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El Contrato de un Billonario

El Contrato de un Billonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor prohibido / Mujer fuerte/hombre frágil / Atracción entre enemigos
Popularitas:24.5k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14

Alergia al mango

—¿Puedes dármelo?

Valentina no preguntó qué.

Esa fue su única defensa.

Si preguntaba, Santiago iba a contestar. O peor: no iba a contestar y la dejaría imaginando. Así que hizo lo único que todavía podía hacer con dignidad: tomó aire, dio un paso atrás y levantó la bandeja del comedor.

—Si necesita algo relacionado con el servicio de la suite, puede pedirlo por recepción.

Santiago se quedó junto al ventanal, medio rostro borrado por la oscuridad.

—Qué respuesta tan profesional.

—Estoy en horario laboral.

—Siempre encuentras un uniforme cuando quieres esconderte.

Valentina apretó la bandeja.

—Y usted siempre encuentra una frase para parecer profundo cuando solo está siendo cruel.

Él no respondió.

Eso la dejó salir.

En la sala, el plato de huevos a la mexicana seguía a medio comer. Valentina lo cubrió sin mirar demasiado, recogió la corbata doblada del respaldo de la silla y la colgó en el clóset. Cuando abrió el minibar para guardar una botella de agua, vio una hilera de yogures enviados por la cocina: natural, fresa, mango.

Mango.

La palabra le dio un tirón extraño, pero no se detuvo.

—Buenas noches, señor Reyes.

—Valentina.

Ella se quedó en la puerta.

Santiago había salido del dormitorio. En la mano tenía un vaso de yogur de mango, recién abierto.

Valentina frunció el ceño.

—¿Va a cenar eso después de los huevos?

—Dijiste que el mango era alegre.

La frase le golpeó un recuerdo que no había autorizado.

—Eso fue hace siglos.

—Algunas tonterías sobreviven.

Él bebió.

No mucho. Un trago nada más.

Luego dejó caer el vaso.

El yogur se estrelló contra el piso de madera, amarillo pálido sobre el brillo impecable. Valentina dio un paso por reflejo.

—¿Qué le pasa?

Santiago apoyó una mano en el respaldo del sofá. No parecía sorprendido. Eso fue lo peor.

—Nada.

—Se le cayó el vaso.

—Lo vi.

—Está pálido.

—Esta noche no será agradable.

Valentina se quedó helada.

—¿Qué significa eso?

Santiago tomó una servilleta de la mesa, se limpió la boca y caminó hacia el dormitorio como si acabara de anunciar lluvia, no una posible emergencia médica.

—Vete.

—No me dé órdenes raras después de ponerse blanco.

—No es tu problema.

—Trabajo aquí. Si se muere en la suite, me van a hacer llenar un reporte.

Esta vez sí la miró.

—No me voy a morir.

—Qué alivio para el departamento legal.

Santiago entró al dormitorio y cerró la puerta.

Valentina se quedó con el desastre en el piso, el olor dulce del mango y una inquietud clavada bajo la lengua. Limpió el yogur con demasiada fuerza. Revisó el minibar otra vez. Mango. Mango. Mango. ¿Por qué pediría mango si reaccionaba así?

Porque era Santiago.

Porque hacía cosas absurdas con cara de contrato.

A la una de la madrugada, el teléfono del cuarto de guardia sonó.

Valentina despertó con Canela en la cabeza, hasta recordar que Canela no estaba allí. Era la almohada dura del hotel y el cuarto estrecho de personal. El teléfono seguía sonando.

—¿Bueno?

La voz de recepción nocturna sonó tensa.

—Señorita Estrada, disculpe la hora. El señor Reyes pidió que suba a la suite.

Valentina se incorporó de golpe.

—¿Qué pasó?

—No quiso especificar.

—Claro que no.

Colgó, se puso los zapatos sin calcetines y subió con el corazón golpeándole más fuerte de lo razonable. El pasillo del piso dieciocho estaba vacío. La tarjeta abrió la suite con un pitido demasiado alto.

