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Sariel. Él Inicio De La Eternidad

Sariel. Él Inicio De La Eternidad

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:52
Nilai: 5
nombre de autor: victoria illescas

Sariel portador del séptimo rayo, es elegido por el dios del amor para ser su guardián en la tierra humana, mientras trata de ser el observador cósmico del creador , conocerá la fragilidad de su esencia al conocer el sentimiento que solo los mortales estaban condenados a sentir , él amor , acompaña al guerrero de amatista a encontrar su verdadera misión entre él cielo, la tierra y el infierno en ese extensa línea de la Eternidad

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capítulo 8 . Descubrimiento

Capítulo 8. Descubrimiento

El regreso de Sariel estaba marcado por el fuego y el hielo. En los límites del abismo, donde la realidad se deshilacha, Sariel no solo encontró sombras, encontró un rostro conocido.

Tras las cortinas de oscuridad, la presencia de Luzbel se manifestó como un eco distorsionado de la gloria que alguna vez fue.

El descubrimiento de Sariel fue aterrador, el nuevo mal, no era una fuerza ciega, sino una rebelión orquestada por uno de los príncipes celestiales, uno de sus hermanos mayores ,diseñada para golpear el corazón de la ciudad de plata aprovechando su grieta más profunda. Los jardines de cristal y todos sus habitantes corriendo el mismo riesgo.

El aire en los límites del séptimo cielo no era ligero, pesaba con una densidad metálica, cargada de una energía que Sariel no reconocía. Se mantuvo fundido en las sombras de las columnas de jaspe, reduciendo su brillo celestial a una sutil vibración interna. No debía ser visto. Si su presencia fuera detectada, su esencia misma podría ser desintegrada antes de poder dar un grito de alerta.

Frente a él, en el centro de un vacío que parecía devorar la luz, estaba Luzbel. El portador de la Luz lucía más radiante que nunca, pero era una belleza gélida, desprovista de la calidez del Padre. A su lado, la realidad se distorsionaba. No era un ángel, ni una criatura de la creación conocida. Era una sombra primordial, un vestigio de lo que existía antes de que la primera palabra fuera pronunciada; una fuerza antigua que el Creador había confinado al abismo del no-ser.

Sariel escondido en las sombras contuvo el aliento, cuando las voces de Luzbel y la fuerza antigua resonaron, no en el aire

- El orden es una prisión de cristal, hermosa pero frágil. Él exige adoración a cambio de existencia. Yo exijo existencia a cambio de voluntad. Dijo Luzbel

- Nosotros éramos el Todo antes de su luz. Ayúdanos a fracturar los cimientos de su trono, y te daremos un reino donde no habrá un Arriba, ni un Abajo. Habló la fuerza antigua

Luzbel extendió una mano y, por un instante, la oscuridad de la entidad se enroscó en sus dedos como humo negro. El trato estaba hecho. No era solo una rebelión de ideales; era una alianza con el olvido.

Sariel esperó impactado .Cada segundo se sentía como un eón . Vio a Luzbel retirarse con paso elegante, su capa de seda estelar ondeando con una calma aterradora. La entidad antigua se desvaneció en el vacío, dejando tras de sí un rastro de frío absoluto. Solo cuando el eco de la presencia de Luzbel desapareció por completo de la frecuencia celestial, Sariel se permitió moverse.

Sus alas temblaban. Sariel se dejó caer de rodillas, oculto aún tras el jaspe, con la mente hecha un torbellino de fuego y duda.

El peso de lo descubierto amenazaba con quebrantar su espíritu, se preguntaba que camino debía tomar. Tenia que denunciar a su hermano Luzbel ante su padre, él espíritu de Sariel encontró un dilema del cual sentía no podría salir

Si hablaba con Miguel o subía directamente al solio del Creador, desataría una guerra que partiría los cielos. Sería el catalizador del fin de la armonía. ¿Y si no le creían? Luzbel era el favorito, el más amado. Su palabra contra la del lucero del alba podría ser vista como una envidia venenosa.

Pero si callaba, se convertía en cómplice por omisión. Cada paso que Luzbel diera hacia la traición llevaría la marca del silencio de Sariel. Pero el silencio era seguro. El silencio le permitiría observar, quizás entender si había alguna justificación en esa locura.

- Si hablo, el cielo ardera, pensó Sariel, mirando sus manos pálidas. Y si callo, el cielo morirá desde adentro. ¿Es mejor una guerra abierta o una podredumbre secreta? Seguía preguntándose.

Se puso en pie y con la mirada perdida , Sariel se alejó de las columnas de jaspe con movimientos mecánicos, sintiendo que el peso de sus alas era ahora el de dos lápidas de mármol.

Cada paso que daba hacia los distritos centrales de los centinelas le parecía una farsa. Veía a otros ángeles pasar y se preguntó cuántos de ellos ya habrían sido tocados por el susurro de Luzbel.

Se detuvo frente a un estanque de cristal líquido donde se reflejaba la gloria del Trono

- Él lo sabe todo, se dijo Sariel en un intento desesperado por consolarse. El Creador ha visto este encuentro. No necesita que un humilde guardián como yo le informe sobre lo que ocurre en los pliegues del vacío.

Pero esa idea, que antes le habría traído paz, ahora le resultaba amarga. Si el Padre lo sabía y no intervenía, ¿era porque el destino ya estaba sellado? ¿O acaso el Padre esperaba que fueran sus hijos quienes defendieran el hogar por voluntad propia, y no por decreto divino

Mientras estos pensamientos lo devoraban, una sombra se proyectó sobre el estanque. No era la sombra deforme de la Fuerza Antigua, sino una figura esbelta y familiar.

