Valentina Lozano siempre fue "la hija adoptiva." La que no tiene apellido. La que no pertenece.
Durante más de diez años, amó en silencio a Diego Castillo, el heredero del grupo inmobiliario más poderoso de Ciudad de México. Le dio su juventud, su lealtad y su corazón entero. A cambio, él ni siquiera la veía.
"Solo es la adoptada. No es de nuestra clase."
La noche en que escuchó esas palabras, Valentina se emborrachó y despertó en la suite de un hombre al que apenas conocía: Sebastián Montero, el CEO más joven y cotizado del país.
—Fuiste tú quien se aprovechó de mí —dijo él, señalando la marca de mordida en su cuello.
Para evitar un escándalo que podría hundir su empresa, Sebastián le propuso lo impensable:
Lo que Valentina no sabía era que Sebastián llevaba diez años enamorado de ella. Diez años viéndola desde lejos. Diez años esperando su oportunidad.
Mientras Valentina descubre que su esposo por contrato esconde el amor más profundo que ha conocido, Diego Castillo se da cuenta demasiado tarde de lo que perdió. Y ahora hará lo que sea por recuperarla.
Matrimonio por contrato. Diez años de amor secreto. Un ex que suplica de rodillas. Solo uno de ellos merece su corazón. Y ella ya eligió.
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Capítulo 17
Capítulo 17
Somos almas gemelas
—Señora Montero —dijo—, ¿comparte conmigo el pastel que me trajo?
Yo miré los dos tenedores.
Luego miré la puerta cerrada del despacho, detrás de la cual probablemente había un equipo financiero preguntándose si su CEO había sido secuestrado por un postre.
—¿No tienes una empresa que sacar a bolsa?
—Sí.
—¿Y?
—La empresa puede esperar diez minutos.
—Eso suena irresponsable.
Sebastián abrió la caja con una precisión casi ceremonial.
—Entonces no se lo digas al consejo.
El pastel de tres leches olía a vainilla, fresa y nervios. Me senté frente a él en la mesa lateral del despacho, todavía sin saber dónde poner el ramo. Sebastián lo resolvió colocando los jazmines y rosas en un florero improvisado: una jarra de agua que, en cualquier otra oficina, habría sido un sacrilegio decorativo.
—No puedes poner flores en eso —dije.
—Ya lo hice.
—Es una jarra carísima.
—Ahora es florero.
No tenía derecho a verse tan tranquilo haciendo algo tan ridículo.
Probé el pastel primero porque él me miraba como si mi opinión importara más que la suya.
—Está bueno.
Sebastián tomó un bocado.
—Tiene demasiada azúcar.
Mi corazón se cayó medio centímetro.
Él añadió:
—Me gusta.
—Eso no tiene sentido.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Lo miré con sospecha.
—¿Estás mintiendo para quedar bien?
—No. No me gusta lo empalagoso. Pero me gusta que lo hayas elegido tú.
Dejé el tenedor sobre el plato.
—Así no se puede discutir.
—No era mi intención discutir.
El teléfono de su escritorio volvió a encenderse. Esta vez fue Gabriel: "Finanzas pregunta si el pastel incluye acciones preferentes."
Se lo mostré a Sebastián.
Él respondió:
"No. Solo prioridad conyugal."
Me atraganté con una fresa.
—No puedes escribir eso.
—Ya lo hice.
En el elevador de bajada, media hora después, una empleada me sonrió como si supiera demasiado. Yo salí de MBT con las manos vacías, pero con una sensación extraña: había llevado flores y pastel, y en lugar de sentir que había dado demasiado, sentí que algo volvió a mí duplicado.
Esa noche decidí cocinar.
Fue una decisión valiente y posiblemente peligrosa. Yo sabía seguir recetas, no improvisar. En Grupo Castillo había pedido comida tantas veces que los repartidores me saludaban por mi nombre. Pero Sebastián llegaría tarde, y la idea de esperarlo con algo hecho por mí se instaló en mi cabeza con la misma terquedad que el amor.
Preparé sopa de tortilla.
O intenté.
La primera tortilla se quemó. La segunda también. La tercera sobrevivió por orgullo. Terminé con jitomate en la manga, chile pasilla en la mesa y una olla que olía bastante bien si una ignoraba el campo de batalla alrededor.
Sebastián llegó cuando yo estaba limpiando salsa del azulejo.
Se detuvo en la entrada de la cocina.
—¿Debo llamar a emergencias?
—No si quieres cenar.
Se quitó el saco y se arremangó la camisa.
—Entonces obedezco.
—No vas a arreglar mi sopa.
—No iba a arreglarla. Iba a poner la mesa.
Eso sí lo dejé hacer.
Comimos en la barra de la cocina. La sopa quedó menos terrible de lo que temía. Le puse aguacate, queso fresco y crema; Sebastián pidió limón extra.
