Valentina despierta sin recuerdos después de una caída. Lo único que tiene para entender su pasado es un diario lleno de pistas sobre el hombre que la cuidó desde niña.
Todos creen que ese hombre es Nico Montero, el chico que creció a su lado y que durante años pareció destinado a quedarse con ella. Pero Nico ya está cansado de cuidarla. Ahora ama a otra mujer y decide dejar a Valentina en manos de su hermano mayor, Sebastián.
Sebastián es serio, frío y demasiado protector. Valentina empieza a creer que las páginas de su diario hablan de él… y sin darse cuenta, se enamora del hombre equivocado.
O quizá del único correcto.
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Capítulo 18
Capítulo 18
Brindis por cinco materias
Valentina aprobó las cinco materias.
Lo supo en el pasillo del edificio de diseño, con Lucía a su lado y el celular temblándole en la mano.
—Pasé —dijo.
Lucía le arrancó el celular para revisar.
—Pasaste.
—Pasé.
—¡Pasaste!
Valentina gritó. Lucía también. Dos estudiantes las miraron mal y Valentina les enseñó la pantalla.
—¡Cinco de cinco!
Lucía le mandó un mensaje a Sebastián antes de que Valentina terminara de saltar.
"Las pasó todas."
Sebastián respondió:
"."
Lucía miró la pantalla.
—Tu hombre es un poeta.
En Torre Montero, Daniel vio a Sebastián leer el mensaje. El punto fue lo único que escribió, pero la esquina de su boca cambió.
—Felicitaciones a Valentina —dijo Daniel.
Sebastián bloqueó el celular.
—Mueve mis reuniones de la tarde.
—¿Todas?
—Todas.
Cuando Valentina llegó a La Hacienda, Sebastián estaba en casa.
Ella se quedó en la entrada.
—¿No trabajas?
—Ya trabajé.
Nana Carmen salió de la cocina con una fuente caliente.
—Hoy se celebra. Nadie pregunta más.
La mesa estaba llena: arroz, pollo al horno, ensalada, pan dulce, fruta y una botella de vino tinto. Valentina miró la botella.
—¿Puedo?
Sebastián respondió al mismo tiempo que Nana Carmen.
—No.
—Un poquito.
Valentina levantó ambas manos.
—Me gradué de cinco materias. Bueno, no me gradué, pero sobreviví.
Nana Carmen le sirvió media copa.
Sebastián la miró.
—Media.
—Qué generoso.
La primera media copa la hizo reír más de lo normal.
La segunda no debió existir.
Existió porque Nana Carmen se distrajo con una llamada y Valentina aprendió a servirse sola.
—Tú eres el mejor profesor —le dijo a Sebastián, apuntándole con el tenedor—. Si enseñaras en la universidad, todas reprobarían a propósito.
Sebastián le quitó la copa.
—Eso no tiene sentido.
—Tiene muchísimo sentido. Imagínate: tutorías con Sebastián Montero. Lista de espera de tres años.
—Come pan.
—No me cambies el tema.
—Estás borracha.
—Estoy celebrando.
Después de cenar, Valentina insistió en ver la ciudad de noche.
—Cinco minutos. En el auto. Sin vino.
Sebastián aceptó porque discutir con ella borracha era más cansado que manejar.
Detuvo el auto en un mirador cercano a La Hacienda. La ciudad se veía encendida bajo la colina. Valentina estuvo callada durante casi dos minutos.
—¿Estás mareada? —preguntó él.
Ella negó.
Luego desabrochó el cinturón.
—Valentina.
—No por fiebre.
Se movió hacia él, torpe pero decidida, y terminó sentada sobre sus piernas antes de que Sebastián pudiera abrir la puerta o apartarla sin hacerle daño.
Él levantó las manos.
—Bájate.
—No por sueños.
Valentina le tomó la cara entre las manos.
Olía a vino y a pasta dental de menta.
—No por el diario.
Sebastián dejó de moverse.
—Por mí —dijo ella.
Lo besó.
No fue un roce. No fue una pregunta. Valentina lo besó como si hubiese pasado todo el día juntando valor y el vino solo hubiera quitado el último seguro.
Sebastián no respondió al principio.
Tampoco la empujó.
Valentina deslizó una mano a su nuca y la otra al cuello de la camisa. Sus dedos entraron apenas bajo la tela y tocaron piel caliente.
Sebastián agarró su muñeca.
—Valentina, estás borracha.
Ella apoyó la frente en la suya.
—Borracha y sincera. ¿No es lo mismo?
—No.
—Entonces dime que no.
Sebastián la miró.
Valentina tenía los ojos brillantes, pero no perdidos. Lo estaba retando a mentirle.
Él bajó las manos.
Las puso en su cintura.
No para acercarla.
Para sostenerla.
Valentina sonrió contra su boca.
—Eso tampoco fue un no.
Sebastián cerró los ojos un segundo. Quería besarla otra vez. Quería demasiado, y justamente por eso apartó la boca.
—Te llevo a casa.
Valentina hizo un gesto de protesta.
—Qué aburrido.
—Mañana, cuando estés sobria, puedes reclamarme todo lo que quieras.
—Voy a reclamar.
—Lo espero.
La acomodó de nuevo en el asiento del copiloto y le abrochó el cinturón. Valentina siguió mirándolo con los labios hinchados y una felicidad torpe que le calentó la sangre, pero Sebastián arrancó el auto.
En La Hacienda, Nana Carmen abrió la puerta antes de que tocaran el timbre.
—Ya decía yo que esa media copa no iba a quedarse en media.
Valentina levantó un dedo.
—Aprobé cinco materias.
—Y mañana aprobará agua con limón.
Sebastián la acompañó hasta su cuarto, la dejó sentada en la cama y le puso un vaso de agua en el buró.
—Duerme.
—Sebastián.
Él se detuvo en la puerta.
—Mañana —dijo.
Valentina sonrió, medio dormida.
—Mañana.
Cuando cerró la puerta, Sebastián se quedó en el pasillo con el vaso de agua todavía en la mano. Nana Carmen apareció al fondo, envuelta en una bata.
—¿La niña ya está dormida?
—Casi.
—¿Y usted?
—También debería.
La nana lo miró de arriba abajo.
—Usted no tiene cara de sueño. Tiene cara de hombre que acaba de ganar una pelea y está triste por haberla ganado.
Sebastián bajó la voz.
—Quería besarla.
Nana Carmen no se escandalizó. Solo suspiró.
—Entonces hizo bien en traerla a dormir.
—No se lo dije para que me felicitara.
—No lo estoy felicitando. Le estoy recordando que querer también es esperar cuando toca.
Sebastián miró la puerta cerrada.
—¿Y si espera demasiado y la pierdo?
Nana Carmen se acomodó la bata.
—Entonces aprenda a hablar mientras espera.
Él soltó una risa sin humor.
—Todos parecen tener mejores respuestas que yo.
—Porque usted hace preguntas solo cuando ya le duele.
Sebastián bajó al estudio en vez de ir a su cuarto. Abrió la agenda, cerró la agenda, revisó el correo sin leerlo y terminó apoyado contra el escritorio.
El beso en el mirador todavía le quemaba la boca. No era solo deseo. Era la certeza incómoda de que Valentina, incluso sin memoria, estaba aprendiendo a mirarlo sin miedo.
Y él seguía tratándola como si cualquier paso suyo pudiera romperla.
A las tres de la mañana escribió una nota:
"Mañana hablamos."
La rompió.
No quería otra promesa pequeña. Quería cumplirla.