"No estoy adaptado a ser padre" no es una historia de amor incondicional desde el primer latido. Es la historia de un hombre que mira a su hijo recién nacido y siente... nada. Y que tarda cinco años en aprender que esa nada no es ausencia de amor, sino pánico disfrazado de indiferencia.
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CAPÍTULO 11: "Dormir es para débiles"
Llevábamos tres noches en casa. Tres noches de llantos, biberones, pañales y una sensación constante de que el tiempo se había vuelto líquido, resbaladizo, imposible de atrapar. Yo había dormido, en total, unas seis horas repartidas en fragmentos de veinte minutos. Ana, que amamantaba cada dos horas, había dormido aún menos.
Pero aquella noche, la cuarta, fue la peor.
El bebé —aún sin nombre, porque ninguno de los que habíamos barajado nos parecía digno de aquella criatura que lloraba sin tregua— empezó a gritar a las dos de la madrugada. No era un llanto normal. Era un alarido desgarrado, como si alguien estuviera clavándole alfileres. Yo salté de la cama —dormía en el sofá, porque Ana necesitaba espacio y porque yo aún no sabía compartir cama— y corrí a la habitación beige.
—¿Qué le pasa? —pregunté, con la voz ronca.
Ana ya estaba allí, con el bebé en brazos, meciéndolo con una paciencia que yo no entendía.
—No lo sé —respondió—. Tiene hambre, creo. Pero no quiere mamar.
—¿Cómo que no quiere mamar?
—Que no quiere. Que se niega. Que llora y se retuerce y no hay manera.
Lo cogí. Lo sostuve contra mi pecho, como había aprendido en el hospital, y caminé de un lado a otro de la habitación. El bebé lloraba. Yo caminaba. El bebé lloraba más fuerte. Yo caminaba más rápido.
—Cántale —dijo Ana, desde la cama.
—No funciona.
—Prueba.
Y entonces, con la voz rota y la paciencia agotada, empecé a tararear la misma canción de los ochenta que había funcionado en el hospital. "Imagine". Otra vez. Pero esta vez no funcionó. El bebé siguió llorando, cada vez más fuerte, como si mi voz fuera un irritante en lugar de un consuelo.
—No sirve —dije, dejándolo en la cuna—. No sé qué hacer.
—No lo dejes —dijo Ana, incorporándose—. No lo dejes llorar solo.
—¿Y qué hago?
—Sostenerlo. Aunque llore. Sostenerlo.
Lo cogí de nuevo. No caminé. No canté. Solo lo sostuve contra mi pecho, sintiendo su cuerpecito diminuto temblar con cada sollozo. Pasaron cinco minutos. Diez. Quince. El bebé seguía llorando, y yo seguía sosteniéndolo, sintiendo que cada lágrima suya era una acusación.
Y entonces, de repente, se calló.
No fue gradual. Fue como si alguien hubiera pulsado un botón. Un segundo lloraba, y al siguiente, sus ojos se cerraron y su respiración se hizo profunda y rítmica. Se había dormido. Agotado, como yo. Pero dormido.
Lo dejé en la cuna con cuidado, como quien coloca una bomba que puede estallar en cualquier momento. Y me senté en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, y me quedé mirando el techo.
—¿Estás bien? —preguntó Ana, desde la cama.
—No.
—¿Quieres hablar?
—No sé ni qué decir. —Apoyé la cabeza en las rodillas—. Es que no puedo. No puedo con esto. No puedo con las noches, con el llanto, con no saber qué hacer. No puedo.
Ana se levantó de la cama —con esfuerzo, porque aún le dolía la episiotomía— y se sentó en el suelo a mi lado. No dijo nada. Solo puso su mano sobre la mía y esperó.