- Sariel , dijo una voz melódica, aunque cargada de una extraña gravedad.

Era Abaddon, un oficial de las legiones celestiales conocido por su rigidez. Sus ojos escudriñaron el rostro de Sariel con una intensidad que lo hizo retroceder un milímetro.

- Te ves pálido, como si hubieras estado patrullando los límites del Vacío más tiempo del debido. Hay… rumores de extrañas fluctuaciones en la frontera. ¿Viste algo inusual en tu guardia? Preguntó Abaddon

El corazón de Sariel dio un vuelco. Podía hablar ahora. Podía decirle a Abaddon que Luzbel acababa de pactar con el Olvido. Podía descargar esa piedra incandescente que quemaba sus entrañas.

Sariel abrió la boca, pero la imagen de la mano de Luzbel entrelazada con el humo negro de la sombra primordial cruzó su mente. Luzbel era astuto; si Sariel hablaba y Luzbel se enteraba, no habría rincón en la creación donde pudiera esconderse.

- Solo sombras y ecos, Abaddon , mintió Sariel, sintiendo que la lengua se le volvía de plomo. El vacío siempre juega con la mente de quien lo observa demasiado tiempo.

Abaddon asintió lentamente, aunque su mirada permaneció fija en él un segundo más de lo necesario antes de alejarse.

Sariel se quedó solo de nuevo. Al mirar su reflejo en el agua, notó algo que lo hizo estremecer, el brillo de su propia aureola parecía haber perdido un matiz de su color original. El secreto no solo era una carga moral, era un veneno que estaba empezando a cambiar su propia esencia.

Ahora sabía que no podía quedarse callado para siempre, pero también comprendía que la verdad era un arma de doble filo, si la entregaba a las manos equivocadas, solo aceleraría el incendio que Luzbel pretendía provocar. Tenía que buscar a alguien que fuera lo suficientemente fuerte para resistir la noticia, pero lo suficientemente sabio para no actuar por impulso.

- Miguel, pensó finalmente. Solo el podría cargar con ese peso

Sin embargo, el miedo volvió a atenazarlo. ¿Y si incluso Miguel ya dudaba? La semilla de la sospecha, una vez plantada por Luzbel, empezaba a germinar en el corazón del ángel que se suponía debía ser el más fiel de los observadores.

En los días siguientes tomó fuerza y la duda que antes entumecía los sentidos de Sariel comenzaron a transformarse. El miedo, esa vibración gélida que le encogía las alas, fue sustituido por una claridad punzante. Al mirar de nuevo hacia el horizonte por donde Luzbel se había marchado, Sariel comprendió una verdad fundamental, la grandeza de Luzbel no era invulnerable, era, en realidad, un acto de desesperación.

Sariel cerró los puños, sintiendo cómo el flujo de su gracia celestial recobraba su calor. No era que Luzbel hubiera dejado de ser poderoso, sino que Sariel acababa de ver su costura. Al aliarse con una fuerza antigua y externa, el portador de la luz había admitido implícitamente que su propia luz no era suficiente para lo que planeaba.

- Te vendiste Luzbel, susurró Sariel al viento, y las palabras no sonó como un lamento, sino como una sentencia. Te creíamos el más alto, pero te has rebajado a mendigar poder en los pozos del olvido.

En ese instante, la imagen imponente de Luzbel se encogió en su mente. Ya no veía un príncipe de los cielos, ahora veía a un estafador que ocultaba su carencia tras un manto de soberbia. El miedo desapareció porque el misterio se había roto.

Ese día Sariel no se dirigió a los cuarteles ni buscó el refugio de sus hermanos. Se elevó hacia las cumbres de las montañas de la eterna vigilancia, donde el aire era tan puro que quemaba. Desde allí, observó la vastedad de la creación con ojos nuevos.

Ya no temía la represalia. Si Luzbel intentaba destruirlo, solo confirmaría su propia debilidad ante el resto del consejo.

Ya no temía la duda. Si nadie le creía, él seguiría siendo el único testigo de la verdad, y la verdad tiene una forma persistente de grabarse en la realidad hasta que estalla.

Sariel extendió sus alas por completo, permitiendo que el oro de su esencia brillara con una intensidad renovada. Ya no buscaba pasar desapercibido.

-No iré a Miguel todavía, decidió, mientras una calma absoluta se instalaba en su pecho. Miguel es un guerrero, buscará el choque de espadas. Y esto no se ganará solo con fuerza bruta.

Sariel comprendió que su papel no era solo informar, sino actuar como el contrapeso oculto. Si Luzbel jugaba en las sombras, él aprendería a caminar por ellas sin perder su luz. Empezaría a observar cada movimiento, cada mirada cómplice entre los ángeles de las legiones.

- Si quieres una guerra de secretos, la tendrás Luzbel pensó Sariel, mientras sus ojos se tornaban del color de un amatista oscuro , tendrás a un guardián que ya no te teme, porque ha visto el vacío que intentas usar como escudo.

Sariel descendió de las alturas, no como el ángel tembloroso que se ocultó tras una columna de jaspe, cuando hizo el descubrimiento, sino como un cazador que acababa de encontrar el rastro de su presa. El miedo había muerto, en su lugar, había nacido un propósito que ni siquiera el propio lucero del alba podría haber previsto... continuará

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