—¿Señor Reyes?

—Aquí.

La voz venía del dormitorio.

Valentina entró y se quedó sin aire.

Santiago estaba sentado en el borde de la cama, sin camisa, con la bata abierta sobre los hombros. Tenía ronchas rojas en el pecho, el cuello, los brazos. No pequeñas. No discretas. Placas inflamadas que le subían hacia la mandíbula y le cubrían la piel como un mapa cruel.

—Dios mío.

Él levantó la vista.

—No exageres.

—¡Está cubierto de ronchas!

—Ya tomé antihistamínico.

—¿Quién se lo indicó?

—Mi médico.

—¿Y dónde está su médico?

—Dormido, probablemente.

Valentina sacó el celular.

—Voy a llamar a urgencias.

—No.

—No me diga que no.

—No hay dificultad para respirar. No hay inflamación en la lengua. No es anafilaxia. Solo necesito la crema.

—Eso lo decide un médico, no un millonario terco en bata.

Santiago señaló el teléfono fijo del buró.

—Ya llamé al médico del hotel. Viene en camino.

—¿Y no pensó en empezar por esa información?

—Estabas ocupada entrando en pánico.

Valentina marcó de todos modos a recepción médica interna. La doctora de guardia contestó con voz despierta a la fuerza y confirmó lo básico: si respiraba bien, si no había inflamación en labios o lengua, si ya había tomado antihistamínico, si la presión no estaba baja.

Valentina repitió cada respuesta mirando a Santiago como si fuera a castigarlo por mentir.

—Manténgalo en observación —indicó la doctora—. Aplique la pomada en las zonas con ronchas. Si hay tos, dificultad para respirar, mareo fuerte o hinchazón facial, emergencias de inmediato.

—Eso haré —dijo Valentina.

Colgó y levantó un dedo hacia él.

—Una tos y llamo ambulancia.

Valentina lo miró.

—¿Solo?

Santiago señaló el buró. Había una caja de antihistamínico, una pomada dermatológica y una hoja con instrucciones impresas. Demasiado preparado.

Demasiado habitual.

Valentina tomó la hoja.

—"Reacción alérgica por mango." —Leyó en voz alta, y la frase le cambió la cara—. ¿Mango?

Santiago no contestó.

Ella levantó la vista despacio.

—Usted es alérgico al mango.

—Sí.

La palabra cayó simple.

Simple y devastadora.

Valentina recordó los yogures de mango del colegio. Los que él llevaba. Los que aceptaba cuando ella le ofrecía uno. Los helados de mango que compartieron después de la graduación. Las paletas en la calle, las aguas frescas, las veces que ella decía "prueba esto" y él probaba.

Recordó una tarde exacta, afuera del cine barato cerca de la universidad, cuando ella compró dos paletas de mango con chile porque hacía calor y porque Santiago había dicho que no tenía hambre. Él la miró comer la primera mordida, tomó la suya y la terminó sin quejarse. Esa noche había estado más callado de lo normal. Ella pensó que era cansancio.

Recordó una feria de barrio donde ella insistió en comprar agua de mango porque "sabía a vacaciones". Santiago bebió medio vaso, luego le regaló el resto diciendo que estaba demasiado dulce. Ella se burló de él por delicado.

Recordó el yogur que él dejaba sobre su pupitre. Mango, siempre mango. Como si hubiera construido un idioma entero con algo que le hacía daño.

El estómago se le hundió.

—No.

—Valentina.

—No. Usted tomaba mango conmigo.

—A veces.

—Muchas veces.

—No tantas.

—¡No minimice una alergia como si fuera una preferencia de almohada!

Santiago soltó aire por la nariz. La piel del cuello se le veía cada vez más irritada.

—¿Vas a regañarme o vas a ayudarme?

