Soy Natalia Salazar. Tengo veintitrés años y jamás imaginé que una amistad de la infancia pudiera convertirse en algo más.
En Puerto Marina nadie pronunciaba el apellido Salazar sin bajar la voz. Mi padre era el hombre más temido de la ciudad, y crecer bajo su sombra significó vivir entre guardaespaldas, reglas y puertas cerradas. Mientras otros hacían amigos en la escuela o salían los fines de semana, yo aprendí a mirar el mundo desde lejos.
Pero no estaba completamente sola.
Tenía a Marcos y a Alex.
Nos conocíamos desde niños y, aunque rara vez podíamos vernos fuera de los eventos organizados por nuestras familias, ellos eran lo más parecido a una vida normal que había tenido.
Hasta aquella noche.
Lo vi entre la multitud y algo cambió.
No fue una mirada, ni una sonrisa, ni una palabra bonita. Fue algo peor: la sensación de que, por primera vez en mi vida, estaba a punto de desear algo que nunca debería haber querido.
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rusia
alex
La noche se había complicado bastante.
Atacaron a nuestra gente, que vigilaba la entrada de la autopista, y tuvimos que reaccionar rápidamente.
Logramos atrapar a varios de los tiradores que nos estaban atacando.
Los llevamos al sótano de la empresa y, mientras los interrogábamos, uno de ellos casi logró escapar.
Sentí cómo arrastraba un cuchillo por mi espalda intentando obligarme a soltarlo.
Lo sujeté con más fuerza y le disparé en el pie para hacerlo caer al suelo.
Ya habían pasado varias horas cuando finalmente pude regresar a casa.
Entré sin hacer demasiado ruido y fui directamente a mi habitación.
Cuando abrí la puerta, encontré a Natalia dormida, sentada sobre mi cama.
Me quedé mirándola unos segundos.
No podía creer que me hubiera esperado hasta quedarse dormida.
Entré a bañarme para quitarme toda la sangre que llevaba encima.
Cuando salí, la acomodé con cuidado sobre la cama y me acosté a su lado.
Un rato después se despertó sobresaltada.
Estaba muy enojada conmigo y, sinceramente, me encantaba verla así de preocupada por mí, aunque sabía que no era justo hacerla pasar por eso.
La convencí de que hablaríamos al día siguiente y, después de unos minutos, volvió a quedarse dormida entre mis brazos.
A la mañana siguiente nos fuimos a la empresa.
Cuando fui hasta su oficina, me recibió con un largo regaño por no haberle avisado que llegaría tarde.
Y, aunque intenté mantenerme serio, en el fondo me encantaba que se preocupara tanto por mí.
Cuando por fin se calmó, me soltó una bomba.
Había hablado con Marcos.
Y, por lo que entendí, él le había contado todo sobre nuestro pasado y sobre lo que sentía por ella.
No quise hablar del tema.
Simplemente guardé silencio, tomé uno de los papeles que estaban sobre su escritorio e intenté concentrarme en él.
Después de unos minutos, recibí un mensaje de Alejandro.
Miré a Natalia.
—amor, debo salir. Me llama tu padre.
Me miró fijamente y luego volvió su atención a los papeles.
Me levanté y salí de su oficina.
Cuando entré a la oficina de su padre, vi una carpeta roja sobre el escritorio.
Algo en mi intuición me decía que no podía ser nada bueno.
—Alex...
Mi jefe hizo una pausa y me extendió la carpeta.
—Voy a necesitar que viajes a Rusia.
Levanté la mirada de la carpeta.
—¿De qué se trata el trabajo, señor?
—Necesito que te infiltres en la compañía Volkov International.
Abrí la carpeta y comencé a revisar los documentos.
—Llevamos semanas detectando movimientos extraños. Alguien está intentando acceder a información confidencial de nuestras empresas y creemos que ellos están detrás de todo. Necesito que descubras qué están buscando, quién está involucrado y, si es posible, averigües quién está filtrando nuestra información.
Asentí.
—El trabajo está detallado en la carpeta.
—Sí, señor.
Me mantuve firme, aunque por dentro no dejaba de pensar en Natalia.
No sabía cómo iba a reaccionar cuando se enterara.
Tampoco podía contarle demasiado.
El trabajo era peligroso y, por seguridad, no podía decirle a nadie los detalles.
—Señor...
—¿Sí?
—Quería pedirle permiso para ir a cenar con Natalia, si no le molesta.
Sonrió ligeramente.
—Claro que no. Vayan tranquilos.
Asentí y salí de la oficina.
Rápidamente hice una reservación en un restaurante. Quería que fuera una noche tranquila, solo para nosotros dos.
Después regresé a la oficina de Natalia.
Ella seguía concentrada llenando papeles.
—Natalia.
