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No te mueras, mi amor

No te mueras, mi amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor en la guerra / Completas
Popularitas:10.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.

La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.

Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.

Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.

Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10

El peine

Las barracas de Santiago olían a metal y jabón de barra.

Valentina entró al día siguiente a las siete de la mañana con el pelo todavía húmedo de la ducha y la excusa del peine como único salvoconducto. El cuarto era pequeño — un catre militar con las mantas dobladas en cuadro perfecto, una mochila colgada de un gancho, una mesa plegable con tres objetos: una armónica de boca plateada, un bolígrafo negro y un cuaderno pequeño de pasta dura.

Santiago estaba sentado en el catre atándose las botas. Levantó la vista.

—Pase.

—Vine por el peine.

—Está en la repisa del baño. Segundo estante.

El baño era un cubículo de concreto con una cortina de plástico y un grifo que goteaba. Valentina encontró el peine — negro, de dientes gruesos, militar, con un pelo oscuro atrapado entre las púas que ella sacó con cuidado y dejó caer al piso. Se pasó los dientes por el pelo mojado frente al espejo roto y se preguntó cuántas veces él había hecho lo mismo gesto en este mismo espejo, en esta misma hora, en esta misma soledad de las barracas de madrugada.

Salió del baño. Santiago seguía atándose las botas. El silencio era incómodo de la manera en que solo es incómodo un silencio entre dos personas que tienen demasiado que decirse y ninguna idea de por dónde empezar.

—¿Cuándo llegaste? —preguntaron los dos al mismo tiempo.

Se miraron. Valentina se rio — una risa corta, sorprendida. Santiago no se rio, pero esa comisura izquierda de su boca se movió otra vez, un milímetro, como en el vehículo bajo la lluvia.

—Tú primero —dijo él.

—Llevo un mes. Canal 7 me asignó como corresponsal. ¿Y tú?

—Ayer. Voluntario. Mantenimiento de paz, unidad de desminado.

—¿Voluntario?

—Sí.

—¿Por qué?

Santiago terminó de atarse la bota y se sentó derecho. La miró con esa expresión que ella empezaba a reconocer — seria, directa, sin adornos.

—Porque alguien tiene que hacerlo.

Valentina sostuvo su mirada. Quiso preguntar más — ¿te fuiste por Camila? ¿viniste por mí? ¿piensas en la noche de la cena? — pero las preguntas se atropellaban en su cabeza y ninguna era apropiada para las siete de la mañana en unas barracas militares.

—Tu cuaderno —dijo, señalando la mesa—. ¿Es un diario?

—No. Son notas de campo. Mapas, coordenadas, esquemas de detonadores.

—¿Y la armónica?

Santiago la miró un segundo más de lo necesario.

—Es para tocar.

—¿Tocas?

—A veces. De noche. Cuando todo está callado y los generadores se apagan.

—¿Qué tocas?

—Una canción. Siempre la misma. "Castillo en el cielo."

—No la conozco.

—Es una melodía japonesa. Mi padre me la enseñó cuando era chico. Dice que si la tocas en un lugar donde ha habido violencia, el sonido limpia el aire.

—¿Tú crees eso?

—No. Pero me gusta cómo suena.

Valentina lo miró. Estaba sentado en un catre militar en una base de mantenimiento de paz en un país destrozado, hablando de una melodía que su padre le había enseñado como si fuera la cosa más normal del mundo. Y quizá lo era. Quizá lo extraordinario no era la guerra ni las bombas ni el desierto — quizá lo extraordinario era un hombre que tocaba una armónica por las noches para limpiar el aire de un lugar donde todo olía a pólvora.

Valentina sintió el peligro. No el peligro de la guerra — un peligro más antiguo, más peligroso. El peligro de estar en un cuarto pequeño con un hombre que olía a jabón y hablaba en fragmentos y tenía una armónica para las noches calladas. El peligro de querer sentarse en ese catre y quedarse ahí todo el día, haciéndole preguntas que él respondería con dos o tres palabras que valdrían más que un discurso.

Se levantó.

—Gracias por el peine.

—Quédatelo.

—Siempre me dices eso. "Quédatelo." El paraguas, el peine. ¿Alguna vez vas a querer que te devuelva algo?

Santiago la miró.

—No.

La respuesta fue tan simple y tan definitiva que Valentina no supo qué hacer con ella. Se dio la vuelta y salió de las barracas con el peine en la mano y el corazón en la garganta.

---

El Coronel Mendoza la mandó llamar a las diez.

