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Mil primaveras para ti

Mil primaveras para ti

Status: En proceso
Genre:Viaje a un juego / Villana / Romance
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Sofía Marquez

Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?

NovelToon tiene autorización de Sofía Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

La oscuridad no desapareció cuando los atacantes huyeron.

Siguió alrededor de Adrián Navarro como una respiración ajena, pegada a sus botas, lista para obedecer una orden que él no quería dar. Serena Mora no sabía si acercarse, alejarse o pedirle a Lilo que sacara otro porcentaje inútil de supervivencia.

Adrián cerró los dedos.

Las sombras se encogieron.

El esfuerzo le dobló un poco los hombros. Serena lo vio antes que los guardias: la herida del hombro manchaba la capa, la muñeca vendada había vuelto a abrirse y su rostro tenía ese blanco peligroso de quien sigue de pie solo por orgullo.

—Siéntate —dijo ella.

—No.

—No era una sugerencia.

Él la miró.

—Para mí, sí.

Serena iba a discutir cuando una línea de fuego cruzó el camino y cerró la salida entre los árboles.

Los atacantes que todavía corrían se detuvieron de golpe. El fuego no los tocó, pero dejó una marca brillante en la tierra, precisa como una advertencia. Del otro lado aparecieron tres figuras con capas claras y emblemas bordados en plata.

La primera era una joven de cabello oscuro recogido en una trenza alta, ojos encendidos y una mano todavía rodeada de llamas.

—A ver —dijo—. ¿Quién de ustedes quiere que lo queme primero?

Serena abrió la boca.

No por miedo.

Por reconocimiento.

Era Valentina Rojas.

En la novela era temperamental, explosiva, leal hasta lo absurdo y capaz de incendiar una mesa solo porque alguien respiró con mala intención. Verla en persona, con el fuego lamiéndole los dedos, era mucho más intimidante que leerla en una pantalla a las tres de la mañana.

—Prudencia, Valentina —dijo un joven a su lado.

Tomás Calvo avanzó con la espada baja, no amenazante pero lista. Tenía el rostro sereno, la mirada atenta y esa calma de persona que ya contó salidas, heridos y mentiras antes de abrir la boca.

La tercera, Alicia Nieves, se arrodilló junto al sanador sin esperar permiso. Sus manos emitieron una luz azul suave.

—Respira despacio —le dijo al hombre herido—. No te muevas. Voy a cerrar primero lo más urgente.

Serena sintió un alivio tan fuerte que casi le aflojó las piernas.

Lilo apareció junto a su hombro.

—Confirmación contextual: discípulos de la Orden de la Libertad. Probabilidad de supervivencia actualizada a "menos vergonzosa".

—Nunca había agradecido tanto un insulto —murmuró Serena.

Valentina escuchó el murmullo, aunque no pudo ver a Lilo. Sus ojos fueron directo a Serena y luego a Adrián.

—¿Ustedes son los del destello azul?

Serena levantó la piedra de comunicación.

—Sí. Gracias por venir.

—No vinimos por ti. Estábamos patrullando la ruta a Monte Celeste.

—Valentina —advirtió Tomás.

—¿Qué? Es verdad.

Tomás se acercó a Serena e inclinó la cabeza con cortesía medida.

—Tomás Calvo, discípulo de la Orden de la Libertad. Ellas son Valentina Rojas y Alicia Nieves. ¿Puede decirme quién está a cargo de esta caravana?

Serena tuvo el impulso ridículo de señalar a alguien más. Luego recordó que Héctor estaba en Ciudad Azul, los guardias la miraban a ella y Adrián estaba sangrando de pie porque obedecer instrucciones le parecía una ofensa personal.

—Yo —dijo—. Soy Serena Mora.

El apellido hizo que Tomás se quedara quieto medio segundo.

Valentina arqueó una ceja.

—¿Mora? ¿De Ciudad Azul?

—Sí.

—Interesante. Eso explica el carruaje caro y el desastre alrededor.

—También explica que pueda pagar por los daños del camino, si eso ayuda a tu impresión de mí.

Valentina parpadeó. Luego soltó una risa breve, casi involuntaria.

