Ximena Blanco solo debía cumplir una misión: ocupar el lugar de su hermana gemela, casarse con Cristian Montalvo y aguantar el papel de esposa perfecta hasta que pudiera desaparecer con el dinero prometido.
El problema era Cristian.
Frío, rico, impecable y peligrosamente guapo, el heredero Montalvo parecía hecho para arruinarle la concentración. Ximena sonreía como una dama obediente, servía café, bajaba la mirada y fingía no sentir nada.
Pero por dentro era otra historia.
Ay, no. Ese hombre debería traer advertencia. Con esa camisa, esos hombros y esa cara de hielo, una mujer honesta pierde la dignidad.
Lo que Ximena no sabe es que Cristian puede escuchar cada pensamiento suyo.
Cada queja. Cada insulto. Cada fantasía vergonzosa sobre tocarle el pecho, quitarle la corbata o verlo perder el control por ella.
Al principio, Cristian solo quiere descubrir quién es en realidad esa mujer que finge ser tranquila mientras su mente arde sin descanso. Pero cuanto más la escucha, más le cuesta mantenerse lejos. La esposa falsa empieza a parecerle demasiado real. Sus pensamientos indecentes empiezan a gustarle demasiado. Y el hombre que juró no enamorarse termina obsesionado con la única mujer que no puede mentirle por dentro.
Pero Ximena guarda un secreto más peligroso que sus deseos: ella no es la novia que Cristian debía recibir en el altar.
Cuando la verdad salga a la luz, el matrimonio falso, la pasión escondida y todos los pensamientos que nunca debieron escucharse podrían destruirlos... o volver imposible que se separen.
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Capítulo 10
Capítulo 10: Preparativos de crucero
Valeria no dejó que Ximena se quedara demasiado tiempo venerando el Ferrari.
—Ya lo besaste con la mirada suficiente —dijo, abrochándose el cinturón en el asiento del copiloto—. Ahora maneja.
Ximena apoyó ambas manos en el volante como si acabara de tocar una reliquia.
—No me presiones. Estoy creando un vínculo emocional.
—Es un auto.
—Es mi auto.
—Es el auto que tu esposo compró con una precisión que da miedo.
Ximena encendió el motor.
El rugido llenó la pista de pruebas del concesionario.
Durante un segundo, las dos se quedaron calladas.
Luego Ximena soltó una risa que no le cabía en el pecho.
—Ay, Val. Esto sí cura traumas.
Valeria sonrió, pero su mirada seguía calculando.
—Hablando de traumas, necesito pedirte algo.
Ximena dio la primera vuelta con cuidado.
—Si es dinero, ahora soy una mujer con Ferrari y tarjeta negra, pero emocionalmente sigo siendo pobre. Trátame bonito.
—Es trabajo.
—Peor.
Valeria sacó el celular y le mostró una foto tomada desde lejos: un hombre con lentes oscuros, una mujer joven a su lado, ambos entrando a un hotel.
—Una clienta me contrató para confirmar la infidelidad de su esposo. El tipo es cuidadoso, cambia chofer, cambia teléfono y nunca repite restaurante. Pero en dos días va a subirse al crucero Estrella del Caribe con la amante.
—¿Y tú quieres subir al crucero?
—Necesito subir al crucero. El problema es que las suites están cerradas por invitación. Gente de dinero, celebridades, empresarios. Sin contacto fuerte, no entro.
Valeria deslizó otra foto en la pantalla. Esta vez era una captura borrosa de una lista de invitados.
—Mira. El nombre de ella no aparece como acompañante. La registraron como asesora de imagen de una empresa fantasma. Si consigo pruebas dentro del barco, mi clienta puede negociar el divorcio sin que él le esconda medio patrimonio.
Ximena bajó un poco la velocidad del Ferrari.
—Eso ya suena más serio.
—Lo es. No voy por chisme. Voy por fotos, ubicación, horarios y una conversación grabada si se puede.
—¿Y por qué me necesitas a mí además de los pases?
—Porque si voy sola, parezco detective. Si voy contigo, parecemos dos mujeres de dinero aburriéndose con champaña.
Ximena lo pensó.
—Ese papel sí me sale.
—Te sale perfecto. Tú sonríes, yo observo.
Ximena entendió antes de que Valeria terminara.
—Quieres que le pida pases a Cristian.
—Y que vengas conmigo.
—¿Yo?
—Hace siglos no salimos juntas. Además, tú das perfil de señora rica aburrida. Yo doy perfil de mujer que revisa bolsos ajenos buscando grabadoras.
Ximena soltó una carcajada.
—Qué honesta.
—Siempre.
Ximena aceleró un poco en la recta.
El Ferrari respondió como si también hubiera estado esperando libertad.
—¿Y qué hay en ese crucero aparte de infieles?
Valeria se acomodó los lentes.
—Música, casino, fiestas privadas, alberca, hombres guapos contratados para entretener a las invitadas ricas...
Ximena la miró de reojo.
Valeria sonrió.
—Ahora sí te interesó.
—Por investigación.
—Claro.
—Hay que conocer todos los ángulos del caso.
—Y todos los abdominales.
Ximena tosió.
—No seas vulgar.
—Tú lo pensaste primero.
Ximena volvió a reír.
Esa noche, Cristian salió del baño con el cabello húmedo y una bata oscura. La habitación olía a vapor, jabón limpio y al aceite de naranja que Ximena había empezado a usar con sospechosa frecuencia.
Ella estaba junto a la barra pequeña, sirviendo una copa.
—Llegaste temprano —dijo.
—Terminó antes la última llamada.
—Te preparé algo.
Cristian miró la copa.
—¿Tiene chile?