Su despacho era un contenedor de metal convertido en oficina — escritorio, dos sillas, un mapa de Garún clavado en la pared con chinchetas de colores. Mendoza era un hombre bajo y ancho, con bigote canoso y ojos que parecían haber visto todo y haberse cansado de la mayoría. Hablaba con la eficiencia de quien lleva treinta años dando órdenes.

—Mora. Siéntese.

Valentina se sentó.

—Me dicen que su documental sobre el mantenimiento de paz está avanzando bien. Tengo una propuesta. La unidad de desminado del Teniente Herrera empieza operaciones de campo mañana. Quiero que los cubra.

Valentina parpadeó.

—¿Cubrir la unidad de desminado? ¿De Santiago… del Teniente Herrera?

—El mismo. Son los que desactivan minas antipersonal en las aldeas. Es trabajo de alto riesgo, muy visual, excelente material para su documental. Además, Canal 7 pidió contenido de impacto. No hay nada más impactante que ver a un hombre desactivar una bomba a mano limpia.

Valentina abrió la boca y la cerró. Mendoza no sabía. No sabía nada de la comisaría, ni del aeropuerto, ni del restaurante, ni de la pulsera roja. Para él, esto era una asignación lógica: la periodista más competente cubriendo la unidad más interesante.

—Trabajarán juntos diariamente —continuó Mendoza—. Le asigno acceso completo: operaciones, entrenamientos, patrullas. Si Herrera desactiva una mina, usted está ahí filmando. ¿Alguna objeción?

"Sí. Unas cuarenta."

—Ninguna, Coronel.

—Perfecto. Se presenta mañana a las 0600 en el punto de encuentro sur. Herrera ya está informado. —Mendoza bajó la vista a los papeles de su escritorio—. Una cosa, Mora. El desminado es trabajo peligroso. He visto a tres corresponsales pedir traslado después de la primera jornada. Si en algún momento siente que no puede manejarlo, me avisa y la reasigno. Sin vergüenza. ¿Entendido?

—Entendido, Coronel. No voy a pedir traslado.

Mendoza la miró por encima de los lentes.

—Eso mismo dijeron los otros tres.

Valentina salió del despacho y se apoyó contra la pared exterior del contenedor. El sol de Garún le pegaba en la cara. El calor era denso, seco, como respirar dentro de un horno.

Diariamente. Iba a trabajar con Santiago diariamente. Iba a pasar cada mañana, cada tarde, cada operación a su lado. Iba a verlo desactivar bombas y comer raciones y lavarse la cara en los grifos de la base. No había escapatoria. No había distancia posible.

Se apretó el puente de la nariz con los dedos.

Desde las barracas del otro lado de la explanada, escuchó el sonido de una armónica. "Castillo en el cielo." La melodía flotaba sobre el calor y el polvo como algo que no pertenecía a este lugar — delicada, clara, imposiblemente limpia.

Santiago estaba practicando. A las diez de la mañana. Con el sol partiéndole la cabeza. Como si el mundo no estuviera ardiendo alrededor.

Valentina cerró los ojos y escuchó. Se apoyó contra la pared del contenedor y dejó que la melodía le entrara por la piel, por los huesos, por las grietas que la guerra y la distancia y el corazón roto le habían abierto en los últimos meses.

—Perfecto —repitió, esta vez para sí misma—. Absolutamente perfecto.

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Carmen Gloria Rivas Barrio
Me encantó, un amor increíble, un amor dispuesto a todo, un amor a prueba de balas y de guerra
Miriam Molina Molina
Es una obra de arte... tan fantástica como real... dolorosa y amorosa como lo es la vida misma...
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.
Laura Castañon
que historia más maravillosa e impresionante me gusto mucho gracias escritora felicidades muchas bendiciones
Amanda Gongora
excelente felicitaciones gracias
Naicka Rodriguez
gracias me gustó mucho cada capítulo, me concentre tanto que hasta me involucre en todo los personajes, felicitaciones ame bastante esta historia 😍
Luz myriam Navarrete
Es buena la trama pero aburre q tiene poco dialigo de parte de los personajes mucha descriccion de alrrededor autora mejoralo bay no continuo ..dienpre repites lo mismo
Luna del Mar
Muy buena historia, excelente narración y trama. Felicidades escritora.
Helizahira Cohen
Esta interesante, bonita se ve
Isabel Balderas
esta historia me la encontré de casualidad y empecé a leerla pensando que era la típica historia de amor y el vivieron felices por siempre pero la leí completa y llore mucho solo me queda decir que esta historia me encantó sentí cada palabra como si estuviera yo presente en la historia 👏😭👏😭
Luna del Mar
Excelente primer capítulo
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