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En la cama del esposo de mi hermana

En la cama del esposo de mi hermana

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Dominación / Vientre de alquiler / Romance oscuro / Completas
Popularitas:24.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.

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Capítulo 8

Capítulo 8

La fiesta de Sofía

El Resort Lago Espejo estaba a cuarenta minutos de la ciudad, metido entre pinos y un lago artificial que reflejaba las luces del atardecer como un espejo roto. El estacionamiento ya estaba lleno cuando llegaron: camionetas blindadas, autos deportivos, un par de Porsche que costaban más que la casa donde Valentina creció.

Alejandro le abrió la puerta del auto. Primera vez que lo hacía.

—No te separes de mí —dijo, sin mirarla, ajustándose el gemelo de la manga.

Valentina bajó. El vestido negro que Mariana le había enviado era largo, entallado, con un escote que dejaba ver las clavículas y los hombros. Los aretes de perla le rozaban el cuello cada vez que giraba la cabeza. Se había dejado el pelo suelto porque Mariana siempre lo llevaba suelto en las fotos de eventos que había estudiado.

El salón principal tenía techos de cristal y una terraza que daba al lago. Mesas redondas con manteles blancos, arreglos de flores blancas y velas flotantes, un cuarteto de cuerdas tocando algo que Valentina reconoció como Debussy. El olor a perfume caro y a vino se mezclaba con el aire fresco que entraba por las puertas abiertas.

Cincuenta personas. Tal vez sesenta. Valentina las contó mientras Alejandro la guiaba entre las mesas con una mano en la parte baja de su espalda. Una presión ligera, impersonal, pero que todos los presentes podían ver.

Sofía los recibió en la entrada de la terraza. Vestido azul oscuro, pelo recogido, un collar de diamantes discretos. La cumpleañera que no necesitaba brillar porque ya brillaba.

—Alejandro. Mariana. —Les sonrió a ambos—. Gracias por venir.

—Feliz cumpleaños —dijo Valentina, y le entregó una caja pequeña envuelta en papel dorado. Adentro había un pañuelo de seda que Nana le había ayudado a elegir—. Espero que te guste.

—Qué detalle. Gracias. —Sofía abrió la caja, tocó la tela con los dedos y sonrió. Una sonrisa perfecta, la de alguien que ha recibido mil regalos y sabe exactamente cómo agradecer cada uno.

Alejandro no le dio un regalo. Le dijo "Felicidades" y le puso una mano en el hombro durante medio segundo. Sofía cerró los ojos cuando la tocó. Medio segundo. Valentina lo vio.

El salón se dividía en grupos claros. Los socios de Alejandro en un rincón, con copas de whisky y conversaciones en voz baja. Las esposas en otro, con vino blanco y miradas que evaluaban cada vestido y cada joya, midiendo centímetros de piel ajena. Y en el centro, moviéndose entre ambos como si fuera la dueña del evento y no la invitada, Lucía Montero.

Lucía llevaba un vestido rojo —siempre rojo— con un tajo en la pierna que dejaba poco a la imaginación. Cuando vio a Valentina, cruzó el salón con una copa de champán en la mano y una sonrisa que prometía problemas.

—¡Cuñada! Qué bueno que viniste. Pensé que no te atrevías.

—¿Por qué no me atrevería?

—No sé. —Se encogió de hombros—. Estas fiestas pueden ser… intimidantes. Para alguien que no está acostumbrada.

El insulto estaba envuelto en algodón, pero Valentina lo sintió. Lucía le estaba diciendo, frente a tres mujeres que fingían no escuchar, que no pertenecía a ese mundo.

—Me encantan las fiestas —contestó Valentina, con la sonrisa de "Mariana"—. Sobre todo cuando la compañía es buena.

Una de las mujeres se tapó la boca con la copa. Otra le tocó el brazo a su vecina. Lucía entrecerró los ojos.

—Qué graciosa te has puesto, cuñada. Antes eras más callada.

—La gente cambia.

—¿La gente o tú?

Valentina sostuvo la mirada. Dos segundos. Tres. Lucía fue la primera en parpadear, y se fue hacia la barra murmurando algo sobre necesitar otra copa.

Las tres mujeres se presentaron una por una. Esposas de socios, nombres que Valentina archivó sin esfuerzo. Le preguntaron por la hacienda, por Doña Carmen, por un viaje a Europa que "Mariana" supuestamente había planeado el año pasado. Valentina desvió cada pregunta con una sonrisa y una respuesta lo bastante vaga como para no contradecir ningún dato que no tuviera.

