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Turquesa Eterno: Memorias De Un Amor En Varadero.

Turquesa Eterno: Memorias De Un Amor En Varadero.

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor eterno
Popularitas:382
Nilai: 5
nombre de autor: piscis 1

Romance en Playa Varadero ( Cuba)

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El sabor de la Victoria.

La sorpresa que Marina le tenía reservada a Álix estaba en el corazón de La Habana Vieja, en un edificio colonial que había sido restaurado con esmero para convertirlo en uno de los hoteles boutique más exclusivos de la ciudad. Se llamaba "El Candil", y su fachada amarilla, adornada con buganvilias y helechos colgantes, prometía un interior aún más deslumbrante.

—¿Un hotel? —preguntó Álix, sorprendido—. Pero si ya tenemos alojamiento.

—Este no es un hotel cualquiera. Es el hotel donde mis padres pasaron su luna de miel. Y donde mi abuelo le pidió matrimonio a mi abuela, hace más de sesenta años. Es un lugar especial para mi familia. Y ahora también lo será para nosotros.

El interior de El Candil era un oasis de frescura y elegancia. Un patio central con una fuente de azulejos sevillanos, rodeado de columnas de mármol y galerías con balaustradas de hierro forjado. Las habitaciones, dispuestas en dos plantas alrededor del patio, conservaban los suelos de mosaico hidráulico y los techos de vigas de madera originales, pero estaban equipadas con todas las comodidades modernas. El agua de la fuente caía con un murmullo hipnótico, y el aroma a jazmín y a tabaco dulce flotaba en el aire como un perfume antiguo.

—Marina, esto es maravilloso —dijo Álix, contemplando el patio desde la galería superior.

—Es mi regalo por la victoria. Una noche en El Candil. Solos. Sin preocupaciones.

—No tenías que haberte gastado el dinero.

—No me lo he gastado. El dueño es amigo de mi abuelo. Se llama René, y lleva cuarenta años al frente de este hotel. Me debe varios favores. Y además, cuando le conté nuestra historia, se emocionó. Dice que el amor verdadero hay que celebrarlo.

La habitación que les asignaron era la número siete, la misma que habían ocupado los padres de Marina treinta años atrás. Tenía un balcón con vistas al patio, una cama con dosel de madera tallada y un baño con una bañera de patas que parecía sacada de una película de época. Las paredes estaban decoradas con fotografías antiguas de La Habana, y sobre la cama colgaba un cuadro al óleo que representaba a Yemayá, la diosa del mar, emergiendo de las olas con su corona de estrellas y su vestido de espuma.

—Es la misma habitación —dijo Marina, con la voz emocionada—. Mi madre me contaba que, cuando ella y mi padre entraron aquí por primera vez, se quedaron sin habla. Mi padre le dijo: "Si el paraíso existe, debe ser algo parecido a esto". Y mi madre respondió: "El paraíso eres tú". Así era mi padre. Un romántico empedernido.

—De tal palo, tal astilla —comentó Álix, besándole la frente.

—Eso dice mi abuelo. Que he salido a él.

—Menos mal. Porque tu padre debió de ser un gran hombre.

—Lo fue. El mejor. Ojalá lo hubieras conocido.

—Yo también lo deseo. Pero de alguna forma, lo conozco a través de ti.

Marina sonrió, con los ojos brillantes, y se acercó al balcón para contemplar el patio. Álix la siguió y la rodeó con sus brazos, apoyando la barbilla en su hombro. Desde allí se veía la fuente, las columnas, los helechos que colgaban de las galerías como cortinas verdes. Y más allá, el cielo azul de La Habana, salpicado de nubes blancas que parecían de algodón.

—Gracias por traerme aquí —susurró él.

—Gracias a ti por luchar. Por nosotros. Por tu visado. Por todo.

—No ha sido solo cosa mía. Tú has estado a mi lado en cada paso.

—Porque somos un equipo. ¿O ya se te ha olvidado?

—No se me olvida. Nunca.

Aquella tarde, después de una siesta reparadora en la cama con dosel, donde durmieron abrazados como dos náufragos que por fin han encontrado tierra firme, Marina llevó a Álix a conocer sus rincones favoritos de La Habana. No los lugares turísticos que aparecían en las guías de viaje, sino los secretos, los que solo conocían los habaneros de toda la vida.