—¿Sabes lo que he hecho hoy? —dije, al cabo de un minuto—. He googleado "cómo calmar a un bebé que llora sin razón". Y he encontrado cincuenta respuestas diferentes. Cincuenta. Todas contradictorias. Una decía que lo abrazaras, otra que lo dejaras llorar, otra que le pusieras música, otra que le hicieras masajes, otra que le dieras un baño caliente, otra que lo sacaras a pasear en coche. Cincuenta respuestas. Y ninguna funciona.
—Porque no hay respuestas —dijo Ana—. Solo pruebas.
—Pero yo no sé probar. Yo necesito saber.
—Pues no saber. Esa es la parte más difícil.
Me quedé callado. Sus palabras, tan simples, tan obvias, me golpearon con la fuerza de una revelación. Siempre había necesitado certezas. Siempre había huido de la incertidumbre. Y ahora, la vida me había puesto frente a la incertidumbre personificada: un bebé que lloraba sin motivo, que no seguía manuales, que no se ajustaba a mis listas.
—¿Sabes qué es lo peor? —dije.
—Dime.
—Que cuando me despierto por la noche y lo oigo llorar, lo primero que siento es rabia. Rabia por haberme despertado. Rabia por no poder dormir. Rabia porque he perdido mi vida.
Ana no se sorprendió. No se ofendió. Solo apretó mi mano un poco más fuerte.
—Es normal —dijo.
—¿Normal?
—Sí. Todos los padres sienten rabia. Todos sienten que han perdido algo. Lo que pasa es que nadie lo dice. Porque se supone que tienes que sentir amor incondicional desde el primer momento. Y si no lo sientes, eres un monstruo.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Tú sientes rabia?
Ana guardó silencio unos segundos. Luego, con la voz baja, respondió:
—A veces. Cuando no puedo dormir. Cuando me duele todo. Cuando él llora y no sé por qué. Siento rabia. Siento que mi cuerpo ya no es mío, que mi tiempo ya no es mío, que todo lo que era ya no soy yo.
—¿Y cómo lo llevas?
—No lo llevo. Lo sobrevivo. Y luego, cuando él se duerme y lo miro, siento que vale la pena.
—¿Pero sientes que vale la pena?
—No siempre. A veces no. Pero luego sí.
Esa noche, cuando Ana volvió a la cama y yo me quedé en el sofá, no pude dormir. El bebé se despertó dos veces más, y yo lo cogí, lo sostuve, lo acuné, lo paseé por la habitación como un zombi. En algún momento, entre la segunda y la tercera vez, me encontré a mí mismo llorando.
No era un llanto fuerte. Era un llanto silencioso, de esos que no hacen ruido pero que te dejan vacío. Lloraba por mi vida perdida. Lloraba por las noches que ya no tendría. Lloraba por el hombre que había sido y que ya no iba a ser.
Pero mientras lloraba, el bebé se quedó dormido en mis brazos. Y yo, con las lágrimas aún en los ojos, lo miré. Su carita arrugada, sus manitas diminutas, su respiración suave y regular. Y sentí que, aunque todo fuera un caos, aunque no estuviera adaptado, aunque no supiera hacer nada, allí estaba.
Era poco. Pero era suficiente.
Antes de dormirme —porque al final me dormí, en el sofá, con el bebé sobre mi pecho— abrí el bloc de notas y escribí:
"Cuarta noche. No he dormido. He googleado respuestas que no existen. He sentido rabia. He llorado. Pero al final, cuando se ha dormido en mis brazos, he sentido algo. No sé si es amor. Pero es algo."
Luego debajo:
"Quizás adaptarse no es dejar de sentir rabia. Es aprender a sentirla y quedarse igual."
Cerré el bloc y cerré los ojos. El bebé seguía dormido sobre mi pecho, caliente y pequeño y frágil. Y yo, que no estaba adaptado a ser padre, descubrí que el sueño —ese lujo que había dado por perdido— era solo una parte de la ecuación. La otra parte era estar despierto. Y aprender a estar despierto.
Dormir es para débiles. Pero quedarse despierto, descubrí, es para valientes.