En la terraza, Sofía hablaba con Alejandro. De pie, los dos apoyados contra la baranda, con el lago oscuro detrás. Ella le dijo algo que lo hizo inclinar la cabeza. No sonrió, pero tampoco se apartó.

Valentina tomó un trago de agua. Se obligó a dejar de mirar.

Una voz la interrumpió.

—Lucía, deja a tu cuñada en paz. Apenas llegó.

Un hombre se acercó desde la barra. Alto, delgado, con barba corta y ojos amables detrás de unos lentes de montura delgada. Camisa blanca sin corbata, pantalón de vestir, zapatos de gamuza. Guapo, pero de una forma accesible, sin la intimidación que Alejandro irradiaba por defecto.

—Doctor Villanueva —dijo Lucía, con un tono que mezclaba cariño e irritación—. ¿Te hiciste su guardaespaldas?

—Solo su defensor. —Le tendió la mano a Valentina—. Héctor Villanueva. Soy amigo de la familia. No nos habían presentado.

—Mariana. —Le estrechó la mano. Los dedos de Héctor eran cálidos, firmes, con un apretón que duraba exactamente lo correcto—. Mucho gusto.

—El gusto es mío. Alejandro habla muy poco de ti, lo cual es su especialidad, pero la poca gente que te ha conocido habla muy bien.

Valentina se rió. Una risa real que se le escapó antes de poder controlarla. Héctor le sonrió con esa facilidad de quien lleva toda la vida haciendo que la gente se sienta cómoda.

—¿Puedo ofrecerte algo de tomar?

—Agua mineral, por favor.

—¿No bebes?

—Esta noche no.

Héctor fue a la barra. Valentina lo siguió con la mirada un segundo de más y cuando se giró, se topó con los ojos de Alejandro desde el otro lado del salón.

La miraba a ella, solo a ella, con esa intensidad silenciosa que le apretaba algo entre las costillas.

No estaba mirando a Sofía, que estaba a su lado explicándole algo. No estaba mirando a nadie más. La miraba a ella hablando con otro hombre, y algo en su mandíbula se había endurecido.

Héctor volvió con el agua mineral. Le tocó el codo al entregársela.

—¿Te encuentras bien? Te pusiste pálida.

—Estoy bien. Gracias.

No estaba bien. Alejandro la miraba como si Héctor le hubiera tocado algo que le pertenecía, y la mezcla de posesividad y distancia en esos ojos le revolvió el estómago de una forma que no se parecía al miedo.

Héctor le preguntó sobre la abuela y la hacienda, sobre cómo llevaba la vida en la residencia. Valentina le contestó en piloto automático mientras por el rabillo del ojo veía a Alejandro mover la copa entre los dedos sin tomar un trago.

Cuando Héctor se fue a saludar a alguien, Alejandro apareció a su lado. De la nada, como siempre.

—¿Quién era?

—Héctor Villanueva. Dijo que es amigo de la familia.

—Mmm. —Se terminó la copa de un trago—. No le des mucha conversación.

—¿Por qué?

Alejandro la miró. Medio segundo. Suficiente.

—Porque te lo estoy pidiendo.

Se dio la vuelta y se fue.

Valentina se quedó de pie con el agua mineral en la mano y el corazón golpeándole las costillas. Alejandro volvió al grupo de socios y no la miró en lo que quedó de la noche. Habló con Sofía dos veces más. Le puso la mano en el hombro cuando se despidió de ella, igual que al llegar.

En el auto de regreso, ninguno habló durante los primeros veinte minutos. La carretera estaba oscura y los pinos se recortaban contra un cielo sin luna.

—Héctor es buena persona —dijo Valentina, sin saber bien por qué lo decía.

Alejandro no contestó. Cambió de carril, aceleró, y el motor del auto tragó el silencio.

—No necesitas decirme quién es buena persona —dijo, al fin, sin despegar los ojos de la carretera.

Valentina apretó el bolso contra las piernas. No sabía si lo que acababa de pasar era una orden, una petición, o algo que ninguno de los dos estaba listo para nombrar.

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Elizabeth Del Valle Romero
no me gustó el final 😔
Dorkis Huerta
Buenas noches.
neumidia ruiz
te felicito escritora me encantó la narración, la trama fue distinta a tantas otras que he leído, me fascinó los personajes de los protagonistas
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