Amir era el tercer hijo de Elena y Zayn, hermano de Karim, Layla y Sara. Y aunque todos lo respetaban, lo admiraban y lo querían como al hombre más noble y leal que existía, él cargaba con una soledad que nadie más podía comprender. Había nacido para proteger. Desde niño, mientras Karim aprendía a sentarse en un trono y dictar leyes, mientras Layla aprendía a blandir la espada y desafiar al mundo, Amir aprendía a vigilar, a esperar, a estar alerta. Se había convertido en el Capitán General de la Guardia Real y el Guardián de los Límites, el hombre que conocía cada sendero, cada bosque, cada escondite y cada peligro en los tres reinos de Al-Jazair, Velarion y Zoraya.
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LA NUEVA VIDA.
—Te ves diferente, hermano —le dijo en voz baja, para que solo él lo oyera—. Te ves completo. Te ves cómo me veo yo cuando estoy con Amara, como se ve Caelan cuando está con Layla. Se nota en tus ojos, en tu forma de caminar, en cómo la miras a ella. Has encontrado tu fuego. Y me alegra más que nada en el mundo.
Justo en ese momento, risas fuertes y sonoras llenaron el aire, y vieron llegar a Layla y Caelan, que caminaban tomados de la mano, seguidos por sus tres hijos: Elion, que ya era un niño grande y serio, heredero del reino de Velarion, Thalia, una niña inquieta y valiente que ya empuñaba una espada pequeña con más destreza que muchos soldados, y Eren, el más pequeño, dulce y sabio, que siempre iba cogido de la mano de su padre.
Layla, con su figura fuerte y esbelta, su cabello oscuro y esa mirada de guerrera que imponía respeto, se detuvo en seco al verlos, y luego soltó una exclamación de alegría. Corrió hacia Amir y lo abrazó con fuerza, como solo ella sabía hacer, fuerte y cariñosa a la vez.
—¡Por fin! —gritó ella, con esa voz ronca y alegre— ¡Ya era hora, hermano! ¡Pensé que te quedarías solo para siempre! —y luego se giró hacia Nalia, la miró de arriba abajo, vio su belleza, su luz, y sonrió con complicidad—. Y veo que no te conformaste con cualquiera. Eres impresionante —le dijo directamente a ella—. Y tienes pinta de ser igual de fuerte y testaruda que nosotros. Me caes bien.
Caelan se acercó más despacio, con esa elegancia y calma que lo caracterizaban, y saludó con una reverencia respetuosa, mirando a Nalia con sus ojos brillantes de magia.
—Bienvenida, señora —dijo él con suavidad—. Siento en ti la misma magia que corre por mis venas, pero más antigua, más profunda. Eres un regalo para este reino, y sobre todo, para Amir. Se nota que él brilla solo por tenerte cerca.
Nalia sonrió, sintiéndose ya parte de todo eso, sintiendo el amor y la aceptación que emanaban de esa familia extraordinaria.
—Gracias a todos —dijo ella, con voz clara y dulce—. He viajado mucho y he visto muchas cosas, pero nunca he visto un amor como el que hay aquí. Se ve en cada mirada, en cada roce, en cómo se cuidan y se desean unos a otros. Ahora entiendo por qué Amir es como es. Creció rodeado de amor verdadero.
Pasaron el resto del día juntos, sentados bajo los árboles, compartiendo historias, risas y comida. Amir estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el tronco, y Nalia entre sus piernas, recostada contra su pecho, envuelta en sus brazos, sintiendo el calor de su cuerpo y la fuerza de su protección. Cada cierto tiempo, él le besaba el cabello o el cuello, con un gesto de posesión y amor que no le importaba que nadie viera.
Veía a Karim y Amara hablar en voz baja, muy cerca el uno del otro, rozándose las manos constantemente, con esa intimidad que solo se tiene cuando se ha compartido todo. Vio cómo ella le pasaba la mano por el muslo por debajo de la mesa, cómo él le mordía suavemente el lóbulo de la oreja, cómo se miraban con ese fuego que no se apagaba ni con los años ni con los hijos. Vio cómo Amara, con esa sabiduría que le daba su magia, le susurraba cosas al oído a Karim que lo hacían sonreír con malicia y deseo, y cómo él le respondía con palabras que hacían que ella se sonrojara y se riera bajito.
Y también veía a Layla y Caelan, que no eran menos apasionados. Vio cómo ella se sentaba sobre el reposabrazos de la silla de él, muy cerca, casi encima de él, y cómo él le pasaba el brazo por la cintura, apretándola contra sí sin disimulo. Vio cómo Layla jugaba con el cabello de él, cómo le acariciaba el pecho, cómo le decía cosas atrevidas al oído que hacían reír a Caelan con esa risa profunda y llena de placer. Vio cómo se miraban, cómo se deseaban, cómo cada momento juntos era una promesa de lo que harían cuando estuvieran solos.
Amir apretó más fuerte a Nalia contra su pecho, inhalando su aroma, sintiendo su cuerpo suave y cálido contra el suyo. Ahora entendía todo. Ahora entendía por qué su hermano y su hermana eran así, por qué su pasión era infinita, por qué siempre querían más. Porque cuando encuentras a tu alma gemela, cuando encuentras a la persona que está hecha exactamente para ti, el amor nunca es suficiente, el placer nunca es suficiente, la vida nunca es suficiente. Siempre quieres más, siempre quieres todo, siempre quieres fundirte con esa persona hasta dejar de ser dos para ser uno solo.
Y él ahora tenía eso. Él tenía a Nalia. Y sabía que su historia, aunque acababa de empezar, sería la más intensa, la más mágica y la más eterna de todas.
Esa noche, cuando por fin se quedaron solos en los aposentos que ahora compartían, Amir cerró la puerta con llave y se giró hacia ella, con esa mirada hambrienta y amorosa que ya le era tan familiar. Nalia se quedó de pie en el centro de la habitación, bajo la luz de las velas, y lentamente, muy lentamente, se fue quitando la ropa, mostrando cada centímetro de su piel perfecta, ofreciéndose a él como el regalo más precioso del mundo.
—Ahora somos nosotros —susurró ella, abriendo los brazos—. Ahora empieza nuestra vida. Y te prometo, mi amor... que cada día, cada noche, cada momento, será mejor que el anterior. Porque te amaré con todo lo que soy, con toda mi magia, con toda mi eternidad.
Amir caminó hacia ella, se quitó su propia ropa sin apartar la mirada de ella, y cuando llegó hasta donde ella estaba, la tomó entre sus brazos y la levantó, llevándola hacia la cama grande y suave que sería su refugio.
—Y yo te amaré con toda mi fuerza —respondió él, besándola con pasión, con hambre, con amor—. Con todo mi tiempo, con toda mi vida, con todo mi ser.
Y se amaron de nuevo, una y otra vez, hasta que el amanecer volvió a llegar. Se amaron despacio y rápido, suave y fuerte, con palabras y con silencios, con magia y con piel. Se amaron sabiendo que ya no había esperas, ni juegos, ni límites. Se amaron sabiendo que tenían todo el tiempo del mundo, toda la eternidad por delante, para quererse, para tocarse, para crecer juntos y para crear la leyenda más grande que jamás hubiera existido.