Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.
Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.
Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.
Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.
Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.
*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*
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Capítulo 12
Capítulo 12
Los fantasmas de la Universidad Soberana
Sebastián sí preguntó qué había dicho Valentín.
Lo hizo a las seis con cuatro, cuando Emilio volvió al piso cincuenta y ocho con la carpeta verde bajo el brazo y el aroma de azahar todavía pegado al saco.
—¿Qué quería Garza?
Emilio dejó la carpeta dentro de su mochila.
—Hablar de inversión.
—¿En ti?
—En mi dinero.
Sebastián miró la mochila como si la carpeta pudiera morder.
—No firmes nada.
—No he firmado nada.
—Léelo con Legal.
—Lo leeré yo.
La respuesta salió más firme de lo necesario. Sebastián la escuchó. Emilio también.
Por un segundo, el aire entre ambos volvió a llenarse de cosas que no decían: café privado, Omegas que guardaban secretos, miedo confundido con desprecio.
Entonces Andrés apareció con una tableta.
—Evento mañana. Foro de Innovación Médica y Capital Privado. Asisten Grupo Cénit, Corporativo Garza, Laboratorios Farías y patrocinadores de Universidad Soberana.
Emilio levantó la vista.
—¿Universidad Soberana?
—Sede del foro —dijo Andrés—. Hotel Miramar, salón principal. La universidad presta marca académica.
La glándula de Emilio latió una vez.
No por feromonas.
Por memoria.
Al día siguiente, el salón Miramar olía a flores caras, café recién servido y ambición. Había pantallas con logos, mesas altas, inversionistas con sonrisas calculadas y académicos de Universidad Soberana hablando de "impacto social" mientras aceptaban canapés de salmón.
Emilio llevaba traje oscuro y una credencial que decía Grupo Cénit. No decía becario. No decía asistente de medio tiempo. No decía el chico que limpiaba mesas después de clase para pagar fotocopias.
Aun así, al ver el escudo de Universidad Soberana proyectado sobre la pared, su cuerpo recordó antes que su cabeza.
Recordó la biblioteca a las once de la noche.
—¿Otra vez aquí, Reyes? —había dicho una voz años atrás, suave y venenosa—. Si estudias tanto, vas a hacer quedar mal a los Alfas.
Adrián Rivas siempre hablaba como si estuviera jugando.
Ese era el problema.
La gente perdonaba casi cualquier crueldad si venía envuelta en una sonrisa bonita.
—Reyes.
La voz de Sebastián lo sacó del recuerdo.
—Sí.
—Estás apretando la carpeta.
Emilio bajó la mirada. El borde del folder se había doblado bajo sus dedos.
—Perdón.
—No te disculpes con papel.
Era una frase absurda. Le ayudó.
Valentín apareció junto a ellos con un traje verde profundo que hacía que el resto del salón pareciera mal iluminado.
—Qué bonito —dijo—. La Universidad Soberana sigue oliendo a becas usadas como decoración.
Emilio lo miró.
Valentín no estaba sonriendo.
—¿También estudió ahí?
—Di una conferencia y prometí no volver. Duré tres años cumpliendo la promesa.
Sebastián hizo un sonido bajo.
—Duraste seis meses.
—No arruines mi narrativa.
Felipe Farías los esperaba cerca del escenario con cara de no querer estar ahí. El foro empezó con discursos sobre acceso médico, innovación responsable y alianzas público-privadas. Emilio tomó notas, filtró frases vacías y marcó en su libreta los nombres de inversionistas que repetían "rentabilidad social" como si fuera una moneda.
Durante la primera pausa, una exprofesora de economía se acercó al grupo con una sonrisa profesional. Emilio la reconoció de inmediato: la doctora Olmedo, la misma que en tercer semestre le había sugerido "bajar expectativas" porque trabajar de noche y competir por primer lugar le parecía poco saludable.
Ella tardó más en reconocerlo.
—Señor Luján, es un honor —dijo primero, inclinándose hacia Sebastián.
Luego miró la credencial de Emilio.
La pausa duró apenas un segundo. Suficiente.
—Reyes —dijo—. No sabía que estabas con Grupo Cénit.
—Desde hace poco.
—Qué gusto ver a nuestros egresados avanzar.
