Él sonrió.
—Perfectamente.
Era mentira.
Pero necesitaba decirla.
Leonardo se acercó.
—¡Feliz Año, hermano!
Lo abrazó.
Luego llegaron Sofía y Valentina.
—¡Feliz Año Nuevo, cuñado! —dijeron casi al mismo tiempo.
Después llegaron los demás.
Risas, Copas, Música.
Por unos minutos Alessandro consiguió olvidar el dolor.
Hasta que Elena hizo una pregunta.
—Pensé que vendrías con Isa. ¿Vendrá más tarde?
Todos quedaron a la espera de su respuesta.
La sonrisa de Alessandro desapareció.
Pero inmediatamente volvió a componerse.
—Ella ya no está en mi vida.
El silencio fue inmediato. Alessandro miró a cada uno.
—Y espero que no hagan más preguntas.
Elena quiso hablar, pero él continuó.
—Ojalá puedan olvidarla hasta el punto de creer que nunca la conocieron.
La manera en que planteó las cosas hizo que todos se erizaran.
Entendieron que algo no estaba bien. Nadie preguntó nada más.
Ni una sola palabra volvió a salir de su boca sobre Isabella Laurent.
Todos entendieron que aquel nombre estaba prohibido.
Esa noche, Alessandro decidió guardar aquel dolor para él.
Los días siguientes fueron una locura de trabajo.
Alessandro llegaba temprano a la oficina. Se iba tarde.
Revisaba contratos. Firmaba documentos, atendía llamadas, Cancelaba reuniones, Programaba viajes, Revisaba proyectos.Todo.
Cualquier cosa que pudiera mantener su mente ocupada.
Porque cuando se detenía...
Aparecía ella. Isabella, Su sonrisa, su voz, Sus ojos, Sus manos, el collar que él le había regalado Y aquella niña.
Mamá.
Alessandro apretó la mandíbula.
No pensaría en eso,Trabajaría.
El trabajo no miente, Los números tampoco, Los contratos no tienen secretos, pero las personas sí.
Una mañana, Matteo entró a su oficina.
—Llevas cuatro días trabajando como si quisieras destruir la empresa.
Alessandro continuó leyendo un informe.
—La empresa está bien.
—Tú no.
Silencio.
—No quiero hablar de eso.
—No he mencionado a Isabella.
Alessandro levantó lentamente la mirada.
—Pero estás pensando en ella.
Matteo suspiró.
—Solo quiero que no hagas algo de lo que después te arrepientas.
Alessandro cerró la carpeta.
—Bien.
Se recostó en su silla.
—Entonces pensaré en ella y tú me ayudarás, ya que te importa tanto que su nombre permanezca en esta empresa.
—Aless, no exageres. Yo quiero...
Sin esperar a que terminara, Alessandro lo interrumpió.
—Encárgate de que James, el jefe de Recursos Humanos, envíe una carta de despido a Isabella Laurent.
Matteo frunció el ceño.
—¿Qué?
—Por ausentarse desde el treinta y uno hasta la fecha.
—Pero si tú le diste vacaciones. Eso sería un despido sin justa causa y puedes meterte en líos.
Alessandro lo miró fijamente.
—Le dirás que es por ausentarse desde el treinta y uno hasta la fecha.
—Alessandro... eso es mentira.
—Habla con quien tengas que hablar para lo siguiente.
Su voz se volvió fría.
—Escúchame bien.
Se levantó lentamente de su silla.
—No quiero que nadie necesite de sus servicios.
Matteo lo miró fijamente.
—¿Qué estás diciendo?
—Nadie.
Alessandro comenzó a caminar por la oficina.
—Ni la empresa más pequeña.
Hizo una pausa.
—Ni una cafetería.
Matteo abrió los ojos.
—Eso es demasiado. ¿Estás loco?
—No me importa.
Se giró hacia él.
—Cuando te pongan los cuernos, tú verás qué haces con tu furia y tu dinero. Esto haré yo. Punto final.
Matteo negó con la cabeza.
—Estás actuando desde la rabia.
—Estoy actuando desde la traición.
Apretó la mandíbula.
—No sé cómo he podido entrar a esta empresa con los cuernos que traigo. Son los más grandes de la historia.
Matteo intentó contener una sonrisa.
—Bueno... dicen que un hombre sin cuernos es un hombre indefenso.
Alessandro comenzó a caminar por la oficina y lo fulminó con la mirada.
—Le buscaré un pretendiente a Sofía. No es justo que andes indefenso por ahí.
Matteo levantó las manos.
—Estaba bromeando.
—Yo también.
Matteo lo miró.
—No parecía.
Alessandro volvió a ponerse serio.
—Averigua si vive en arriendo.
Matteo se quedó inmóvil.
—Si tiene hipotecas.
Matteo abrió los ojos.
—Alessandro, basta.
—Quiero saberlo todo.
—¿Qué pretendes hacer?
Alessandro se volvió hacia él.
—Quiero asfixiarla.
Matteo guardó silencio.
—Quiero que venga arrastrada a mí.
—Aless...
—Sí, Matteo. Sí.
—No voy a ayudarte a destruir la vida de una mujer porque estás herido.
Alessandro lo señaló hacia la puerta.
—¿No?
—No.
—¡Fuera de aquí!
Matteo respiró profundamente.
Deseaba que su amigo entrara en razón.
Pero no pensaba dejarlo solo.
Se lo había prometido.
—Está bien.
Hizo una pausa.
—Acabémosla.
Alessandro lo miró.
Matteo caminó hacia la puerta.
—Pero no confundas que te acompañe con que esté de acuerdo contigo.
Alessandro no respondió.
Matteo se detuvo un instante.
—Me vio la cara de idiota —dijo Alessandro entre dientes—. La muy...
—Sí. Si te mintió, fue atrevida al hacerlo.
—Nadie se burla y engaña tan descaradamente de Alessandro Moretti.
Matteo asintió.
—Voy por James.
—Ve.
Su voz retumbó en la oficina.
Alessandro respiró agitado.
—Toda mi vida he sabido quién soy.
Se señaló el pecho.
—Todo el mundo sabe quién soy.
Su mirada se volvió fría.
—Y la voy a acabar.
Matteo negó lentamente con la cabeza.
—Hazlo si eso te hace sentir mejor.
Alessandro lo miró.
—Tal vez no me haga sentir mejor.
Hizo una pausa.
—Pero se arrepentirá.
Matteo sostuvo su mirada.
—Tú decides quién eres después de que te rompen el corazón.
Alessandro permaneció en silencio.
Por un instante pareció escuchar aquellas palabras.
Pero después tomó la carpeta nuevamente.
—Haz lo que te pedí.
Matteo salió lentamente de la oficina.
Y cuando la puerta se cerró, Alessandro quedó completamente solo.
Miró por la ventana.
La ciudad continuaba moviéndose como si nada hubiera ocurrido.
Tomó el pequeño estuche negro que había guardado en el cajón.
Lo abrió.
El anillo seguía allí.
Lo observó durante largos segundos.
Aquel pequeño objeto contenía el futuro que había imaginado con ella.
Un futuro que ya no existía.
Después cerró los ojos.
—Vas a desear no haberme conocido nunca, Isabella.
Cerró el estuche.
Lo guardó nuevamente en el cajón.
Y aunque jamás lo admitiría frente a nadie, una parte de él tenía miedo.
Miedo de lo que podía llegar a hacer.
Porque Alessandro Moretti estaba acostumbrado a ganar.
Y cuando un hombre que siempre había ganado descubre que ya no puede recuperar lo que más desea...
puede convertirse en su peor enemigo.