Bellamy despierta sin recuerdos. Descubre que está casado con Ignis, un duque dragón al que teme y detesta o eso pensaba. Su matrimonio fue un arreglo político, y él tiene un huevo de dragón escondido en el sótano que necesita las feromonas de ambos padres para nacer.
Ignis es brusco y posesivo, pero por la noche lo cuida en secreto. Bellamy descubre que antes de perder la memoria hizo cosas terribles por su hijo —incluso intentó matar a Martin, el hombre que Ignis prefiere según él.
Obligado por el bien de su bebé, se acerca a Ignis y consigue lo necesario para el huevo.
Al pasar los días, Bellamy ve a Ignis como un extraño y le teme, Ignis se da cuenta de que lo perdió por culpa de su propia brutalidad. Al en contrar el huevo Ignis no se enoja solo se preocupa.
Y el huevo espera… creciendo, esperando nacer.
¿Crees que Ignis logre recuperar el amor de Bellamy?
¿Podrá Bellamy hacer que su bebé nazca sin que su padre lo descubra?
NovelToon tiene autorización de Azul zafiro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3
Ignis me clavó la mirada como si fuera a matarme. El silencio se alargó, pesado y desolador. Cada instante me gritaba que saliera corriendo, pero en lugar de eso, di un paso hacia él.
Ignis se recostó en su silla y se masajeó la frente, como si le doliera la cabeza. Soltó un suspiro largo, cargado de fastidio.
—Pensé que hoy podría estar tranquilo —dijo con el ceño fruncido—. Estoy ocupado. No tengo tiempo para esto.
—El trabajo puede esperar —respondí, sentándome en el borde de su escritorio—. Te necesito ahora. No puedes fallarme, porque…
Porque si no lo consigo, mi hijo no podrá nacer.
—¿Por qué? —preguntó, con la voz helada.
—Porque soy tu esposo y hoy es tu cumpleaños. Tengo que estar contigo —respondí. Y en cuanto lo dije, noté cómo sus feromonas empezaban a intensificarse. Traté de no respirar hondo, pero fue inútil. El aire se volvió denso, caliente, embriagador.
—Eres insoportable —dijo él, levantándose de golpe y acercándose a mí—. ¿Quieres mis feromonas? Pues tómalas. Te daré todas las que quieras.
Me besó con fuerza, y al instante sus dientes mordieron mi cuello. Tuve que morderme los labios hasta hacerme sangre para no ceder, para no mostrarle cuánto me afectaba.
Sus palabras sonaban tan cotidianas, tan frías… como si hiciera esto todos los días sin pensarlo. Sin embargo, mi cuerpo reaccionó solo: mis propias feromonas empezaron a emanarse sin que pudiera controlarlo. La zona donde me mordía ardía como fuego.
—Tú… ¿por qué eres tan agresivo? —lo aparté apenas un poco, necesitaba aire, necesitaba controlarme.
Ignis me sujetó con firmeza, sin dejar que me moviera.
—¿Por qué sería suave contigo? —respondió, y volvió a morderme, con más fuerza esta vez.
—¡AAH! —grité, sin poder contenerme—. ¡Maldito dragón! ¿Acaso no sabes hacer nada más que morder?
Lo empujé con lo poco que me quedaba de fuerza, recuperando el aliento a bocanadas. Sentía que perdía la cabeza, que cada vez me costaba más mantenerme cuerdo.
Ignis me tomó del rostro con fuerza, obligándome a mirarlo a los ojos.
—¿Te atreves a insultarme? —su voz era ronca, fría, y me hizo temblar de pies a cabeza. Pero en sus ojos había algo más que odio… algo que no supe nombrar.
—Lo siento… pero me… mordiste muy fuerte —dije, con el aliento entrecortado. Maldita sea… me estoy rindiendo ante un bruto como él.—Por favor… sé más suave. Aún no me siento bien.
Pero lo que pasó después no fue nada suave.
Me besó con una furia que no conocía, mordiéndome la piel una y otra vez, hasta que perdí la noción del tiempo. Cuando terminó, temblaba de pies a cabeza, agotado y sin aliento.
—Eso te enseñará a no provocarme otra vez —dijo, sin soltarme, con la respiración todavía agitada.
No quería seguir allí. Tenía que salir de ese lugar cuanto antes, tenía que correr. Mi bebé me necesitaba.
—Sí, lo entiendo —fue lo único que logré decir.
En cuanto él se apartó y empezó a desabrocharse el pantalón, un frío helado me recorrió de pies a cabeza. No esperé más: salí corriendo del despacho lo más rápido que pude.
—¡Bellamy! ¿A dónde vas? —gritó Ignis detrás de mí.
No me detuve. Seguí corriendo hasta bajar las escaleras, y justo al pie me topé con Catrina, que me esperaba. Ella no hizo preguntas: ambos seguimos corriendo juntos.
—¡Rápido, señor Bellamy! —me dijo, guiándome hacia el sótano—. La puerta ya está abierta. Entre.
Entré y ella cerró pesadamente detrás de mí, quedándose afuera haciendo guardia. Al ver la incubadora, el corazón se me llenó de alegría. Era un huevo hermoso, de un dorado cálido… aunque tenía una grieta oscura en su cáscara. Lo tomé entre mis brazos con cuidado infinito, lo abracé contra mi pecho, y de inmediato sentí cómo el calor sofocante de mi cuerpo se disipaba, y la grieta se desvanecía poco a poco hasta desaparecer.
—Funcionó… mi bebé está a salvo —susurré, por fin aliviado.
—Perdóname por no llegar antes, pequeño —dije con voz débil. Mis piernas no me sostenían más; me senté en el suelo, sin soltarlo—. Mi hijo está bien.
Le di un beso tierno en la cáscara. Y entonces lo sentí: una vibración leve, muy suave, pero inconfundible. Se había movido. Mi bebé acababa de responder a mi beso.
—Te moviste, mi pequeño amor —dije, y la felicidad me invadió por completo. En ese instante, todo lo demás se desvaneció. La humillación de hace un momento no era nada comparada con esta dicha—. Nace pronto, mi bebé. Tienes que nacer.
—Me esforzaré para que nazca. Nadie nos va a separar —prometí, dándole otro beso en su cáscara.
Las lágrimas empezaron a caer por mi rostro. No eran de dolor. Eran de pura felicidad.
Cuando mi cuerpo se sintió por completo frío, sin rastro del calor ni del efecto de las feromonas, dejé el huevo de vuelta en la incubadora con el mayor cuidado del mundo.
Esta vez no fue un movimiento: un brillo dorado irradió desde dentro, tan intenso que me cegó por un instante. Duró apenas tres segundos, pero lo supe con certeza: me estaba respondiendo.
—Aún no has nacido y ya me entiendes —susurré, casi sin voz—. Te amo, pequeño dragón. Mi pequeño amor.
Me quedé allí, sentado en el suelo, durante horas. Y me juré a mí mismo: pase lo que pase, haga lo que tenga que hacer, mi bebé nacerá. Cueste lo que cueste.
—En cuanto nazca… nos iremos de aquí. Muy lejos. Para que tu padre no pueda encontrarnos jamás.