Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.
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Capítulo 2: Manos que Sanan en Silencio
La tarde caía sobre la ciudad como un manto pesado de neón y contaminación. Desde la ventana de la biblioteca del Convento de la Sagrada Misericordia, Verónica observaba cómo las luces de los rascacielos del Distrito Financiero comenzaban a encenderse una tras otra, como estrellas artificiales que intentaban competir con la oscuridad real que se arrastraba por los callejones inferiores.
Había terminado su turno de transcripciones más temprano de lo habitual. El Padre Superior le había dado permiso para salir a realizar “labores de misericordia externa”, una de las pocas actividades en las que las monjas podían abandonar los muros del convento sin demasiadas preguntas. Verónica ajustó su hábito, asegurándose de que el velo cubriera casi por completo su cabello rubio dorado, aunque dos finas mechas carmesí se escapaban rebeldes cerca de su sien izquierda, brillando como advertencias silenciosas bajo la luz artificial.
Bajó al garaje subterráneo del convento, donde un vehículo eléctrico negro sin distintivos la esperaba. No era un auto común: tenía blindaje ligero y un sistema de supresión de auras demoníacas incorporado, cortesía de la Orden de San Miguel. Antes de subir, revisó el maletín médico que siempre llevaba: vendas benditas, ampollas de agua santa concentrada y algunos cristales de cuarzo encantado que ella misma había impregnado con su magia sutil.
Conducía con calma, las manos firmes sobre el volante. Su primera parada fue en el puesto avanzado de la Orden de San Miguel, un edificio modesto pero fortificado en la frontera entre el Distrito Medio y los Barrios Bajos.
El hermano Mateo la recibió en la entrada, con el brazo todavía vendado de la noche anterior.
—Sor Verónica, no esperaba verla tan pronto —dijo él con una sonrisa cansada pero sincera.
—Escuché que trajeron a tres heridos de la patrulla de anoche. Quise venir a ayudar —respondió ella con voz suave, bajando del vehículo.
Dentro del puesto, el ambiente era tenso pero organizado. Tres cazadores afiliados a la Iglesia descansaban en camillas. Uno tenía quemaduras de azufre en el torso, otro una herida profunda en la pierna causada por garras de un demonio Clase II, y el tercero sufría de una maldición mental leve: susurros que aún no desaparecían.
Verónica se acercó primero al quemado. Se arrodilló a su lado y colocó sus manos sobre la herida, sin tocarla directamente. Cerró los ojos. Una luz muy tenue, casi imperceptible, brotó de sus palmas —un cálido resplandor dorado con vetas carmesí—. No era magia ostentosa. Era algo íntimo, preciso, como si estuviera guiando la propia energía vital del herido para que se regenerara más rápido.
—Que el Señor sane tu carne como sana tu espíritu —murmuró.
El cazador soltó un suspiro de alivio casi inmediato. Las quemaduras dejaron de supurar y comenzaron a cerrarse visiblemente.
—Gracias, hermana… —susurró él con voz ronca—. La mayoría de los curanderos contratados por las corporaciones cobran una fortuna solo por mirar. Usted viene gratis.
Verónica sonrió con humildad.
—No es gratis. Es mi deber. Ustedes arriesgan su vida por los demás cada noche. Lo menos que puedo hacer es aliviar su dolor.
Pasó al siguiente. Mientras curaba la herida de la pierna, conversó en voz baja con Mateo.
—¿Cómo van las cosas con los otros grupos? —preguntó ella.
Mateo suspiró.
—Los contratados por Hélix siguen siendo arrogantes. Ayer rechazaron ayudar en un incidente en los Barrios Bajos porque “no estaba en el contrato”. En cambio, un grupo independiente nos pasó información valiosa sobre un posible portal en las alcantarillas. Riesgoso, pero al menos actuaron.
Verónica asintió, manteniendo su expresión serena. En su interior, sintió un leve desprecio frío hacia los de Helix, pero no lo dejó asomar. Solo respetaba a quienes actuaban con nobleza.
—Los independientes pueden ser caóticos —comentó con neutralidad—, pero cuando ayudan al prójimo sin pedir nada a cambio, merecen nuestro respeto tanto como ustedes.
Después de terminar con los tres heridos, Verónica se despidió de Mateo con una bendición sincera. Subió nuevamente al vehículo y se adentró en los Barrios Bajos.
Allí la realidad era distinta. Edificios antiguos mezclados con construcciones precarias de materiales reciclados y tecnología pirata. Luces LED parpadeantes iluminaban mercados improvisados donde se vendían desde comida callejera hasta amuletos dudosos contra demonios. El aire olía a humedad, fritura y un leve rastro de azufre que nunca desaparecía del todo.
Verónica dejó el vehículo en un estacionamiento vigilado por un viejo cazador retirado y continuó a pie, con el maletín en la mano. Su figura alta y serena llamaba la atención, pero el hábito blanco y negro generaba respeto inmediato.
Primero visitó la casa de la señora Rosa, una viuda de sesenta años cuya hija había sido atacada por un demonio susurrante semanas atrás. La joven, llamada Camila, aún no hablaba con normalidad.
—Hermana Verónica… —dijo Rosa al abrir la puerta, con lágrimas en los ojos—. Gracias por venir otra vez.
—No hay nada que agradecer —respondió Verónica, entrando en la humilde sala.
Se sentó junto a Camila, quien miraba al vacío. Verónica tomó sus manos. Esta vez usó un poco más de su magia. Un hilo muy fino de energía carmesí dorada fluyó de sus dedos hacia la frente de la chica. No era un exorcismo completo —eso requería rituales más fuertes—, pero sí un alivio profundo que calmaba los ecos mentales del demonio.
