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El precio de desafiar al heredero

El precio de desafiar al heredero

Status: Terminada
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.

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Capítulo 17

La fiebre llegó un jueves a las tres de la tarde, como un invitado que nadie esperaba.

Emilia estaba en la ANBA tallando cuando las manos le empezaron a temblar. Primero pensó que era cansancio — las últimas noches había dormido mal, y la víspera se había saltado la cena para terminar la pluma catorce del fénix. Pero cuando la gubia se le resbaló y le hizo un corte en el pulgar, supo que algo no estaba bien.

Sergio la llevó al departamento. Doña Rosa le puso el termómetro: 38.7°C.

—A la cama, señorita Emilia. Ahora.

—No es nada, Doña Rosa. Es un resfriado.

—Eso lo decide el doctor, no usted. Al joven Sebastián ya le avisé.

Emilia se metió a la cama con la sensación de que Doña Rosa y Sebastián tenían un sistema de comunicación más eficiente que el del ejército. A las cuatro y media, Sebastián entró al departamento. Eran las cuatro y media de la tarde de un jueves — en horario normal, estaría en una junta de consejo revisando cifras trimestrales. Que estuviera ahí significaba que había cancelado todo.

—¿Cómo te sientes? —Le puso la mano en la frente. Fría contra su piel caliente. Emilia cerró los ojos.

—Terrible.

—¿Comiste hoy?

—Desayuné.

—¿Qué desayunaste?

—Café.

—Solo café.

—Y una galleta.

Sebastián no dijo nada. No necesitaba. La conexión entre saltarse comidas, desvelarse tallando y la fiebre de 38.7°C era tan evidente que verbalizarla habría sido un insulto a la inteligencia de ambos.

Le trajo la medicina — un jarabe amargo color ámbar que sabía a metal y a arrepentimiento. Emilia lo tomó con una mueca que le arrugó toda la cara.

—Sabe horrible.

—Las medicinas no tienen que saber bien. Tienen que funcionar.

—Las dos cosas no son excluyentes. Podrían inventar un jarabe que sepa a mango.

—Tómatelo.

Emilia se lo tomó. Hizo otra mueca. Sebastián le pasó un vaso de agua y le acomodó las almohadas.

A las seis, la fiebre subió a 39°C. Emilia temblaba debajo de dos cobijas y sentía los huesos como si alguien los hubiera rellenado de arena caliente. Sebastián le tomó la temperatura cada hora con un termómetro digital que leía en tres segundos. Le preparó un caldo de pollo con zanahoria y papa — de los que Doña Rosa preparaba, pero que esta vez Sebastián calentó y sirvió personalmente, sentado al borde de la cama con el plato en las manos, dándole cucharadas como si fuera una niña.

—Puedo comer sola —protestó Emilia, con la voz ronca.

—Puedes. Pero no vas a hacerlo.

Emilia comió el caldo. Le supo a sal y a cuidado — dos sabores que, en la cocina de Sebastián, siempre iban juntos.

La noche fue larga. La fiebre no bajó de 38.5°C y Emilia entraba y salía de un sueño pegajoso e incómodo, lleno de imágenes sin sentido — el fénix de cedro que cobraba vida y volaba, la regla de madera que se convertía en un puente, Sebastián que la miraba desde el otro lado de una ventana que ella no podía abrir.

A las dos de la mañana, delirando ligeramente, extendió la mano desde la cama y agarró la de Sebastián. Él estaba sentado en la silla junto a su cama, con la laptop apagada y los ojos abiertos.

—No te vayas —murmuró.

No se fue. Se quedó toda la noche con su mano entre las suyas, sin soltar, sin moverse, sin dormir. A ratos le cambiaba el paño frío de la frente. A ratos le tomaba la temperatura. A ratos simplemente la miraba respirar, con la atención de alguien que está contando algo precioso. Las ojeras que traería al día siguiente serían la prueba de que Sebastián Mendoza, que le exigía a ella dormir antes de la una, era capaz de quedarse despierto toda la noche si ella lo necesitaba.

---

Al tercer día, la fiebre bajó a 37.2°C. Emilia se sentía mejor — débil, pero funcional. Sebastián la miró con los ojos inyectados de cansancio.

—Esto es exactamente lo que pasa cuando no cuidas tu cuerpo. ¿Ahora entiendes por qué insisto?

Emilia asintió. Y por primera vez, lo entendió de verdad — no como una imposición, no como un capricho autoritario, sino como la preocupación genuina de un hombre que no sabía expresar el amor de otra manera que no fuera asegurándose de que ella comiera, durmiera y se cuidara. Las reglas no eran cadenas. Eran manos extendidas.

—Lo siento —dijo, y lo decía en serio.

Sebastián asintió. Le pasó la medicina de la mañana. Emilia se la tomó sin quejarse, tragó la mueca y bebió agua.

Pero a la hora del almuerzo, cuando Sebastián fue a la cocina a calentar el caldo, Doña Rosa lo esperaba junto al fregadero con una expresión que Emilia no alcanzó a ver desde la cama.

—Joven Sebastián —dijo Doña Rosa en voz baja—. El fregadero.

Sebastián miró el fregadero. Después miró a Doña Rosa.

—¿Cuántas veces?

—Siete, joven. Encontré residuos de jarabe siete veces. La señorita lo tiraba cuando usted no estaba viendo y se servía jugo de manzana en el vaso para que pareciera que se lo había tomado.

El silencio que siguió fue del tipo que precede a los terremotos — breve, denso, cargado de una energía que busca salida.

Sebastián fue a la habitación de Emilia. Se paró en la puerta. Emilia, que estaba revisando su teléfono con la cobija hasta la barbilla, levantó la vista y supo. Lo supo por la forma en que él estaba parado — los hombros rectos, la mandíbula apretada, los ojos que ya no eran cálidos. Eran los ojos de la sala de juntas.

—¿Te tomaste la medicina esta mañana?

—Sí —dijo Emilia. Y la mentira le supo peor que el jarabe.

—Hablaremos de esto cuando estés bien.

Seis palabras. Voz baja. Sin volumen, sin amenaza explícita. Pero la promesa implícita en ese "hablaremos" le cayó en el estómago como una piedra fría.

Emilia se tapó hasta los ojos. Afuera, la ciudad seguía su ritmo indiferente. Adentro, el departamento olía a caldo de pollo y a un jarabe que ella debería haberse tomado.

La regla de madera estaba en algún lugar de ese departamento. Y "cuando estés bien" era una cuenta regresiva que ya había empezado.

1
Mirta Bernaccki
no entiendo bien. ambos padres decidieron por ellos a casarlos y de pronto están viviendo en el mismo techo, q paso con Beatriz y Patricia? media descabellada está novela. leo un poco más pero creo q la corto. no entiendo está trama rara
Gladys Medina
me disculpan pero no entiendo porque tiene que pegarle como si fuera una niña y el su papá, me lo podría alguien explicar por favor
Gladys Medina
que me disculpe la escritora pero todavía no entiendo la novela ni la actitud de Emilia no se la leo pero sigo en las nebulosas, hay cosas que no me cuadran, logico, no escribe solo para mi pero no sé
Gladys Medina
no entiendo, porque se fue a vivir con el, no se han casado, que paso quede en las nebulosas sinceramente, me salte alguna hoja, Dios
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