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Fuera De Juego Y Negocios

Fuera De Juego Y Negocios

Status: En proceso
Genre:Romance de oficina / Romance / CEO
Popularitas:231
Nilai: 5
nombre de autor: Esme libros

Elena solo quería salvar su carrera con un prototipo de cáñamo, pero Aksel Larsson está acostumbrado a ganar cada partido que juega, y esta vez, su objetivo es ella. Una historia corporativa de cocción lenta, ambición y secretos a voces donde las reglas del juego están a punto de cambiar para siempre.

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Capítulo 13

Para el miércoles por la tarde, la perfecta y protectora burbuja de privacidad que Aksel y yo habíamos construido con tanto cuidado en el jardín del restaurante se reventó de la manera más cruda, ruidosa y repentina posible. La alarma del laboratorio del taller comenzó a sonar con un pitido agudo e intermitente justo a las tres de la tarde, inundando el sótano con una vibración de pánico.

Una de las máquinas de tracción principales, la encargada de someter a pruebas de esfuerzo la resistencia del nuevo hilo biodegradable de cáñamo, se había bloqueado por completo. Al acercarme corriendo, se me cayó el alma al piso: el prototipo de tela de la nueva colección cápsula se estaba desgarrando por completo antes de alcanzar siquiera los límites estándar mínimos exigidos por la junta directiva. Sentí un frío terrible en el estómago. Si ese material orgánico no pasaba la certificación técnica rigurosa esa misma semana, la Dirección General cancelaría el financiamiento de inmediato y todo nuestro esfuerzo iría a parar a la basura.

Estaba completamente rodeada de planos técnicos esparcidos por doquier, con las manos manchadas de una molesta grasa mecánica negra y el cabello recogido de prisa en un chongo improvisado que amenazaba con desarmarse, cuando escuché el eco de unas zancadas rápidas en la escalera.

Aksel bajó los escalones de tres en tres. Esta vez no venía respaldado por sus comitivas habituales, ni por los secretarios, ni por los gerentes de zona. Venía completamente solo, con la corbata floja, las mangas de su camisa blanca remangadas de manera descuidada hasta los codos y una expresión de pura concentración competitiva en el rostro, idéntica a la que ponía cuando el marcador iba en contra.

—Marcus me notificó el fallo del laboratorio desde la planta alta —dijo Aksel sin preámbulos, cerrando la pesada puerta de seguridad del taller detrás de él con un golpe seco. Su voz denotaba la urgencia cruda de quien se niega rotundamente a perder—. Dime que tenemos una solución viable, Elena. La junta directiva ya está pidiendo el reporte final del proyecto para mañana a primera hora. No nos van a dar más tiempo.

—El problema no tiene nada que ver con el diseño textil, Aksel, es la velocidad de torsión del hilo en la hiladora antigua que tenemos relegada en este sótano —expliqué con frustración, pasando una mano limpia por mi frente y señalando con urgencia los gráficos rojos que parpadeaban en la pantalla de la computadora—. La fricción excesiva sobrecalienta la fibra orgánica durante el proceso y la debilita desde la raíz. Necesito recalibrar los algoritmos de tensión de la máquina manualmente y limpiar los engranajes, pero hacer eso me va a tomar toda la noche entera.

Aksel dio unos pasos largos y se acercó a la mesa de control, analizando las columnas de números y códigos con una rapidez mental que no dejó de sorprenderme. Se colocó justo a mi lado, tan cerca que su hombro rozaba el mío. Su imponente cercanía física y su calor natural me enviaron una descarga de energía directa al pecho que me quitó el cansancio y el agobio de golpe.

—Entonces nos quedamos toda la noche —sentenció él, girándose para mirarme con una seguridad tan absoluta que no admitía réplicas—. Marcus quería aprovechar esto para mandar a un equipo técnico externo a supervisar el área y quitarte el control, pero subí a la dirección y le dejé claro que la ingeniera a cargo eras tú y que yo respaldaba tu criterio por encima de cualquiera. Vamos a resolver esto solos, Elena. Tú y yo.

Trabajar codo a codo con él bajo una presión tan sofocante fue una auténtica revelación. Aksel no se limitó a quedarse de pie observando o dando órdenes como cualquier otro alto ejecutivo; se agachó conmigo, me ayudó a mover los pesados rodillos de acero de la hiladora, limpió con paciencia los excedentes de fibra quemada y asimiló mis explicaciones técnicas sobre polímeros y resistencia con una facilidad asombrosa, como si fuera un ingeniero más del taller.

Pasamos horas eternas discutiendo sobre tensión, temperatura ambiente y comportamiento de los materiales orgánicos. A las dos de la mañana, mientras esperábamos con el alma en un hilo que la máquina realizara la tercera prueba de esfuerzo crucial, nos dejamos caer exhaustos en el suelo del taller, apoyados contra la fría pared de concreto y compartiendo una simple botella de agua que pasaba de sus manos a las mías.

La profunda admiración que ya sentía por él en ese momento mutó en algo mucho más denso y definitivo: una confianza ciega. Ya no era solo el hombre poderoso que me había besado con una desesperación maravillosa en el jardín del restaurante; era el socio incondicional que se manchaba las manos conmigo y que no me dejaba sola en el borde del fracaso.

—Gracias por confiar en mí de esa manera frente a Marcus —dije en un susurro, rompiendo el eco del taller mientras contemplaba mis dedos sucios de grasa—. Sé perfectamente que hay muchos ojos vigilándonos en la tienda y que esto es arriesgado.

Aksel giró la cabeza despacio hacia mí. A pesar de las marcadas ojeras de cansancio, sus ojos azules brillaban con una intensidad protectora y fiera. Dejó la botella a un lado y, sin importarle en lo más mínimo la suciedad o la grasa negra, tomó mi mano entre las suyas con una firmeza abrumadora.

—Confío en tu talento más que en nada en este mundo, Elena. Y respecto a los ojos de los demás... que miren todo lo que quieran. No voy a permitir que nadie sabotee tu trabajo ni lo que estamos construyendo aquí abajo.

El pitido continuo de la máquina de tracción interrumpió la atmósfera. Nos levantamos del suelo de un solo golpe, con el corazón en la boca, y corrimos hacia la pantalla principal. Al llegar, nos quedamos mudos. El gráfico mostraba una línea verde perfecta, ascendente y firme: el hilo recalibrado había resistido un 40% más de presión de lo requerido por la estricta norma de calidad. Lo habíamos logrado. El proyecto estaba salvado.

Giré a verlo con una sonrisa enorme de puro alivio y, en un arranque de júbilo absoluto, Aksel me tomó por la cintura y me levantó del suelo en un abrazo firme, estrechándome contra su pecho con una fuerza que me quitó el aliento. Al bajarme despacio, sus manos permanecieron en mis caderas y nos quedamos a escasos centímetros de distancia, respirando de forma agitada, con la adrenalina a tope y los rostros muy juntos.

Estuvimos a punto de acortar la distancia, pero la luz intermitente de la cámara de seguridad en la esquina del techo nos recordó dónde estábamos. No nos besamos porque sabíamos que el peligro colateral era demasiado alto, pero la mirada cargada de orgullo, alivio y una posesión profunda que me dedicó me dejó claro que el vínculo entre nosotros se había vuelto completamente indestructible esa madrugada. El proyecto estaba a salvo de la junta directiva, pero la complicidad que ahora compartíamos entre los percheros y las máquinas era un peligro inminente para el secreto de la oficina.

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