Hay una razón por la que el Emperador Celestial jamás tomó una emperatriz.
No fue porque no pudiera amar.
Fue porque la perdió.
Treinta mil años después...
ella despierta sin recordar quién es.
Y él está dispuesto a poner de rodillas a los siete reinos para conseguir que vuelva a mirarlo como antes.
El problema es que ella ya eligió al hombre equivocado.
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Capítulo 22: Volver a caminar
Paso dos días enteros ensayando una disculpa.
Descubro que pedir perdón resulta mucho más difícil que discutir.
Las discusiones salen solas.
Las disculpas no.
Empiezo una frase.
La cambio.
Vuelvo a empezar.
Termino hablándole a una planta porque no hay nadie más en mi habitación.
—Creo que fui injusta.
Hago una mueca.
No.
Demasiado seria.
Lo intento otra vez.
—Perdón por asumir que tenías una hija.
Me tapo la cara con las manos.
Peor.
Muchísimo peor.
La planta, por supuesto, no opina.
Qué poco colaboradora.
Resoplo.
—Si sobrevivo a esto, prometo no volver a practicar conversaciones contigo.
No salgo a buscar a Azrael.
O, al menos, eso me repito mientras camino sin rumbo por los senderos del Purgatorio.
Cuando levanto la vista...
estoy frente al Jardín Sagrado.
Otra vez.
Cruzo los brazos.
—No pienso admitir que esto ya parece una costumbre.
—Nunca lo has admitido.
La voz llega tranquila, serena.
Levanto la cabeza.
Azrael está sentado bajo un árbol, con un libro abierto entre las manos.
No hay generales.
No hay guardias.
No hay armaduras.
Solo él.
Y el viento moviendo lentamente las hojas del libro.
Por un instante, la imagen se mezcla con el sueño.
La ventana.
El libro.
La paz.
Mi corazón da un vuelco.
Él cierra el libro despacio.
No dice nada.
Espera.
Como si supiera que esta vez soy yo quien debe hablar.
Trago saliva.
—Creo...
hago una pausa.
—Creo que te debo una disculpa.
Azrael sostiene mi mirada.
Después niega muy despacio.
—No me debes nada.
No puedo evitar sonreír.
—Eso lo decidiré yo.
Durante un instante, algo parecido al alivio cruza sus ojos.
Es tan fugaz que desaparece enseguida.
Tomo aire.
—¿Me acompañas a caminar?
Él se pone de pie sin hacer preguntas.
—Siempre.
No sé por qué esa palabra consigue desordenarme más que cualquier otra cosa.
Empiezo a caminar.
Él se coloca a mi lado.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
La distancia justa para que ninguno de los dos tenga que fingir que el otro no está ahí.
El silencio nos acompaña durante los primeros minutos.
Y, sorprendentemente...
no resulta incómodo.
El jardín parece distinto cuando no intento escapar de él.
Las flores tienen colores que antes no había notado.
El agua del pequeño arroyo refleja un cielo que nunca termina de decidir si es de día o de noche.
Me agacho de repente.
—Espera.
Azrael se detiene.
—¿Qué ocurre?
Señalo el suelo.
Un pequeño caracol avanza con una lentitud admirable justo en medio del sendero.
—Va a morir.
Él observa al animal.
Después me observa a mí.
—Está caminando.
—Precisamente.
—No entiendo.
Lo miro como si la respuesta fuera evidente.
—Va directo al camino por donde pasa todo el mundo.
Azrael vuelve a mirar al caracol.
Luego al sendero.
Luego otra vez al caracol.
Permanece completamente serio.
—Tienes razón.
No esperaba esa respuesta.
Lo veo inclinarse.
Con una delicadeza casi absurda, toma una hoja caída y ayuda al pequeño caracol a llegar hasta el césped.
El animal continúa su camino sin enterarse de que acaba de ser salvado por el hombre más poderoso del universo.
No puedo evitar reír.
—No pensé que aceptarías.
Azrael deja la hoja sobre el suelo.
—Tú tampoco aceptabas.
La frase queda suspendida entre nosotros.
Hace unas semanas me habría enfadado.
Le habría preguntado otra vez qué significaba.
Hoy...
solo sonrío.
Porque empiezo a comprender que no intenta obligarme a recordar.
Simplemente...
a veces el pasado se le escapa entre las palabras.
Seguimos caminando.
Después de un rato encuentro el valor para romper el silencio.
—¿Puedo preguntarte algo?
Él no tarda ni un segundo en responder.
—Siempre.
Otra vez esa palabra.
Siempre.
Como si nunca hubiera existido la posibilidad de negarse.
Bajo la vista hacia el sendero.
—¿Qué fue lo primero que pensaste cuando me viste?
Azrael tarda tanto en responder que creo haber cometido un error.
El viento mueve ligeramente las ramas sobre nuestras cabezas.
Finalmente habla.
—Que había sobrevivido.
Levanto la cabeza.
Frunzo el ceño.
—Yo ya estaba muerta.
Él se detiene.
Sus ojos permanecen fijos en los míos.
Hay un cansancio antiguo en ellos.
Uno que no pertenece a este día.
Ni a este siglo.
—No hablaba de ti.
No entiendo.
Y, sin embargo...
siento que esa respuesta pesa más que cualquier explicación.
No insisto.
Porque, por primera vez...
comprendo que algunas heridas todavía le duelen demasiado para ponerles nombre.
Seguimos caminando hasta llegar a un pequeño lago escondido entre los árboles.
El agua está completamente inmóvil.
Tan quieta que refleja el cielo como si fuera un espejo.
Nos detenemos a observarlo.
No sé cuánto tiempo pasa.
A su lado, el silencio deja de parecer un enemigo.
Se convierte en otra forma de conversación.
Respiro hondo.
—¿Crees que algún día voy a recordarlo todo?
Azrael no responde enseguida.
Mira el agua.
Después me mira a mí.
Y sonríe apenas.
Una sonrisa pequeña.
Honesta.
—No lo sé.
Asiento despacio.
Era una posibilidad.
Entonces él añade, con una serenidad que me desarma:
—Pero sí sé una cosa.
Espero.
Mi corazón empieza a latir un poco más deprisa.
—¿Cuál?
Sus ojos no se apartan de los míos.
—Si nunca vuelves a recordarme...
hace una pausa.
Una pausa tan suave que el viento casi consigue llevársela.
—...entonces tendré el privilegio de volver a enamorarme de ti por primera vez.
El mundo entero parece quedarse en silencio.
No sé qué responder.
Ni siquiera sé cómo respirar.
Porque esas palabras...
no suenan a una promesa.
Suenan a una elección.
A una que él ya tomó hace mucho tiempo.
Y que, de alguna forma imposible...
está dispuesto a tomar otra vez.
Bajo la vista para ocultar el temblor de mi sonrisa.
No quiero que la vea.
Aunque sospecho...
que ya la vio hace mucho tiempo.