Le mostró el Callejón de Hamel, un estrecho pasaje en el barrio de Cayo Hueso donde las paredes estaban cubiertas de murales de arte afrocubano y los domingos se celebraban ceremonias de rumba y santería. Los colores estallaban en cada esquina: rojos, azules, amarillos, verdes, todos mezclados en un torbellino de formas y símbolos que representaban a los orishas, las deidades de la religión yoruba.

—Allí está Yemayá —dijo Marina, señalando una pintura que cubría una pared entera—. La ves, con su vestido azul y sus collares de perlas. Es la dueña del mar. La protectora de los navegantes y los pescadores. La madre de todos los peces.

—Es impresionante —murmuró Álix, contemplando el mural—. Nunca había visto nada igual.

—El arte cubano es así. Explosivo. Vibrante. Como la vida misma.

Le presentó a un artesano que fabricaba collares de caracoles y que, al verlos juntos, les regaló dos amuletos "para la buena suerte en el amor". Eran dos pequeños caracoles perforados, colgados de un cordel de cuero, casi idénticos al que Marina le había regalado a Álix en el aeropuerto meses atrás.

—Estos son caracoles de la costa de Varadero —dijo el artesano, un hombre de piel oscura y manos callosas—. Los recogí yo mismo hace muchos años, cuando todavía era pescador. Tienen la bendición de Yemayá. Si los lleváis juntos, vuestro amor estará protegido para siempre.

—Gracias —dijo Álix, colgándose el collar al cuello—. Lo llevaré con orgullo.

—Y yo —añadió Marina, haciendo lo mismo.

Después, Marina le enseñó la escalinata de la Universidad de La Habana, donde ella había pasado tantas horas estudiando, soñando con un futuro que ahora se estaba haciendo realidad. La escalinata era una construcción majestuosa de piedra caliza, flanqueada por estatuas de bronce que representaban a las musas de las ciencias y las artes. Desde lo alto se divisaba un panorama imponente de la ciudad, con el Malecón a lo lejos y el mar brillando como una lámina de plata.

—Allí —dijo Marina, señalando un banco de piedra bajo un flamboyán centenario—. Allí me sentaba yo a leer los libros de biología marina. Y allí soñaba con dedicar mi vida a proteger el mar. Nunca imaginé que el mar me traería también el amor.

—El mar es generoso con quienes lo respetan —respondió Álix, citando una frase que había oído a Antonio.

—Eso es cosa de mi abuelo. Te está contagiando.

—Ojalá. Es un hombre sabio.

—El más sabio que conozco. Y mira que conozco a muchos científicos.

Se sentaron un rato en aquel banco, contemplando la puesta de sol sobre la ciudad. Los estudiantes paseaban a su alrededor, ajenos a la historia de amor que se estaba escribiendo en aquel rincón de la universidad. Algunos reían, otros discutían de política, otros simplemente leían en silencio. Y allí, en medio de todo aquel bullicio juvenil, Marina y Álix se sintieron más unidos que nunca.

—¿Te imaginas que dentro de unos años haya estudiantes aquí que lean tu libro? —preguntó Marina.

—Sería un sueño.

—Pues deja de soñar y empieza a hacerlo realidad. Que el libro no se escribe solo.

—Tienes razón. Pero hoy no. Hoy es nuestro día de celebración.

Al atardecer, regresaron a El Candil y se prepararon para la cena. El restaurante del hotel estaba en la azotea, bajo una pérgola de buganvilias iluminada con farolillos de papel. Las mesas, vestidas con manteles blancos y velas, ofrecían vistas panorámicas del casco histórico y del mar al fondo. La brisa marina soplaba suavemente, y el cielo se teñía de tonos malvas y dorados que se reflejaban en las copas de cristal.

—Parece un sueño —dijo Álix, mientras el camarero les servía dos copas de vino blanco.

—Es real. Somos reales. Y hemos ganado.

—Hemos ganado —repitió él, alzando su copa—. Por nosotros.

—Por nosotros.

La cena fue un festín de sabores cubanos reinterpretados con técnicas francesas: carpaccio de atún con mango, langosta gratinada con salsa de maracuyá, cordero asado con especias caribeñas. Todo regado con un vino de Rioja que el dueño del hotel había seleccionado personalmente.

—Este vino lo trajo mi abuelo de España hace cuarenta años —explicó Marina—. Lo guardaba para una ocasión especial. Cuando se enteró de que veníamos a La Habana, me dijo que lo abriéramos.