—Respira conmigo —susurró Verónica—. La oscuridad no tiene poder sobre ti si no le das permiso.
Poco a poco, los ojos de Camila recuperaron algo de luz. Por primera vez en días, sonrió débilmente.
—Gracias… —murmuró.
Verónica pasó casi una hora allí, escuchando las preocupaciones de Rosa, bendiciendo la casa y dejando algunas provisiones que había comprado con sus propios ahorros del convento.
Continuó su ruta. En un callejón estrecho, encontró a un cazador independiente herido: un hombre llamado Diego, de unos veintiocho años, conocido por operar solo y vender partes de demonios menores en el mercado negro para sobrevivir.
Estaba sentado contra la pared, presionando una herida sangrante en su costado. Un demonio Clase I lo había atacado mientras protegía a un grupo de niños que jugaban cerca.
Verónica se acercó sin miedo.
—Déjame ver —dijo con voz calmada.
Diego levantó la mirada, sorprendido.
—¿Una monja? ¿Aquí abajo? Váyase, hermana. Esto no es lugar para usted.
—Este es exactamente el lugar donde debo estar —respondió ella, arrodillándose.
Examinó la herida. No era mortal, pero se infectaría pronto con energía demoníaca residual. Verónica colocó su mano sobre la herida. Esta vez la luz fue un poco más intensa, pero aún discreta. La magia fluyó, limpiando la corrupción y cerrando la carne.
Diego jadeó de alivio.
—¿Cómo…?
—No preguntes —dijo Verónica con una sonrisa suave—. Solo sé que haces lo correcto cuando proteges a los niños sin que nadie te pague por ello.
Diego bajó la mirada, avergonzado.
—Vendo partes después… para comer.
—Y aun así elegiste proteger primero. Eso habla de tu corazón —respondió ella con sinceridad—. Dios ve las intenciones, no solo las acciones.
Le dejó un frasco pequeño de ungüento bendito y unas monedas.
—No es caridad —aclaró Verónica antes de que él protestara—. Es inversión en alguien que puede seguir ayudando.
Siguió caminando. Durante las siguientes horas visitó tres familias más afectadas por ataques menores: una donde un demonio de miedo había provocado pesadillas colectivas, otra donde un ser Clase II había destruido parte de una vivienda, y un anciano que había perdido la visión temporalmente por un encuentro cercano.
En cada caso, Verónica ayudaba con lo que podía: palabras, provisiones, curación sutil cuando era necesario. Su magia no era espectacular. Era eficiente, controlada, casi quirúrgica. La usaba poco porque su disciplina física y mental le permitían enfrentar la mayoría de situaciones sin ella, pero cuando alguien realmente lo necesitaba, no dudaba.
Cerca de las once de la noche, mientras regresaba hacia su vehículo, se encontró con un grupo de tres cazadores contratados por una corporación. Llevaban armaduras elegantes con el logo de Helix y armas de plasma de última generación. Estaban discutiendo junto a un portal residual que acababa de cerrarse.
Uno de ellos, un hombre alto con gafas tácticas, la miró con desdén.
—Monja, esto es zona peligrosa. Vuelva a su convento.
Verónica los observó. Notó que habían matado al demonio, pero habían ignorado a dos civiles heridos que yacían cerca.
—Veo que cumplieron su contrato —dijo con voz serena, sin rastro de confrontación—. Pero hay personas aquí que necesitan ayuda ahora.
—Nuestro contrato no incluye rescates gratuitos —respondió el líder con arrogancia.
Verónica sintió esa frialdad interna subir por su columna, pero la contuvo. Su rostro permaneció angelical.
—Entiendo —dijo simplemente—. Entonces yo me encargo.
Se acercó a los heridos y comenzó a curarlos con la misma dedicación de siempre. Los cazadores de Hélix la observaron unos minutos, incómodos, y finalmente se marcharon en su vehículo blindado sin decir nada más.
Mientras sanaba al segundo civil, un joven de apenas diecinueve años con una fractura expuesta, Verónica habló en voz baja:
—No todos los que llevan armas son guardianes. Algunos solo son empleados. Pero mientras haya personas como el hermano Mateo, como Diego, o como tú que intentan sobrevivir con dignidad, vale la pena seguir.
El joven la miró con admiración.
—¿Usted no tiene miedo, hermana?
Verónica sonrió levemente, y por un instante las mechas carmesíes bajo su velo parecieron brillar con más intensidad.
—El miedo es solo otra herramienta de los demonios. Yo elegí no alimentarlos.
Regresó al convento pasada la medianoche. El guardia nocturno la dejó entrar con una inclinación respetuosa. En su celda, Verónica se quitó el velo y dejó que su cabello rubio dorado cayera hasta más abajo de su espalda baja, con las mechas carmesí destacando como venas de fuego vivo.
Se arrodilló frente al crucifijo, como siempre. Sus manos se entrelazaron con fuerza.
Había ayudado a cazadores de la Iglesia, a independientes y había visto de cerca la indiferencia de los contratados. Había usado su magia con moderación, solo donde era verdaderamente necesaria. Había sido la misma Verónica de siempre: tranquila, obediente, noble.
Pero en la quietud de su habitación, permitió que un pensamiento más profundo aflorara por unos segundos:
«El día que los demonios mayores vengan, no serán los contratos ni las armaduras elegantes los que salven esta ciudad. Serán las manos dispuestas a darlo todo sin pedir nada a cambio.»
Cerró los ojos. La bestia sagrada en su interior permaneció dormida………Por ahora.