Liam solo quería salvar a su hermano.
Cuando el profesor Duncan Ashford descubre al muchacho robando en su oficina, lo denuncia ante la universidad. Desesperado, Liam le ruega que retire los cargos. Su hermano podría ser expulsado y quedar marcado para siempre.
Entonces Duncan le hace una pregunta:
—¿Qué estarías dispuesto a dar para salvarlo?
Liam responde sin pensar:
—Lo que sea.
Acaba de cometer su primer gran error.
Duncan no es solamente un profesor. Es el líder de una poderosa familia yakuza, un hombre casado que nunca deja que nadie altere sus reglas.
Pero Liam ha despertado su interés.
Una noche. Un trato. Un precio que jamás imaginó pagar.
Y cuando Liam descubra quién es realmente el hombre al que le entregó su inocencia, será demasiado tarde para escapar.
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Una Noche Sin Frenos
El jueves a las nueve en punto, Liam abrió la puerta del 7-3.
No hubo mensaje previo. No hubo advertencia. Solo la cita, como siempre. Pero al cruzar el umbral, supo que esta noche sería distinta. El departamento estaba en penumbra, iluminado solo por las velas del salón y el brillo plateado de la ciudad a través de los ventanales. El aire olía a sándalo y a lluvia.
Duncan estaba de pie en el centro de la habitación. No traje. Ni camisa abotonada. Llevaba una camiseta negra ajustada que marcaba cada músculo de su torso, pantalones oscuros, sin cinturón. El pelo, suelto, caía sobre su frente. El anillo de oro brillaba en su mano izquierda, pero esta vez no era señal de autoridad: era una promesa.
—Llegaste —dijo. La voz baja, ronca, distinta a la de siempre. No había frialdad, ni distancia. Había hambre.
—Dijiste a las nueve.
—Y eres puntual. Como siempre. —Caminó hacia él, despacio, sin prisa, como un depredador que no tiene prisa por cazar—. Pero esta noche no hay reglas, Liam. No hay horarios. No hay clases. No hay profesor ni alumno. Esta noche somos solo tú y yo. Y lo que somos.
Liam sintió que el aire se le escapaba.
—¿Y qué somos?
Duncan se detuvo a un palmo de él. Levantó una mano, le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, despacio, casi con crueldad.
—Dos personas que se queman. Que no pueden evitarse. Que llevan semanas jugando a ser algo que no son. —Se inclinó, su aliento caliente rozando el oído de Liam—. ¿Quieres dejar de jugar?
—Sí —susurró Liam, sin dudar.
—Entonces ven.
Lo tomó de la mano. Sus dedos se entrelazaron con fuerza, posesivos, sin dejar ningún hueco. Lo llevó hacia el dormitorio, donde las velas ya estaban encendidas y la cama estaba hecha con sábanas negras, lisas, frías. Cerró la puerta tras ellos. El sonido fue definitivo. El mundo de afuera dejó de existir.
—Quiero que hagas todo lo que te pida —dijo Duncan, empujándolo suavemente hacia atrás hasta que las piernas de Liam chocaron contra el colchón—. Sin preguntas. Sin dudas. ¿Entendido?
—Entendido.
—Si quieres parar, dices rojo. Si todo va bien, dices verde. ¿Claro?
—Claro.
Duncan se acercó, lo miró a los ojos, y luego sus labios cayeron sobre los de él. No fue un beso suave. Fue devorador, urgente, desesperado, como si llevara semanas sin respirar y Liam fuera el aire. Sus manos recorrieron su cuerpo con una familiaridad que dolía y deleitaba a la vez, desabrochando botones, quitando la camisa, la piel contra la piel, caliente y temblorosa.
—Eres tan hermoso —murmuró contra su cuello, mientras sus manos bajaban por su cintura—. Y tan mío. No solo el jueves. No solo aquí. Siempre. Cada parte de ti. Cada pensamiento. Cada suspiro.
Liam no pudo responder. No hubo palabras. Solo sensaciones: el frío de las sábanas, el calor del cuerpo de Duncan, el roce de sus manos, el sonido de su respiración entrecortada. Duncan lo guiaba, lo tomaba, lo hacía suyo una y otra vez, con una intensidad que lo dejaba sin aliento, sin fuerzas, sin nada más que el momento. No había ternura fingida ni ordenes frías: había deseo puro, bruto, sin barreras.
—Mirame —le ordenó, en un momento, con la voz rota de placer—. No cierres los ojos. Quiero que veas quién te hace sentir así. Quiero que lo recuerdes cuando estés solo en tu habitación.
Liam abrió los ojos y lo miró. Y vio todo: el deseo, la posesión, la necesidad, algo que se parecía demasiado a amor, demasiado peligroso para ser real. Y se dejó llevar. Se entregó por completo, sin resistencia, sin miedo, porque esta noche no había miedo. Solo fuego.
Horas después, yacían uno al lado del otro, sudorosos, entrecruzados, el silencio solo roto por su respiración lenta y pesada. Duncan tenía un brazo alrededor de su cintura, apretándolo contra sí como si temiera que se desvaneciera si lo soltaba. Su cabeza descansaba en el hombro de Liam, su respiración cálida contra su piel.
—¿Te gustó? —preguntó, casi en un susurro. Por primera vez, había duda en su voz. Inseguridad.
—Sí —respondió Liam, acariciando su pelo, suavemente—. Más de lo que debería.
Duncan levantó la cabeza y lo miró a la luz de las velas. Sus ojos oscuros estaban suaves, vulnerables, sin máscara.
—No digas eso. No hables de debería. Esta noche no hay debería. Solo hay nosotros.
Se inclinó y lo besó despacio, esta vez con calma, con ternura, como si quisiera grabar cada segundo en su memoria.
—Duerme —susurró contra sus labios—. Quédate aquí. Hasta mañana.
Liam cerró los ojos, sintiendo el peso del cuerpo de Duncan sobre el suyo, su mano en su espalda, su respiración sincronizada con la suya. Por primera vez en semanas, no había miedo. No había jaula. No había amenazas. Solo él. Solo ellos.
Y mientras se quedaba dormido, pensó que podría acostumbrarse a esto. A la calidez. A la cercanía. A sentirse deseado sin condiciones, aunque fuera solo por unas horas.
No sabía que la mañana traería de vuelta el frío. Que la luz del sol borraría la magia de las velas. Que el hombre que ahora lo abrazaba volvería a ser el de siempre: distante, perfecto, inalcanzable. Que esta noche era solo eso: una noche loca, prestada, robada a la realidad.
Pero por ahora, en la oscuridad, entre sus brazos, era suficiente.