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La Otra Cara De La Moneda

La Otra Cara De La Moneda

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Celebridades
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

César sueña con escapar de la pobreza a través de la música. Tras años de sacrificios, consigue un contrato discográfico, creyendo que su vida cambiará para siempre. Pero el éxito tiene un precio que jamás imaginó: manipulación, traición y la pérdida gradual de su esencia. Mientras su familia se vuelve interesada y los falsos amigos abundan, César deberá decidir cuánto está dispuesto a ceder de su dignidad por la fama internacional. En su camino conocerá luces y sombras, aprenderá que no todo lo que brilla es oro, y descubrirá si el sueño por el que tanto luchó vale realmente el infierno que vive.

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Capítulo 22: Lecciones en la penumbra

La reunión con Lucía al día siguiente fue larga y minuciosa. La abogada revisó el contrato que Emilia le había ofrecido, lo analizó línea por línea, y finalmente dejó el documento sobre la mesa con una expresión de desaprobación.

"Es un buen contrato sobre el papel", dijo. "Pero el acuerdo de confidencialidad perpetuo es una trampa. Te prohíbe hablar de cualquier cosa relacionada con Melodía Records, incluso después de que termines tu relación con ellos. Eso significa que si en el futuro alguien te pregunta sobre tu experiencia, no podrás responder. Y si alguien te acusa de algo, no podrás defenderte. Es una mordaza de por vida."

César asintió. Ya lo había intuido, pero oírlo de labios de Lucía lo confirmaba. "¿Y si lo rechazo?"

"Entonces la guerra empieza oficialmente. Ellos van a intentar destruirte. Van a filtrar mentiras a la prensa, van a demandarte por incumplimiento de contrato, van a hacer todo lo posible para que te arrepientas. Pero tenemos una ventaja: la declaración jurada falsa. Si tú declaras en su contra, puedes demostrar que ellos cometieron fraude. Y el fraude anula cualquier contrato."

"¿Y el otro artista? ¿El que acusaron falsamente?"

Lucía abrió su computadora y buscó en sus archivos. "Se llama Andrés. Tiene veintiún años. Después de que lo despidieron de su disquera, desapareció del mapa. No tiene redes sociales, no tiene página web, no tiene presencia en los medios. Pero tengo una dirección. Vive en un pueblo pequeño, a cuatro horas de aquí. Si logramos que declare contigo, el caso se fortalece."

César sintió un nudo en el estómago. Andrés. El chico al que había ayudado a destruir. El que había perdido su carrera por una mentira que él firmó. "¿Crees que querrá declarar? Después de lo que le hice..."

"Tal vez no. Pero si le ofreces una disculpa sincera, si le explicas que estabas siendo manipulado, tal vez acceda. No tienes nada que perder. Y él tiene todo que ganar: la verdad, su nombre limpio, la posibilidad de volver a hacer música."

César se quedó en silencio, mirando la dirección escrita en el papel. Cuatro horas de viaje. Un pueblo pequeño. Un artista que quizás lo odiaba. Pero también quizás, solo quizás, podía reparar el daño que había causado.

"Voy a buscarlo", dijo al fin.

"¿Solo?"

"No. Quiero que vengas conmigo. Necesito a alguien que me ayude a decir las palabras correctas."

Lucía sonrió, una sonrisa cálida que iluminó todo su rostro. "Está bien. Vamos. Pero prepárate para lo peor. Si Andrés no quiere escucharte, no podemos obligarlo. Y si quiere, tendrás que ser completamente honesto. Sin medias verdades, sin excusas. Solo la verdad."

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El viaje fue largo y silencioso. Lucía conducía un auto pequeño y práctico, con el aire acondicionado funcionando apenas y una radio que emitía solo noticias. César iba en el asiento del copiloto, mirando por la ventanilla el paisaje que cambiaba de ciudad a suburbio, de suburbio a campo, de campo a montaña. El pueblo de Andrés era un lugar perdido en la sierra, con calles de tierra y casas de adobe. No había semáforos, ni bancos, ni tiendas grandes. Solo una iglesia, un parque diminuto y una plaza con un kiosco de madera.