Valentina quiso decirle que se ayudara solo. Que se rascara con su dinero. Que llamara a Marco, al médico dormido, a la lista de preferencias que tanto le gustaba.

En lugar de eso, abrió el tubo de crema.

—Si empieza a faltarle el aire, llamo a emergencias aunque me despida.

—No puedes despedirte de algo que no es tuyo.

—Pruébeme.

Se sentó a su lado sin mirarle demasiado el pecho. Imposible. Las ronchas estaban en todas partes. Extendió crema sobre los dedos y empezó por el hombro.

Santiago se quedó quieto.

Demasiado quieto.

La piel bajo la pomada estaba caliente. Valentina aplicó una capa fina, como indicaba la hoja. Hombro, clavícula, parte superior del brazo. Cada contacto era médico. Necesario. Profesional.

Su pulso no recibió el memorándum.

—¿Por qué? —preguntó ella.

—Porque me gusta complicarte la noche.

—No. —Pasó crema sobre una roncha cerca de la clavícula y él apretó la mandíbula—. ¿Por qué tomaba mango conmigo si sabía que era alérgico?

Santiago miró hacia la ventana.

—Porque te gustaba.

Valentina se quedó inmóvil.

La crema se enfrió sobre sus dedos.

—Eso no es una respuesta normal.

—Nunca dijiste que necesitabas una.

—Era una niña.

—No tanto.

—Era una idiota.

—Eso tampoco lo niego.

Valentina lo miró furiosa, pero el enojo no encontró dónde clavarse. Las ronchas lo hacían ver vulnerable de una forma que no combinaba con él. Santiago Reyes no debía tener alergias escondidas, ni medicamentos listos, ni recuerdos de yogur de mango guardados como heridas.

—Dé la vuelta —ordenó.

Santiago obedeció.

La espalda estaba peor.

Valentina tragó saliva y aplicó más crema. Tenía que inclinarse para alcanzar el centro. La cama era demasiado blanda. Su rodilla resentida no encontró apoyo. Se estiró un poco más.

—No se mueva.

—No me estoy moviendo.

—Respira y eso ya estorba.

Santiago casi rió. Casi.

Valentina perdió el equilibrio.

El pie resbaló contra la alfombra, la rodilla le falló y el cuerpo se le fue hacia adelante. Santiago giró de inmediato. La atrapó por la cintura antes de que cayera sobre la cama.

Valentina terminó contra él, una mano abierta en su hombro desnudo, la otra aún manchada de crema.

Demasiado cerca.

Otra vez.

Pero esta vez no había té, ni bata cerrada, ni palabras afiladas para esconder el temblor.

También seguía oliendo a mango en alguna parte de la suite, dulce y absurdo, mezclado con la pomada medicinal. Ese olor volvió insoportable la idea de todos los años en que ella se había reído mientras él tragaba dolor en silencio.

Solo la piel caliente de Santiago, su respiración controlada y sus manos firmes en la cintura de ella.

—Suélteme —dijo Valentina.

La voz no salió como orden.

Santiago bajó la mirada a sus dedos manchados de crema, luego a su rostro.

—¿Te sorprende tanto enterarte de que soy alérgico al mango?

1
Stella Vergara
Hermosa historia
Stella Vergara
después de tantos secretos, lágrimas , desafíos, odio ,amor , reconciliación, tormentas , exoneración y justicia, siempre triunfa el amor
Stella Vergara
la verdad era más fácil aunque doliera
Stella Vergara
,fuerte,las mentiras son crueles
Stella Vergara
e🤭🤭🤭🤭🤭🤭 enamorados o no hacen un equipo perfecto
Stella Vergara
ya es hora que pase algo con bueno entre ellos ,se siente fastidiosa
Stella Vergara
no entiendo nada
Stella Vergara
par de locos se odian no se soportan y se aman o son ideas jajaja🤭👏👏
Stella Vergara
jajajajaj está interesante
Stella Vergara
pobre muchacha 🤭🤭
daniela guzman
me encanta
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