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Quedé embarazada de mi abogado de divorcio

Quedé embarazada de mi abogado de divorcio

Status: En proceso
Popularitas:760
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Cap 23 — Enredos

El mensaje de Isabela Miranda llegó a las nueve de la mañana, cuando Valentina estaba sirviendo café.

Hola, Valentina! Soy Isabela. ¿Tienes un momento? Necesito pedirte un ENORME favor.

Valentina miró el teléfono con la cafetera suspendida en el aire. Se había guardado el número de Isabela después de la reunión en el restaurante, más por cortesía que por otra cosa. No esperaba que la novia de Sebastián le escribiera.

Claro, dime.

La respuesta fue inmediata. Tres párrafos seguidos, sin pausa, con la energía de alguien que llevaba horas conteniendo las ganas de escribir.

Es sobre Alejandro Herrera. El amigo de tu amiga Carolina. Lo conocí en el aeropuerto y luego en la cena del otro día y no he podido dejar de pensar en él. ¿Puedes ayudarme a verlo otra vez? Quiero invitarlo a salir pero no tengo su número y me da pena pedírselo a Sebastián porque ya sabes cómo es, se va a poner pesado.

Valentina leyó el mensaje tres veces.

Luego una cuarta.

Isabela Miranda. La novia de Sebastián. Quería salir con Alejandro.

—¿Qué cara es esa? —Doña Carmen se asomó desde la estufa, con una espátula en la mano—. Parece que viste un fantasma.

—No es un fantasma. Es un enredo.

Se sentó a la mesa de la cocina y releyó el mensaje. Las palabras no cambiaron.

La novia de Sebastián quería salir con otro hombre.

Algo no cuadraba. Y Valentina, que había pasado años de su vida haciendo cuadrar números que otros intentaban esconder, sabía reconocer cuando una ecuación estaba mal.

¿No estás saliendo con Sebastián?, escribió.

La respuesta tardó exactamente cuatro segundos.

Jajajajaja. Es complicado. Ya te cuento en persona. Pero ¿me ayudas con lo de Alejandro? Porfaaaavor.

Valentina se mordió el labio.

No sabía qué le molestaba más: que Isabela estuviera buscando a otro hombre mientras salía con Sebastián, o que la idea de que Sebastián estuviera con alguien que no lo quería le provocara una punzada en el estómago que no tenía ningún derecho de sentir.

Le paso tu número. Pero él decide si te escribe.

¡GRACIAS! Eres la mejor. Te debo una.

Valentina dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa.

—¿Todo bien? —preguntó Doña Carmen.

—Sí. Todo bien.

No estaba todo bien. Pero eso no iba a decírselo a su madre a las nueve de la mañana con el café todavía caliente.

El domingo, Sebastián Montero llegó a casa de Doña Carmen a la una de la tarde con una botella de vino tinto y la expresión de un hombre que no tiene idea de cómo comportarse en una casa que huele a comida casera.

La invitación había sido de Doña Carmen. Directa, irrechazable, formulada por teléfono con la autoridad de una mujer que no acepta un no como respuesta.

«Usted defendió a mi hija, Licenciado. Lo menos que puedo hacer es darle de comer como Dios manda».

Sebastián había aceptado.

Valentina, que se enteró de la invitación veinte minutos antes de que él llegara, no tuvo tiempo ni de cambiarse la camiseta vieja que usaba los domingos.

—Mamá, ¿por qué no me avisaste?

—Porque te habrías puesto nerviosa.

—¡No estoy nerviosa!

—Te cambiaste de blusa tres veces en quince minutos.

—Hacía calor.

Doña Carmen sonrió y no dijo nada más.

Cuando Valentina abrió la puerta, Sebastián estaba ahí con la botella de vino sostenida con las dos manos, como si fuera una ofrenda.

Llevaba jeans.

Valentina nunca lo había visto en jeans. Siempre traje gris, camisa perfecta, corbata impecable. Pero ahí estaba, con jeans oscuros, una camisa blanca con las mangas enrolladas hasta los codos y el pelo ligeramente despeinado, como si se hubiera pasado la mano por la cabeza demasiadas veces en el camino.

Se veía humano. Se veía vulnerable.

Se veía increíblemente bien.

—Buenas tardes —dijo.

—Pasa. Mi mamá hizo sopa.

Se sentaron a la mesa. Doña Carmen sirvió un caldo de res con verduras que llenó la cocina de un olor tan reconfortante que hasta Sebastián, que comía como si alimentarse fuera un trámite, repitió plato.

—¿Le gustó? —preguntó Doña Carmen con una sonrisa triunfal.

—Está delicioso, señora. Hace mucho que no comía algo así.

