Aurora, la ladrona
En una época de castillos, reyes y caballeros, una joven desafía las leyes del reino con una única regla: jamás derramar sangre inocente.
Aurora es la líder de la temida Banda del Cuervo, un grupo de ladrones que roba las riquezas de nobles corruptos y comerciantes deshonestos para ayudar en secreto a quienes más lo necesitan. Su habilidad para desaparecer entre las sombras y dejar una pluma negra como única pista la ha convertido en una leyenda.
Mientras el capitán de la guardia moviliza a todo el reino para capturarla, el príncipe Daniel inicia una implacable persecución sin imaginar que la misteriosa ladrona es muy distinta de la criminal que todos describen.
Entre robos imposibles, conspiraciones, traiciones y secretos que podrían cambiar el destino del reino, Aurora descubrirá que el mayor desafío no será escapar de sus enemigos, sino decidir entre proteger a su banda o seguir los dictados de su corazón.
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Una visita inesperada
A la mañana siguiente, Aurora regresó al refugio antes de que saliera completamente el sol.
Mateo estaba junto al fuego preparando café cuando la vio entrar.
—¿Dónde estabas?
—Necesitaba pensar.
Pablo levantó la cabeza desde el otro lado de la habitación.
—Eso suena peligroso.
Aurora soltó una pequeña risa.
—Más peligroso fue lo que hicimos en la mansión del conde.
Lili apareció con varias tazas.
—¿Descubriste algo?
Aurora negó con la cabeza.
—No todavía. Pero tenemos cinco días antes del próximo envío de oro.
Diego, que estaba revisando sus armas, levantó la mirada.
—Entonces debemos descubrir quién lo transporta y hacia dónde.
—Y hacerlo sin llamar la atención —añadió Aurora.
Mateo extendió un mapa sobre la mesa.
—Hay tres caminos que salen de la ciudad hacia la frontera oriental.
Señaló uno.
—Este es el más utilizado.
Después señaló otro.
—Este atraviesa el bosque.
Finalmente señaló un pequeño sendero.
—Y este casi nadie lo utiliza porque el puente está parcialmente destruido.
Aurora observó el mapa durante unos segundos.
—Si yo quisiera sacar oro del reino sin que nadie lo descubriera, utilizaría el camino menos vigilado.
Diego sonrió.
—Pensé exactamente lo mismo.
—Entonces iremos allí esta tarde.
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En el castillo, Daniel desayunaba con su familia.
La reina Alicia conversaba con Elizabeth mientras el rey Fernando revisaba algunos documentos.
Daniel apenas tocaba la comida.
Elizabeth lo observó.
—Estás distraído.
—Estoy pensando.
—Eso ya lo sé.
Daniel levantó la mirada.
—¿Sobre qué?
Elizabeth sonrió.
—Eso es precisamente lo que quiero saber.
Daniel decidió no responder.
No podía contarle que había seguido a una joven sospechosa durante la noche y que, en lugar de capturarla, había preferido observarla.
—Estoy preocupado por los movimientos del conde Ricardo —dijo finalmente.
El rey Fernando dejó el documento sobre la mesa.
—Yo también.
Daniel se sorprendió.
—¿Has descubierto algo?
—Han llegado informes sobre cantidades de oro que no aparecen en los registros oficiales.
La mirada de Daniel cambió.
—¿Del conde?
Fernando asintió.
—Quiero que investigues discretamente.
Daniel pensó inmediatamente en el pergamino que Aurora llevaba la noche anterior.
Tal vez ella también había descubierto algo.
—Lo haré.
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Esa misma tarde, Aurora y Diego llegaron al camino del bosque.
Se escondieron entre los árboles y observaron durante varias horas.
No ocurrió nada.
—Quizá nos equivocamos —susurró Diego.
Aurora negó.
—No. Si yo fuera el conde, tampoco enviaría el oro a plena luz del día.
El sol comenzó a desaparecer.
Entonces escucharon el sonido de ruedas.
Un pequeño carruaje apareció en la distancia.
No llevaba el escudo del conde.
Tampoco estaba acompañado por soldados.
Aurora observó con atención.
—Espera.
El carruaje se detuvo cerca del puente.
Dos hombres bajaron.
Miraron alrededor antes de abrir la parte trasera.
Diego sonrió.
—Creo que encontramos nuestro cargamento.
Aurora hizo una señal para que permanecieran escondidos.
Los hombres sacaron tres cofres.
Pero antes de que pudieran continuar, escucharon el sonido de unos caballos.
Aurora frunció el ceño.
—No estamos solos.
Desde el otro lado del camino apareció un pequeño grupo de jinetes.
Aurora reconoció inmediatamente al hombre que iba al frente.
El corazón le dio un pequeño vuelco.
Era Daniel.
—¿El príncipe? —susurró Diego.
Aurora asintió.
—¿Qué hace aquí?
No tenía respuesta.
Daniel desmontó y se acercó a los hombres del carruaje.
—¿Qué transportan?
Uno de ellos respondió rápidamente.
—Mercancías, alteza.
Daniel señaló los cofres.
—Entonces no tendrán problema en abrirlos.
Los hombres intercambiaron una mirada nerviosa.
Aurora comprendió que Daniel también sospechaba.
Uno de los hombres llevó la mano hacia su espada.
Daniel lo notó.
—No hagan ninguna tontería.
El hombre atacó.
Daniel desenvainó rápidamente y bloqueó el golpe.
Los demás soldados reaccionaron.
Aurora miró a Diego.
—Tenemos que intervenir.
—¿Para ayudar al príncipe?
—Para detener a esos hombres.
Salieron de entre los árboles.
Los hombres del carruaje quedaron sorprendidos.
Aurora se movió rápidamente y derribó al primero con un golpe en el brazo.
Daniel giró al escuchar el ruido.
Sus ojos se encontraron con los de ella.
Por un instante, ambos quedaron inmóviles.
—Tú... —dijo Daniel.
Aurora sonrió.
—Parece que volvemos a encontrarnos, alteza.
—¿Me estás siguiendo?
—No exactamente.
Un segundo hombre intentó atacar a Aurora por detrás.
Daniel reaccionó antes que ella.
—¡Cuidado!
La tomó del brazo y la apartó justo a tiempo.
El atacante pasó de largo.
Aurora lo miró sorprendida.
—Gracias.
Daniel soltó su brazo inmediatamente.
—No podía dejar que te hirieran.
Aquellas palabras hicieron que Aurora se quedara en silencio por un instante.
Después recuperó la compostura.
—Entonces supongo que estamos a mano.
Daniel sonrió.
—Supongo.
A unos metros, Diego observaba la escena con una expresión divertida.
—Esto se está poniendo interesante.
Aurora escuchó el comentario y le lanzó una mirada de advertencia.
Pero ya era demasiado tarde.
Porque aquella noche, por primera vez, Aurora y Daniel no eran enemigos.
Eran aliados.