En la universidad, esa misma mujer había usado otra palabra: "rescatables". Los alumnos becados eran rescatables, inspiradores, útiles para folletos de responsabilidad social. Nunca iguales.
Sebastián tomó un folleto de la mesa y se lo entregó a Emilio sin mirar a la profesora.
—Revisa la cifra de impacto anual. Me parece inflada.
No era una defensa. Era trabajo.
Precisamente por eso funcionó.
La doctora Olmedo bajó la vista al folleto, luego a Emilio, y por primera vez lo esperó en silencio.
Emilio leyó la tabla.
—Está inflada —dijo—. Están contando beneficiarios proyectados como atendidos. Si esto sale así en prensa, alguien los va a destruir en redes.
La profesora perdió color.
Valentín bebió café con expresión de absoluta inocencia.
—Qué gusto ver a los egresados avanzar —repitió suavemente.
Emilio no había tenido ese lujo antes.
El primer golpe llegó durante el receso.
—Emilio Reyes.
No fue una sorpresa.
Eso fue lo peor.
Su cuerpo reconoció la voz antes de voltearse.
Ernesto Solís estaba a tres pasos, copa de agua mineral en mano, traje azul impecable, rostro frío. Alfa de rango alto. El mismo que en la universidad nunca necesitaba tocar a nadie para hacer que una mesa entera dejara de hablar.
—Ernesto —dijo Emilio.
No "licenciado". No "señor".
El apellido Solís había pesado mucho en los pasillos de Universidad Soberana. Allí, Emilio había aprendido a quitarle peso a las cosas nombrándolas sin adornos.
Ernesto sonrió.
—Sigues igual de correcto.
—Y tú sigues empezando conversaciones como auditoría.
La mirada de Ernesto bajó a la credencial.
—Grupo Cénit. Interesante ascenso.
—Trabajo.
—Siempre trabajaste. Incluso cuando no debías.
El recuerdo vino con olor a cloro y café quemado.
Emilio, con uniforme de cafetería bajo el suéter de la universidad, entrando tarde a un seminario. Tres estudiantes riendo porque tenía harina en la manga. Adrián al frente, levantando la mano con falsa preocupación.
"Profesor, ¿podemos esperar a que Reyes termine su turno de panadería antes de exponer?"
La clase había reído.
Emilio había abierto su presentación y sacado la calificación más alta.
En el salón Miramar, Sebastián se acercó desde atrás.
No tocó a Emilio.
Solo ocupó espacio a su lado.
—¿Problema?
Ernesto midió a Sebastián en una fracción de segundo. Su sonrisa cambió. Menos veneno, más cálculo.
—Ninguno. Solo saludaba a un viejo compañero.
—Ya saludaste.
La frase no dejó puerta.
Emilio sintió una gratitud incómoda. No la necesitaba. No quería necesitarla.
Ernesto inclinó apenas la cabeza.
—Nos veremos en la mesa de discusión.
—Si tienes algo que discutir —dijo Emilio.
Los ojos de Ernesto se enfriaron.
Antes de que respondiera, un murmullo cruzó el salón.
Emilio supo quién era incluso antes de mirar.
Adrián Rivas entró por la puerta lateral como si el receso se hubiera organizado para su llegada. Hermoso, luminoso, vestido de blanco, con una sonrisa suave que en otro rostro habría parecido inocente. Omega élite. Favorito de profesores, patrocinadores y de todos los que confundían delicadeza con bondad.
Sus ojos encontraron a Emilio al otro lado del salón.
Por un instante, el foro, los inversionistas y las pantallas desaparecieron.
Volvió la Universidad Soberana: las notas anónimas en su casillero, los rumores de que su beca era lástima, las miradas cuando Adrián lloraba en público por una ofensa que Emilio no había cometido.
Adrián sonrió.
No con sorpresa.
Con reconocimiento.
Como si hubiera estado esperando años para verlo en un lugar donde hubiera testigos otra vez.
Sebastián siguió la dirección de la mirada de Emilio.
—¿Quién es?
Emilio cerró la carpeta antes de que sus dedos volvieran a doblarla.
—Nadie importante.
Adrián levantó su copa desde lejos, dulce como una amenaza.
Emilio sostuvo la mirada.
Esta vez no llevaba uniforme de cafetería.