Yo también.
Nos quedamos mirando el mismo limón sobre la tabla.
—¿Tú también? —pregunté.
—Siempre.
—¿Con mucho o poco?
—Mucho.
—No puede ser.
—¿Qué?
—Yo también.
Sebastián tomó una tortilla tostada.
—¿Picante?
—Poco. Me gusta el sabor, no sufrir.
—Igual.
—¿Café?
—Sin azúcar.
—Yo también.
—¿Chocolate?
—Oscuro.
—Yo también.
La lista se volvió juego.
No nos gustaba el cilantro crudo en exceso. Preferíamos pan dulce de concha blanca sobre chocolate. Ambos quitábamos las pasas de cualquier panqué. Los dos odiábamos que el arroz estuviera aguado. Los dos tomábamos agua fría incluso de noche.
—¿Película para dormir? —pregunté.
—Documental aburrido.
—No manches.
—¿También?
—De volcanes o crímenes financieros.
Sebastián me miró con una seriedad exagerada.
—Esto empieza a ser preocupante.
—Tú eres el preocupante. ¿Quién ve crímenes financieros para relajarse?
—La misma persona que ve volcanes.
Me reí y la cuchara golpeó el plato. La sopa salpicó una gota naranja sobre la mesa. Antes de que pudiera limpiarla, Sebastián puso una servilleta encima y siguió como si nada.
Ese "como si nada" me hizo más daño que un halago. No corrigió mi torpeza. No la volvió tema. Solo dejó que la noche siguiera.
—Esto es sospechoso —dije.
—Tal vez somos almas gemelas.
Lo dijo con tanta calma que casi tiré la cuchara.
—No digas cosas así mientras como.
—¿Por riesgo de atragantamiento?
—Por riesgo de que te crea.
Sebastián no respondió de inmediato.
La cocina se quedó llena de olor a sopa, tortilla tostada y algo que no quise nombrar.
Más tarde, mientras yo lavaba la olla quemada y él insistía en secar platos, su celular vibró varias veces.
—Gabriel otra vez —dije.
—No.
Miró la pantalla y sonrió apenas.
—Lucía. Dice que revise Instagram.
Abrí mi teléfono antes que él.
Sebastián había publicado tres historias.
La primera: el ramo de jazmines y rosas en la jarra carísima de su despacho.
"Lo que ella me regaló."
La segunda: mi acuarela del atole, Metro y tamales, tomada con una luz mejor de la que yo había logrado.
"Lo que ella pintó."
La tercera: la sopa de tortilla en dos platos, con limones partidos al centro.
"Lo que ella cocinó."
Me quedé inmóvil.
—Sebastián.
—¿Sí?
—Estás presumiendo una sopa que casi incendia la cocina.
—La cocina sigue en pie.
—Ese no es el estándar.
—Es mi estándar esta noche.
Los comentarios ya explotaban.
"Señor Montero, parpadee si está enamorado."
"Nunca pensé ver al CEO de MBT subiendo sopa."
"La señora Montero lo trae perdido."
"Necesito que alguien me presuma así aunque queme tortillas."
"De Wall Street mexicano a esposo de Instagram, desarrollo de personaje."
Gabriel respondió a la historia del pastel:
"Finanzas sobrevivió. Apenas."
Lucía comentó con tres coronas y un "POR FIN".
Isabel mandó un audio al chat familiar. No lo abrí, pero la transcripción apareció completa:
"Sebastián, dile a Vale que la sopa se ve deliciosa y que el domingo me enseña la receta. Y tú deja de presumir como adolescente, aunque me da gusto."
Don Alfonso escribió después:
"Déjenlo. Ese muchacho por fin aprendió a presumir algo bueno."
Sofía añadió quince stickers de coronas.
Ese chat familiar todavía me parecía una habitación donde todos hablaban demasiado fuerte, pero por primera vez no quise salir corriendo de ahí.
Me cubrí la cara con las manos.
—Qué vergüenza.
Sebastián se acercó lo suficiente para que sintiera su calor, pero no me tocó.
—¿Quieres que las borre?
Abrí los dedos para mirarlo.
No había burla en su cara. Si yo decía que sí, las borraría.
Mi vergüenza cambió de forma.
—No —murmuré—. Déjalas.
Su sonrisa fue pequeña.
—Entonces queda registro oficial.
—¿De qué?
—De que mi esposa me trajo flores, me pintó una mañana y casi incendió la cocina por mí.
—No era necesario decir lo último.
—Es mi parte favorita.
No sabía si éramos almas gemelas.
Pero cuando Sebastián volvió a mirar las historias como si esos tres regalos fueran más valiosos que cualquier junta de MBT, pensé que tal vez, por primera vez, alguien estaba aprendiendo a guardar lo que yo daba.