—¿Tu abuelo sabía que íbamos a ganar?

—Mi abuelo siempre lo sabe todo.

Después de la cena, bajaron al patio y se sentaron junto a la fuente, con los pies descalzos rozando el agua fresca. La luna llena se reflejaba en los azulejos sevillanos, creando un efecto de luz y sombra que envolvía el patio en una atmósfera mágica. El único sonido era el murmullo del agua y, a lo lejos, el rasgueo de una guitarra que alguien tocaba en alguna habitación.

—Marina —dijo Álix, con una voz que denotaba una emoción contenida—. Hay algo que quiero decirte. Algo importante.

Ella lo miró, intrigada. Sus ojos turquesa brillaban a la luz de la luna, y Álix sintió, una vez más, que se perdía en ellos. Esos ojos que lo habían cautivado desde el primer instante, que lo habían perseguido durante los tres meses de separación, que se le aparecían en sueños cada noche. Esos ojos que eran su hogar.

—He pasado toda mi vida adulta buscando algo sin saber exactamente qué era. He viajado por todo el mundo, he conocido a mucha gente, he escrito libros y he hecho fotografías. Pero nunca me había sentido completo. Hasta que te encontré a ti. Tú me has dado un hogar, un propósito, una razón para levantarme cada mañana. Y no puedo imaginar mi vida sin ti.

—Álix...

—Déjame terminar. Sé que solo llevamos unos meses juntos. Sé que algunos dirían que es demasiado pronto. Pero cuando sabes, sabes. Y yo sé que quiero pasar el resto de mi vida a tu lado.

Se sacó del bolsillo un pequeño estuche de terciopelo azul. Marina abrió los ojos como platos y se llevó las manos a la boca.

—No es un anillo —se apresuró a aclarar Álix, abriendo el estuche—. Bueno, sí lo es. Pero no es un anillo de compromiso. Es un anillo de promesa. Una promesa de que voy a quedarme. De que voy a luchar por nosotros. De que, cuando estemos preparados, te pediré que te cases conmigo como es debido. Pero mientras tanto, quería que tuvieras algo que te recordara que mi corazón es tuyo. Solo tuyo.

El anillo era una delicada banda de plata con una pequeña piedra de aguamarina del color exacto de sus ojos. Era sencillo pero elegante, sin adornos superfluos, perfecto para ella.

—Lo compré en París —continuó Álix—. Durante aquellos tres meses de separación. Lo vi en el escaparate de una joyería del Barrio Latino y supe que tenía que ser tuyo. Porque era del color de tus ojos. Del color del mar de Varadero. Del color de nuestro amor.

Marina lo miró, luego miró a Álix, y las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.

—Es la cosa más bonita que me han regalado nunca.

—¿Eso es un sí?

—Es un sí. Un sí enorme. Un sí para siempre.

Se deslizó el anillo en el dedo —le quedaba perfecto, como si estuviera destinado a estar allí desde el principio de los tiempos— y se besaron bajo la luz de la luna, con el murmullo de la fuente como única testigo.

—Te quiero, Marina. Más de lo que jamás he querido a nadie.

—Te quiero, Álix. Para siempre. Hasta que el mar se seque y las estrellas se apaguen.

—Eso es mucho tiempo.

—No lo suficiente. El amor verdadero no se acaba nunca.

Se quedaron abrazados junto a la fuente, escuchando el agua y el rasgueo lejano de la guitarra. El mundo giraba a su alrededor, ajeno a aquel momento mágico, pero ellos dos estaban suspendidos en una burbuja de felicidad perfecta.

—¿Sabes qué? —dijo Marina al fin—. Mi abuelo tenía razón.

—¿En qué?

—En que La Habana es la ciudad más romántica del mundo. Y en que nosotros íbamos a ganar. Y en que Yemayá nos protege. Y en que el dominó lo arregla todo.

—Sobre todo en eso último.

—Sobre todo en eso.

Rieron juntos, y la risa resonó en el patio como un eco de todas las risas que estaban por venir. Porque aquella noche, en El Candil, bajo la luna llena y frente a la fuente de azulejos sevillanos, Marina y Álix sellaron un pacto que nada ni nadie podría romper. Un pacto de amor eterno. Un pacto de futuro. Un pacto de vida.

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Norys Alvarez Alfonso
❤️❤️❤️
Norys Alvarez Alfonso
Bravo 👌
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