En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer
NovelToon tiene autorización de Marion Cecilia Coloma Aguirre para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 20 Título: Bajo la lluvia, hasta el amanecer
Esa tarde salí del colegio con el corazón apretado
Ella continuaría con su vida en paz, tal como se merecía, y yo sería quien tendría que aprender a vivir lejos, sin estorbar.
Caminaba despacio por las calles de Maipú, perdido en mis pensamientos, cuando al doblar una esquina cerca de su casa, la vi.
Allí estaba, caminando con pasos lentos, la espalda un poco encorvada, vestida con ropa sencilla y sin ese toque de color rosa que antes la hacía brillar.
Su cabello rubio caía sin brillo y sus ojos verdes miraban fijo al suelo, como si quisiera pasar desapercibida ante cualquiera que se cruzara en su camino.
El corazón me dio un vuelco y, sin pensarlo dos veces, eché a andar detrás de ella.
No corrí, temiendo asustarla, pero acorté la distancia poco a poco, con la única intención de verla un momento más, aunque no tuviera derecho a hablarle.
Ella notó mis pasos y se detuvo en seco.
Se giró despacio, y cuando sus ojos se encontraron con los míos, vi en ellos solo dolor, miedo y una distancia infranqueable.
Ya no había rastro de la ternura de antes, solo una barrera que yo mismo había levantado con mis propias manos.
—¿Qué haces aquí? —
me dijo con voz temblorosa, pero firme, levantando una mano como para mantenerme alejado—.
Ya te dijeron que no te acerques más.
—Solo quería verte un instante —respondí con la voz quebrada por la culpa—.
Sé que no tengo excusas, sé que lo que hice no tiene perdón fácil, pero no puedo evitarlo…
Ella negó con la cabeza, y las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas, pero no se dejó ablandar.
Me habló con una claridad que me atravesó como una lanza fría:
—Escúchame bien, Nicolás, y que quede claro para siempre: no me busques nunca más.
No vengas a mi casa, no me esperes en la calle, no preguntes por mí a nadie.
Ya no somos nada, y quiero que desaparezcas de mi vida para siempre.
No esperó mi respuesta.
Dio media vuelta y siguió caminando más rápido, hasta llegar a la puerta de su casa.
Entró sin mirar atrás ni un segundo y cerró con fuerza, dejándome solo en la vereda.
En ese mismo instante, el cielo que había estado gris y pesado todo el día se rompió de golpe.
Empezó a llover con furia: primero unas gotas gruesas y frías, y luego un aguacero que caía sin parar, empapándome en cuestión de segundos.
El viento soplaba fuerte, moviendo los árboles y trayendo un frío que calaba hasta los huesos, pero yo no me movía de allí.
Me quedé parado frente a su puerta, bajo la lluvia, sin importarme que el agua me empapara por completo, que me temblara el cuerpo o que la ropa se me pegara a la piel.
Pasaron las horas.
La tarde se convirtió en noche, las luces de las ventanas de la casa se encendieron una por una y luego se fueron apagando poco a poco, pero yo seguía allí, inmóvil.
El agua corría por mi cara, mezclándose con mis propias lágrimas, y en mi mente no dejaba de repetir sus palabras: “no me busques nunca más”.
Sentía que, si me iba, estaba aceptando definitivamente que la había perdido, pero si me quedaba, al menos tenía la ilusión de estar cerca, aunque fuera solo a unos metros de distancia, separado por una puerta cerrada y por todo el daño que había causado.
La lluvia no cesó en toda la noche.
Hacía un frío intenso, y sentía que mis extremidades se entumecían poco a poco, pero el dolor del alma era mucho más fuerte que cualquier malestar físico.
De vez en cuando, levantaba la vista hacia la ventana de su habitación, esperando ver una sombra o una luz encendida, cualquier señal de que ella sabía que estaba allí, pero todo permanecía en silencio y oscuridad.
Nadie salió, nadie me dijo nada, y yo no tuve valor para llamar ni para golpear la puerta después de lo que ella me había ordenado.
Así pasé toda la noche, parado en la misma vereda, bajo la lluvia interminable, sintiendo que cada gota que caía sobre mí era un castigo merecido por haber creído mentiras, por haber perdido el control, por haber destrozado el amor más puro que había conocido.
Me quedé allí hasta que amaneció, hasta que el cielo empezó a aclarar y la lluvia se transformó en una bruma fina y húmeda, sin moverme ni un solo paso en todo ese tiempo.
Esa noche bajo la lluvia me quedó grabada para siempre: ella seguía en su lugar, en su colegio, con su vida entera por delante, y yo era el único que debía asumir su error y alejarse para siempre.