Levantó la cabeza.
—¿Qué pasa?
—¿Quieres ir a cenar conmigo cuando termines?
—¿A dónde?
—A un restaurante que sé que te va a gustar.
Sonrió.
—Bueno.
Estábamos en el restaurante, cenando tranquilamente, cuando de repente Natalia me dijo que quería contarme algo.
—Quiero decirte algo.
Asentí, confundido.
—¿Qué pasa?
—Después te digo.
No insistí.
Terminamos de cenar y salimos del restaurante.
Mientras caminábamos hacia el auto, recordé sus palabras.
—¿Qué me querías decir?
Se acercó a mí.
—Que tengo muchas ganas y no sé cuánto tiempo más pueda seguir aguantando.
Me susurró aquellas palabras cerca del oído.
Sentí cómo mi cuerpo reaccionaba inmediatamente y aceleré el paso, aunque no en dirección a la casa.
Natalia notó el cambio de rumbo.
—Este no es el camino. ¿A dónde vamos?
La miré de reojo.
—A mi apartamento.
Hice una pausa
—si te voy a coger duro, no quiero que nadie escuche gemir a mi mujer
Una vez en el apartamento, apenas tuvimos tiempo de pensar en otra cosa.
la levanté de la cintura y la llevé directo a la cama
Le saqué la blusa y el pantalón que dejaban ver un hermoso conjunto de encaje color vino
La acerqué a mi estirándola de las piedras hacia la orilla de la cama
Me bajó el pantalón y empezó a succionar
Estaba a punto de terminar y la acosté y se lo introduje de una
Empecé a moverme duro
Ella empezó a gemir fuerte
Se quería agarrar fuerte de mi espalda pero evitaba tocarme la herida
pase mi brazo por su espalda y la acerqué a mi pecho para que no temiera agarrarme
—alex
me exitaba que gimiera mi nombre
—alex
Repitió otra vez
—dime
—quiero más
Empecé a moverme más rápido hasta que se terminó
—quiero más
Dijo con la voz un poco agitada
eso más me exitaba
La puse en cuatro y le di duro para que la sintiera hasta el fondo
—¿asi mi reina hermosa?
ella simplemente gemia más fuerte
Nos terminamos juntos
Le bese la espalda y nos acostamos
La miré.
—Natalia...
—¿Sí?
Su respiración todavía estaba agitada.
—debo decirte algo
—¿que?
—Tu padre me dijo que debo ir a Rusia.
Se giró y me miró fijamente.
—¿Cuándo? ¿Y cuánto tiempo?
—No lo sé. No sé cuándo debo irme y tampoco sé cuándo voy a volver.
Su expresión cambió.
—¿Pero qué tienes que ir a hacer?
Negué con la cabeza.
—No puedo decírtelo. Te pondría en peligro a ti y a todos los demás.
Asintió lentamente.
Pero pude notar cómo su mirada cambiaba.
Le dolía que tuviera que irme tan lejos.
Me acerqué a ella y tomé su mano.
—Quiero que salgamos más seguido antes de que me digan que debo irme.
—Claro.
Volteó la mirada hacia el techo.
Durante unos segundos permanecimos en silencio.
el ambiente se sentía tenso
cambie la conversación
—¿Te puedo preguntar algo?
—¿Qué?
—¿Qué significa tu tatuaje? Jamás habría imaginado que fueras una persona a la que le gustaran los tatuajes.
Suspiró y largo una pequeña sonrisa
—Cuando era niña, nadie me hablaba. Llegué a pensar que jamás tendría un amigo hasta que ustedes llegaron.
Bajó la mirada.
—Después se fueron y creí que todo volvería a ser igual que antes. Pero, con el tiempo, me di cuenta de algo. No importa si tengo amigos o no. No importa lo que pase ni cuántas personas se alejen de mí... yo jamás voy a dejar de brillar.
La miré atentamente.
—Eso significa. No dejar de brillar y no dejar de ser yo misma, por más que la gente me esquive o piense que por estar cerca de mí podría pasarle algo.
La miré fijamente.
No pude evitar acercarme y besarla.
—Jamás volverás a estar sola.
Me levanté de la cama y la alcé entre mis brazos.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿A dónde me llevas?
—A la ducha. Tenemos que ir a tu casa.
Nos bañamos juntos y después nos fuimos.
Cuando llegamos a su casa, pedimos algo para comer.
Esperamos hasta que todos se fueron a dormir.
Entonces, cuando la casa quedó en silencio, me dirigí nuevamente a su habitación.
Esa noche dormimos juntos.
Y, por primera vez desde que recibí la noticia del viaje, intenté no pensar en Rusia.
Solo quería disfrutar de unas horas más junto a ella antes de que nuestro tiempo juntos volviera a convertirse en una cuenta regresiva.