Valentina Reyes es médica de urgencias en el Hospital Civil de Guadalajara. Trabaja turnos de cuarenta y ocho horas, mantiene sola a su madre en silla de ruedas y no tiene tiempo para el amor. Mucho menos para un hombre que llega a su sala de emergencias cubierto de sangre, con el cuerpo lleno de cicatrices y una mirada que dice: *yo te conozco*.
Santiago Montero no es quien aparenta ser. Para el mundo es el heredero del Grupo Montero, una de las familias más poderosas de Jalisco. Para el cártel Los Voraces, es "El Halcón", un sicario leal que lleva cinco años infiltrado entre asesinos y narcotraficantes. Para el ejército, es un capitán de fuerzas especiales dispuesto a sacrificarlo todo por destruir al capo más peligroso de Sinaloa.
Pero para Valentina... Santiago es el niño al que ella le regaló un dulce de tamarindo en una capilla destruida, hace veinte años. Ella lo salvó. Él nunca la olvidó. Ella, por el trauma, borró su rostro de la memoria.
Ahora Santiago ha vuelto. Y está dispuesto a esperar lo que haga falta.
Cien cartas escritas en secreto. Una medalla con la inicial "S" que ella lleva al cuello sin saber por qué. Un anillo de plata con turquesa que él juró ponerle en el dedo... aunque le cueste la mano entera.
Pero el pasado no perdona. El Tigre, líder de Los Voraces, tiene una deuda de sangre con la familia Reyes. Y cuando descubra que El Halcón tiene un punto débil llamado Valentina, la guerra dejará de ser solo entre cárteles.
Entre secuestros, tiroteos, secretos familiares y una boda en la misma capilla donde todo comenzó, Valentina y Santiago descubrirán que el destino los unió por una razón.
La pregunta es si sobrevivirán para demostrarlo.
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Capítulo 13
Capítulo 13
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El lunes amaneció gris en Guadalajara.
Valentina cruzó las puertas del Hospital Civil a las siete en punto. Bata planchada, estetoscopio al cuello, paso firme. Tres días fuera. Parecían tres meses.
Todo igual: antiséptico, café quemado, el murmullo de urgencias. Y sin embargo, nada se sentía igual.
—¡Estás viva!
Camila apareció con dos cafés y una sonrisa que era más interrogatorio que saludo.
—Nunca dije que no lo estuviera —respondió Valentina, aceptando el vaso.
—Tres días en un pueblo fantasma y ni un mensaje. Pensé que te había secuestrado algún ranchero guapo.
—Fue más complicado de lo que imaginaba.
—¿Complicado cómo? ¿Complicado de "el pueblo no tenía señal" o complicado de "conocí a alguien y no quiero contarte"?
—Complicado de "no quiero hablar de eso ahorita".
Camila entrecerró los ojos.
—Esa es la respuesta de alguien que sí conoció a alguien.
—Es la respuesta de alguien que tiene guardia de doce horas y todavía no revisa a sus pacientes.
—Esto no se queda así, güey —dijo Camila, señalándola con el dedo—. Tú y yo vamos a hablar.
Valentina sonrió. La primera sonrisa real desde que había vuelto a la ciudad.
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La junta departamental de las ocho fue donde lo conoció.
El jefe de cirugía presentó al nuevo cirujano adscrito: formación en Monterrey, subespecialidad en cirugía hepatobiliar, dos años en el IMSS Nacional.
—Les presento al Dr. Rodrigo Fuentes.
Se levantó. Alto. Cabello oscuro, peinado con precisión. Sonrisa calibrada. El tipo de hombre que parecía diseñado para las fotos institucionales.
—Es un honor unirme a este equipo —dijo con voz clara—. Conozco la reputación del Hospital Civil y espero estar a la altura.
Los aplausos fueron educados. Las miradas de las residentes, menos discretas.
Valentina presentó un seguimiento postoperatorio. Exposición breve, datos limpios, conclusiones directas.
—Excelente seguimiento, doctora Reyes —dijo el Dr. Fuentes cuando terminó. La forma en que pronunció "doctora Reyes" sonaba como si la hubiera elegido entre todos los nombres de la sala—. El manejo del drenaje fue particularmente acertado.
—Gracias, Dr. Fuentes.
Nada más. Pero sintió las miradas de Camila clavándose en su nuca.
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A las diez de la mañana, alguien dejó un café americano en su escritorio. Sin azúcar. Con una nota adhesiva:
"Para la doctora del mejor seguimiento postoperatorio que he visto en meses. — R.F."
Valentina miró el café. Miró la nota. Tiró la nota al bote de basura y se bebió el café porque era bueno y porque no había dormido bien.
Camila apareció justo a tiempo para ver la nota en la basura.
—¿Eso era lo que creo que era?