Lucía estacionó frente a una casa blanca con techo de tejas rojas. El jardín estaba descuidado, lleno de maleza y hojas secas. César bajó del auto con las piernas temblorosas. Tocó la puerta con los nudillos, tres golpes suaves.

No contestó nadie. Volvió a tocar, más fuerte. Esta vez, la puerta se abrió un par de centímetros, dejando ver un ojo oscuro en la rendija.

"¿Quién es?", preguntó una voz joven, pero cansada.

"César. César Mora. Busco a Andrés."

El ojo se entrecerró. "¿El que me acusó de plagio?"

César sintió que el suelo se le hundía. "Sí. Pero no vine a pelear. Vine a pedir disculpas."

Hubo un silencio largo. Luego la puerta se abrió del todo. Andrés era un chico delgado, de hombros caídos, con barba de varios días y unos ojos que habían perdido el brillo. Vestía una camiseta vieja y pantalones de deporte. Detrás de él, la casa estaba en penumbras, con las cortinas corridas y apenas un par de velas encendidas.

"Pasa", dijo Andrés, sin entusiasmo. "Pero si vienes a hacerme daño, te advierto que no tengo nada que perder. Ya perdí todo."

César entró, seguido de Lucía. La casa olía a humedad y a soledad. No había muebles, solo un colchón en el suelo, una mesa de plástico y una silla. Andrés señaló la silla y César se sentó. Él se quedó de pie, con los brazos cruzados.

"Habla", dijo Andrés. "Pero no esperes que te perdone. No después de lo que hiciste."

César respiró hondo. Las palabras que había ensayado durante el viaje se le escapaban, reemplazadas por un nudo en la garganta. "No vine a pedir perdón", dijo al fin. "Vine a decirte la verdad. Yo no quería hacerte daño. La disquera me obligó. Me chantajearon con mi contrato, con mi familia, con todo. Firmé esa declaración porque tenía miedo. Pero fue un error. Fue el error más grande de mi vida."

Andrés no se movió. Su mirada seguía siendo fría, pero sus ojos se humedecieron ligeramente. "¿Y ahora qué? ¿Quieres que te diga que está bien? ¿Que no pasó nada? Perdí mi contrato. Perdí mi carrera. Perdí mi nombre. Todo por una mentira que tú firmaste."

"Lo sé. Y no puedo devolverte lo que perdiste. Pero puedo decir la verdad. Puedo declarar en público que mentí. Que tú no plagiaste nada. Puedo ayudarte a recuperar tu nombre. Y si quieres, puedo ayudarte a demandar a Melodía Records por los daños."

Andrés se quedó en silencio un largo rato. Luego se sentó en el borde del colchón, con la cabeza entre las manos. "¿Por qué habrías de hacer eso? ¿Qué ganas tú?"

"Nada", dijo César. "No gano nada. Solo recupero mi dignidad. Y si con eso puedo ayudarte a ti, entonces vale la pena."

Andrés levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, pero ya no había odio en ellos. Solo cansancio. "¿Y si te demandan? ¿Si te arruinan?"

"Ya me arruinaron. Solo que no lo sabía. La fama sin dignidad no es fama. Es una cárcel. Y yo quiero salir de la cárcel, aunque tenga que empezar de cero."

Andrés se levantó y caminó hacia la ventana. Corrió las cortinas, dejando entrar la luz del sol por primera vez en quién sabe cuánto tiempo. La luz iluminó su rostro, revelando las marcas de la tristeza, pero también un atisbo de esperanza.

"Está bien", dijo. "Voy a declarar. Pero no por ti. Por mí. Porque ya estoy harto de esconderme."

César sonrió, una sonrisa temblorosa pero sincera. "Gracias, Andrés. No sabes cuánto significa esto."

"Significa que tal vez, solo tal vez, la verdad pueda ganar alguna vez."

Salieron de la casa de Andrés con un nuevo aliado. El sol se estaba poniendo, tiñendo las montañas de naranja y rosa. César miró el paisaje y sintió que, por primera vez en mucho tiempo, estaba en el camino correcto. No era el camino fácil. Pero era el suyo.

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