Ximena sonrió como una esposa ofendida.
—No.
*Hoy no. Hoy necesito que esté relajado, generoso y con el pecho disponible para masaje diplomático.*
Cristian aceptó la copa.
—¿Qué quieres?
—Nada.
Él la miró.
—Ximara.
—Bueno, quizá una cosa pequeña.
*Pequeña: pases para un crucero de lujo donde posiblemente haya hombres con poca ropa y problemas matrimoniales ajenos. Detalles.*
Cristian dejó la copa sobre la mesa.
—Te escucho.
Ximena se acercó por detrás mientras él se sentaba en el borde de la cama. Sus manos cayeron sobre sus hombros con una presión exacta, entrenada. Él no pudo evitar cerrar los ojos.
—Has trabajado mucho —murmuró ella—. Estás tenso.
—Ajá.
Sus pulgares encontraron el punto justo bajo la nuca.
Cristian soltó el aire.
*Ahí está. Hombros duros, piel caliente, olor caro. Concéntrate en la misión. No muerdas. No beses. Pide los boletos y conserva la dignidad.*
—Habla —dijo él, con la voz más baja.
—Val tiene un caso.
Cristian abrió los ojos.
—Valeria.
—Sí. Necesita entrar al Estrella del Caribe. Es un crucero que sale en dos días. Parece que hay un tema de infidelidad y...
—Quieres pases.
—Si no es mucha molestia.
—No lo es.
Ximena se inclinó un poco, sorprendida.
—¿De verdad?
—Puedo conseguirlos.
—¿Así de fácil?
—Conozco a uno de los inversionistas del crucero.
Ximena le apretó los hombros con más entusiasmo.
—Tú conoces a todo el mundo.
—Conozco a la gente necesaria.
*Qué insoportable. Qué útil. Qué guapo cuando se pone arrogante. Si además me consigue cabina con balcón, le perdono media vida de luces apagadas.*
Cristian se dejó masajear un momento más.
Los dedos de Ximena habían encontrado un ritmo peligroso: presión firme, pausa breve, un roce de uñas en la nuca que parecía accidental y no lo era. Él sabía que estaba negociando. Ella también sabía que él lo sabía. Aun así, el cuerpo traicionaba con facilidad la teoría.
—No tienes que hacer esto para pedirme algo —dijo.
—¿El masaje?
—Sí.
—Quería cuidarte.
*Quería boletos. Pero también cuidarte un poquito. Tienes los hombros hechos piedra y una espalda que debería estar registrada como patrimonio nacional.*
Cristian cerró los ojos un segundo.
—Ajá.
Sus dedos se hundieron con entusiasmo en sus hombros.
—Eres increíble.
*¡Sí! ¡Crucero! ¡Tres días de mar, comida, música, hombres guapos y cero suegras! Cristian Montalvo, hoy eres mi santo patrono de las escapadas.*
Cristian sostuvo la respiración.
—¿Irás con Valeria?
—Sí. Solo para ayudarla.
*Y para mirar. Mirar no es pecado grave. Bueno, depende de cómo estén los animadores del crucero.*
—¿Solo ustedes dos?
—Sí.
—¿No es peligroso?
—Val sabe cuidarse.
—Tú no.
—Ella estaría conmigo todo el tiempo.
—En un crucero lleno de gente desconocida.
—Precisamente por eso es útil mezclarse.
—No vas a mezclarte con nadie sin mí.
Ximena se quedó inmóvil.
—Eso sonó un poco autoritario.
—Lo fue.
*Ay, señor mandón. Si no estuviera arruinando mi plan de mirar hombres en traje de baño, hasta me parecería sexy.*
Ximena rodeó la cama y se sentó a su lado con expresión dolida.
—¿Tan inútil me ves?
—No dije inútil.
—Dijiste que no sé cuidarme.
—Porque no sabes.
*Sé esconder bóxers, arreglar interruptores, sobrevivir a Adriana y manejar un Ferrari sin llorar. Pero bueno, señor protector, sigue hablando con esa boca.*
Cristian tomó el celular.
—Mandaré pedir cuatro pases.
Ximena tardó un segundo en reaccionar.
—¿Cuatro?
—Tú, Valeria, yo y alguien de seguridad.
—No hace falta seguridad.
—Entonces Joaquín y Renata.
—¿Tú?
—Yo.
La sonrisa de Ximena se quedó fija, preciosa y vacía.
—¿Tú quieres ir?
—Dijiste que te gusta viajar conmigo.
—Sí, claro.
*No dije eso. ¿Lo dije? Seguro lo dije en modo esposa falsa. Qué tragedia. Adiós animadores. Adiós hombres de revista. Adiós plan de Val. Hola vigilancia con abdomen propio.*
Cristian deslizó el dedo por la pantalla.
—¿No te emociona?
—Muchísimo.
*Estoy enterrando mis sueños en el mar Caribe antes de zarpar.*
—¿Te gusta tanto estar conmigo?
Ximena le tomó la mano con una dulzura impecable.
—Claro. Eres mi esposo.
*Mi esposo, mi carcelero guapo, mi obstáculo con manos bonitas.*
—Entonces está decidido —dijo Cristian—. Iremos juntos.
El pensamiento de Ximena colapsó en un silencio absoluto.
Luego apareció uno solo, limpio, derrotado:
*Me mató.*
Cristian confirmó los pases con un mensaje y dejó el celular sobre la cama.
—Empaca mañana temprano.
Ximena asintió.
—Sí, Cristian.
*Me mató, me revivió con Ferrari y me volvió a matar.*
Él tomó la copa y bebió al fin.
Por primera vez en toda la noche, el vino le supo a victoria.
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