—Era una nota. Ya no es nada.
—No mames, Vale. El hombre más guapo que ha pisado este hospital te manda un café personalizado en su primer día y tú tiras la nota.
—Tiré la nota. Me quedé el café.
—Tú estás loca.
—Estoy ocupada. Que no es lo mismo.
Camila se sentó en el borde del escritorio.
—Rodrigo Fuentes. Treinta y dos años. Soltero. Sin hijos. Ya pregunté en recursos humanos.
—Cami, es su primer día.
—Neta, Vale, ¿cuándo fue la última vez que alguien te interesó?
Valentina abrió la boca para responder. La cerró.
Porque la respuesta que le vino a la cabeza no fue un nombre. Fue una voz que parecía arena y madera diciéndole: "Bienvenida a casa, señorita Reyes."
—No necesito que alguien me interese —dijo Valentina—. Necesito que me dejen trabajar.
—Está bien. Pero conste que Rodrigo no te quitó los ojos de encima en toda la junta.
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El turno avanzó. Consultas, suturas menores, una fractura en urgencias. Valentina se movía con la eficiencia automática de siempre.
Pero su cabeza estaba en otro lugar. En una capilla con olor a copal. En un niño que le dio un dulce de tamarindo. En unos ojos oscuros que la miraron como si la conocieran desde antes de que ella supiera su propio nombre.
Se descubrió tocándose el bolsillo de la bata. Vacío. Había dejado la envoltura del tamarindo en la mesita de noche de su departamento. ¿Por qué la había guardado?
No quería mirar esa respuesta de frente.
En el comedor, dos residentes hablaban sin bajar la voz.
—¿Ya viste al nuevo? Parece actor de telenovela.
—Y es cirujano. Cirujano de verdad, no residente. ¿Viste cómo le habló a la doctora Reyes?
—Le trajo café en su primer día. Eso es declaración de intenciones.
—Rodrigo es guapo, inteligente y disponible. ¿Qué más quieres, Vale?
Valentina, dos mesas más allá, fingió no escuchar. Revolvió la sopa sin probarla.
Lo que quería era dejar de pensar en un hombre que dormía con un arma bajo la almohada y que tenía sus iniciales tatuadas en el costado.
No estaba funcionando.
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A las cuatro de la tarde, Valentina caminaba por el ala de hospitalización con una carpeta de expedientes bajo el brazo cuando lo vio.
Se detuvo.
Al fondo del pasillo, junto a la ventana del cuarto doscientos doce, había una figura que no pertenecía a ese hospital. Jeans oscuros, botas de trabajo, chamarra negra. De espaldas. Mirando a través del cristal.
Santiago.
¿Qué hacía aquí? ¿A quinientos kilómetros de San Miguel de las Piedras?
Él no la había visto. Estaba inmóvil, con una mano en el marco de la ventana y la otra sosteniendo algo pequeño y suave. Un muñeco de peluche, tal vez.
Valentina caminó hacia él. Santiago no se volvió.
A tres metros, miró a través de la ventana.
Cortinas blancas. Monitores cardíacos con números estables. Girasoles en la mesa auxiliar, amarillos como un grito de vida entre tanto blanco.
Y en la cama, una niña.
Trece, catorce años. Piel pálida, casi traslúcida. Cabello oscuro extendido sobre la almohada. Delgada. Demasiado delgada. Vía intravenosa en la mano izquierda, pulsera de identificación en la muñeca.
Pero sonreía. Con la boca y con los ojos, con esa luminosidad imposible de quien ha aprendido a ser feliz a pesar de todo.
Santiago entró a la habitación. La niña levantó la cara y su sonrisa se amplió como si alguien hubiera encendido el sol dentro del cuarto. Santiago se sentó junto a la cama. Tomó la mano de la niña entre las suyas —esas manos que Valentina había visto empuñar armas, que cargaban cicatrices y pólvora— y las sostuvo con una delicadeza que le apretó algo dentro del pecho.
La niña dijo algo inaudible a través del cristal. Santiago bajó la cabeza. Rió.
Valentina nunca lo había visto reír. No así. No con esa rendición completa, como si frente a esa niña no existieran los muros que levantaba ante el resto del mundo.
¿Quién era esa niña?
Una novia. Una hermana. Una hija. No sabía. No sabía nada de él, en realidad. Solo que le había dicho "señorita Reyes" como si el nombre fuera una promesa, que tenía sus iniciales marcadas en la piel, y que ahora sostenía la mano de esa niña como si fuera lo más valioso del mundo.
Valentina retrocedió un paso. Dos.
Se dio la vuelta antes de que él pudiera verla.
Caminó por el pasillo con la carpeta apretada contra el pecho y el corazón latiéndole en un lugar donde no debería latir.
No miró hacia atrás.
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