Un refugio maldito, una obsesión mortal y un secreto de sangre a punto de estallar.
Huyendo de su familia, Bibiana toma la drástica decisión de mudarse con Adam a una cabaña aislada en mitad del espeso bosque finlandés. Ellos creen estar construyendo su propio nido de amor en una paz idílica, sin embargo, ambos viven en una mentira: ignoran por completo la existencia de un Pacto de sangre, la oscura deuda del pasado que ya ha marcado sus destinos. Pero el invierno no perdona, y la tragedia golpea con la fuerza de un témpano.
Segunda temporada de la novela Destinada a un amor inmortal
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T2 Capítulo 21 - La jaula de cristal
Afuera de la casa de los Anderson, los dos vigilantes permanecían como estatuas de hielo.
—El Jefe viene hacia aquí —susurró el primero, ajustándose el cuello del abrigo.
—Sí —respondió el segundo con una sonrisa sombría—. Llegará en cualquier momento.
Mientras tanto, en el mundo de los sueños, Bibiana se aferraba a Adam bajo la luz eterna del jardín de flores.
—En cuanto amanezca me iré de casa. Volveré a la cabaña —anunció ella con determinación.
—Mi amor, ¿por qué no te quedas en el apartamento de Melissa? —preguntó Adam, estrechándola con fuerza—. En la cabaña no estarás segura.
—Esa ya es mi casa, Adam. Estaré bien. Si tú estuvieras allí, todo sería perfecto.
Adam la besó con una mezcla de amor y angustia. "Muy pronto volveré por ti y nunca más te dejaré sola", prometió en su mente.
—Te amo, Bibi. Daría mi vida por estar contigo en la realidad.
—Y yo a ti. Aunque no estemos juntos en la vida, lo estaremos en la eternidad.
Ambos se fundieron en un beso apasionado, un beso que sabía a despedida y a promesa al mismo tiempo, mientras el sol del mundo real comenzaba a asomarse por el horizonte.
Al día siguiente
El motor del avión privado se detuvo en la pista de Finlandia.
—Señor, hemos llegado —anunció el guardaespaldas.
Marcelo se ajustó el abrigo con una sonrisa gélida.
—Ya era hora.
En la casa Anderson, Bibiana bajaba las escaleras cargando su maleta, moviéndose como una sombra. Se detuvo un segundo frente a la puerta principal.
—Adiós, papá. Adiós, Diego —susurró antes de salir al frío de la mañana.
Desde la ventana, Elena observaba la silueta de su hermana.
—Por fin te fuiste... ojalá no regreses nunca.
Sin embargo, a pocos metros, los vampiros de Marcelo la tenían en la mira.
—La joven salió. Lleva una maleta. Se escapó... ¡Rápido! No podemos permitir que desaparezca. Vamos por ella.
En Alaska, Adam caminaba de un lado a otro en el estudio, ignorando la calma de su madre.
—¿Cuándo regresará mi padre, mamá? ¡Necesito que vuelva ya!
—Te dije que en unos días, hijo. ¿Por qué tanta prisa?
—Voy a irme de aquí, y esta vez no pienso huir como un prisionero —declaró Adam con fuego en los ojos—. Mi vida ya no está en este lugar. Voy a volver a Finlandia por la mujer que amo.
Estela bajó la mirada, ocultando el terror que sentía por lo que su esposo estaba haciendo en ese mismo instante.
En el bosque de Finlandia, la sensación de libertad de Bibiana duró poco. Los ruidos entre los arbustos la obligaron a acelerar el paso, pero dos figuras pálidas le cerraron el camino.
—Hola, hermosa humana —dijo el primer vampiro, bloqueándole el camino con una sonrisa burlona.
—¿Quiénes son ustedes? —exigió Bibiana, retrocediendo con firmeza—. ¡Aléjense de mí!
—Quiénes somos no importa —respondió el segundo—. Solo sabemos que no podemos dejarte ir.
Bibiana no se dejó intimidar. Sus ojos chispearon con furia mientras buscaba una salida.
—No les tengo miedo. Si no se quitan, les clavo una estaca en el corazón a los dos —amenazó, apretando los puños.
—Eres muy valiente, pero eso no nos asusta —se mofó el primer vampiro.
De repente, uno de ellos se lanzó hacia ella y la sujetó con fuerza por los brazos.
—¡Suéltenme! —gritó Bibiana, forcejeando desesperadamente. Pateó y trató de zafarse del agarre de acero del monstruo, demostrando una resistencia que los sorprendió.
—Tranquila... —murmuró el que la sostenía, haciendo un esfuerzo por no soltarla.
Al ver que no dejaba de luchar, el otro vampiro se acercó rápidamente y, con un movimiento seco y preciso, la noqueó. El cuerpo de Bibiana se desplomó de inmediato, quedando inconsciente en los brazos de su captor
—¿Qué hiciste? —preguntó el segundo vampiro.
—Era la única forma de que no resistiera. Pero mira esto... su sangre... no es apetecible. Me da náuseas —confesó con asco.
—Yo siento lo mismo. Algo protege a esta joven. Llévala a la cabaña y mantenla sedada. Yo seguiré vigilando al humano.
En la casa Anderson, Ignacio entró en la habitación de Bibiana minutos después, encontrando solo el vacío. El pánico le recorrió el cuerpo al ver que sus cosas no estaban.
—No puede ser... —corrió a la sala, gritando los nombres de sus hijos.
Diego, que acababa de colgar una romántica llamada con Melissa, se encontró con el rostro desencajado de su padre.
—¿Qué pasa, papá?
—¡Es su hermana! ¡Bibiana se fue otra vez!
Elena entró en la sala fingiendo sorpresa, mientras por dentro celebraba su victoria.
En la cabaña, Bibiana yacía inconsciente en la cama, atada de manos y pies. El vampiro que la custodiaba sentía un rechazo instintivo hacia su aroma. El sonido de pasos afuera lo puso en alerta.
Afuera, Marcelo se detuvo frente a la pequeña construcción de madera, envuelto en su abrigo de piel costosa. Sus ojos recorrieron las paredes desgastadas y el techo cubierto de musgo con una mueca de asco profundo.
—¿Esta es la cabaña donde se estaba quedando mi hijo? —preguntó, volviéndose hacia su escolta con un tono cargado de incredulidad.
—Sí, señor —respondió el vampiro con firmeza.
—Qué casa tan pobre... —murmuró Marcelo, negando con la cabeza—. Es una basura. Ningún hijo mío volverá a vivir en estas condiciones de miseria.
Marcelo suspiró, como si el simple hecho de estar allí lo ensuciara.
—Ve al pueblo y busca al mejor maestro de obras —ordenó sin mirar al guardia—. Quiero que remodelen esta cabaña de inmediato. Puede que nos sirva de algo más adelante, pero no así. No como este nido de humanos.
En ese momento, el vampiro que custodiaba a Bibiana salió a recibirlo.
—Señor, qué bueno que llegó. Mi compañero sigue vigilando la casa del humano, pero yo tengo aquí a la hija mayor.
Marcelo arqueó una ceja y una sonrisa depredadora transformó su rostro.
—¿Atraparon a Bibiana?
—Sí, señor. Está adentro. ¿Quiere verla?
—Por supuesto que quiero verla —sentenció Marcelo mientras caminaba hacia la entrada—. Vine precisamente por ella