—Me cae mal tu capa, pero esa respuesta no estuvo tan terrible.

Tomás miró a Adrián.

—¿Y él?

Antes de que Serena respondiera, Adrián habló:

—Nadie.

La palabra cortó más que una negativa.

Serena sintió el impulso de contradecirlo. No lo hizo.

—Se llama Adrián Navarro —dijo, cuidando el tono—. Lo llevo a Monte Celeste para solicitar protección de la Orden.

Valentina miró la sombra todavía pegada al suelo bajo sus botas.

—¿Protección para él o de él?

Adrián levantó los ojos.

El aire se tensó.

Serena dio un paso lateral, no para cubrirlo por completo, sino para romper la línea entre ambos.

—Las dos cosas, si hace falta.

Tomás no apartó la mirada de Adrián, pero su voz siguió tranquila.

—Nadie va a atacar a nadie en este camino. Ya hubo suficiente. Alicia, cuando termines con el sanador, revisa a los guardias.

—Voy —respondió Alicia.

—No —dijo Adrián cuando ella se acercó después con una venda limpia.

Alicia se detuvo de inmediato.

—Está bien. No te tocaré.

Adrián pareció desconfiar más de esa obediencia que de una amenaza.

Serena reconoció la expresión. Era la misma que había puesto cuando ella se detuvo en la celda.

—Puede dejarte el ungüento —dijo Serena—. Tú decides si lo usas.

Alicia miró a Serena con una suavidad curiosa, como si esa frase hubiera cambiado algo en la escena. Dejó el frasco sobre una piedra plana y retrocedió.

—Arde un poco, pero ayuda.

Adrián no respondió.

Valentina se acercó a Serena con los brazos cruzados.

—Entonces, Serena Mora de Ciudad Azul, ¿qué Don arcano tienes?

Serena sintió que Lilo se ponía tieso junto a ella.

—Uno muy discreto.

—¿Discreto como elegante o discreto como inexistente?

—Depende de cuánto cariño le tengas a la palabra "polvo".

Tomás tosió para ocultar una sonrisa.

Valentina levantó la mano y dejó que una chispa pequeña flotara sobre su palma.

—Intenta empujarla.

—¿Empujar fuego?

—Es una chispa de prueba. Si tienes Don, tu Éter la moverá.

Serena miró la chispa, luego a Adrián, luego a Lilo.

—¿Alguna instrucción útil?

—Piensa en energía fluyendo por tus manos —dijo Lilo—. O en no morir de vergüenza. Ambas podrían servir.

Serena extendió los dedos.

Nada ocurrió.

La chispa siguió flotando, perfectamente tranquila.

Valentina esperó.

Serena apretó los dientes, frunció el ceño y empujó el aire como si intentara mover una ventana invisible.

Nada.

Ni una vibración.

Adrián, que no había querido usar el ungüento, observaba sus manos con una atención nueva.

—No tienes Don —dijo.

No sonó como burla.

Sonó como descubrimiento.

Serena bajó la mano.

—Gracias por narrar mi fracaso.

Tomás intervino antes de que Valentina pudiera añadir algo peor.

—Eso hace más urgente que no viajen solos. La ruta norte está inquieta y esos atacantes no eran simples ladrones. Si su destino es Monte Celeste, pueden avanzar con nosotros.

Alicia levantó la vista desde el segundo guardia herido.

—Tenemos espacio en nuestro campamento de esta noche. Nadie debería moverse más hasta que revisemos las heridas.

Serena miró a Adrián.

Él no aceptó. Tampoco rechazó.

Para él, eso ya era casi una conversación.

—Gracias —dijo Serena—. Iremos con ustedes.

Valentina apagó la chispa entre los dedos y señaló a Adrián sin rodeos.

—Perfecto. Primera regla del camino: si esa sombra vuelve a moverse hacia nosotros, lo quemo.

Tomás suspiró.

—Prudencia.

—Dije "si". Eso cuenta como prudencia.

Adrián miró el frasco de ungüento sobre la piedra, luego a Serena.

No dijo nada.

Pero no lo dejó atrás.

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Yenireth Aular
me encanta está historia
Yenireth Aular
me encanta está historia ❤️❤️
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