—¿Su mamá no cocina?

El silencio duró medio segundo. Valentina lo sintió como una grieta.

—Mi madre falleció cuando yo tenía diez años —dijo Sebastián. Lo dijo con la misma voz plana con la que habría leído un contrato. Pero sus ojos se oscurecieron un tono.

Doña Carmen le puso la mano en el brazo.

—Lo siento, mijo. Entonces a partir de ahora comes aquí los domingos.

No fue una invitación. Fue un decreto.

Sebastián parpadeó. Miró la mano de Doña Carmen en su brazo como si fuera un objeto que no sabía cómo categorizar. Luego miró a Valentina.

—¿Está bien para ti? —preguntó, y la pregunta sonó como si tuviera muchas más preguntas adentro.

—Claro —dijo Valentina—. Siempre hay sopa de sobra.

Se miraron un segundo más de lo necesario. Doña Carmen se levantó a servir el postre con la sonrisa discreta de quien ha visto exactamente lo que esperaba ver.

Después de comer, Doña Carmen se fue a la cocina a lavar los platos y dejó a Valentina y Sebastián solos en la salita.

El silencio fue inmediato. Denso. Eléctrico.

Valentina se sentó en el sofá. Sebastián se sentó en la silla de enfrente. La distancia entre los dos era de un metro y medio. Se sentía como un centímetro.

—Tengo que decirte algo —dijo Valentina.

—¿Sobre el caso?

—No. Sobre Isabela.

Sebastián se quedó muy quieto.

—¿Qué pasa con Isabela?

Valentina respiró hondo.

—Me escribió. Me pidió que le pasara el número de Alejandro. Quiere... salir con él.

Esperó la reacción. La rabia. La traición. El dolor de un hombre cuya novia busca a otro.

Nada.

Sebastián se reclinó en la silla y se pasó la mano por el pelo. No con frustración. Con algo que se parecía a la resignación. O al alivio.

—Entiendo. No te preocupes por eso.

—¿No te importa?

—Isabela y yo tenemos un... acuerdo. Es complicado de explicar.

—¿Un acuerdo? —Valentina frunció el ceño—. ¿Qué clase de acuerdo?

—Del tipo que no puedo explicarte ahora. Pero confía en mí cuando te digo que lo de Isabela no es lo que parece.

Valentina lo miró.

Otra vez esa frase. «Confía en mí». Dicha con la misma voz baja y firme con la que se lo había dicho en la delegación, cuando ella estaba muerta de miedo y él entró como si el mundo fuera suyo.

—Está bien —dijo—. Confío en ti.

Sebastián sostuvo su mirada. Algo se movió en sus ojos. Algo cálido, breve, como una llama que se enciende y se apaga antes de que alguien la note.

—Gracias —dijo.

Doña Carmen volvió con café y tres rebanadas de pastel. La conversación se suavizó. Hablaron de cosas pequeñas —el clima, una fuga de agua que Doña Carmen no podía arreglar, un programa de televisión que las dos veían—.

Sebastián escuchó más de lo que habló. Pero cada vez que Valentina lo miraba, él ya la estaba mirando.

Se fue a las cinco. Doña Carmen lo acompañó a la puerta y le dio un abrazo que él recibió con la rigidez de quien no sabe qué hacer con los brazos.

—Nos vemos el domingo, mijo.

—Sí, señora. Nos vemos el domingo.

Valentina lo vio caminar hacia su auto desde la ventana.

Jeans oscuros. Camisa blanca. El pelo despeinado por el viento de la tarde.

Se llevó la mano al pecho. El corazón le latía rápido.

No es lo que parece, había dicho sobre Isabela.

¿Entonces qué es?, pensó Valentina. ¿Y por qué me importa tanto?

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Vergara M. Carmen
quien es??? será el papá de Sebastián
Vergara M. Carmen
😂😂
Vergara M. Carmen
no puedo parar de leer 🔥🔥
Vergara M. Carmen
me perdí?? no entendí, no fue Sebastián quien los presento
que le consiguió ese trabajo?
Vergara M. Carmen
como, acaso no fue ella q le dijo de la invitación?
Vergara M. Carmen
claro, tenía q ser una amiga alocada😂
Vergara M. Carmen
ay Valentina!!!
Vergara M. Carmen
está muy buena está novela☺️
Vergara M. Carmen
que?? comooo🔥🔥🔥
Vergara M. Carmen
😂😂😂🔥🔥
Vergara M. Carmen
bien🔥🔥🔥
Vergara M. Carmen
que gente más despreciable, ya les llegará el karma
Vergara M. Carmen
uyyy pero🤬🤬🤬
Vergara M. Carmen
primer capítulo: atrapador, me gusta☺️
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