romance, contrato, amor, diversión
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CAPÍTULO 20: La caída de la corona de espinas
La cocina de la vecindad estaba envuelta en una nube de harina y el calor reconfortante del horno. Elena, con el cabello recogido y las mejillas manchadas de chocolate, sacaba una bandeja de muffins de arándanos. Cocinar era su escudo, la única forma en que lograba acallar el eco de los insultos de Vanessa que aún resonaban en su cabeza.
De repente, la puerta se abrió de golpe. Sofía entró corriendo, sin aliento, con el rostro encendido por la emoción.
—¡Elena! ¡Elena, deja eso ahora mismo y ven aquí! —gritó Sofía, corriendo hacia la pequeña televisión vieja que Elena tenía en la sala.
—Sofi, ¿qué pasa? Se me van a quemar los muffins... —respondió Elena, limpiándose las manos en el delantal.
—¡Olvida los muffins! Tienes que ver esto. ¡Pon el canal de noticias ahora!
Elena caminó hacia la sala, extrañada por la urgencia de su amiga. Al encender la pantalla, la imagen la dejó muda.
La Noticia de Impacto
En la pantalla, frente a las escaleras del ayuntamiento y rodeada de una marea de reporteros y flashes, estaba Vanessa Thorne. Pero no era la Vanessa que Elena recordaba. No llevaba joyas, su maquillaje estaba corrido y su rostro reflejaba una mezcla de odio, humillación y derrota total. A su lado, su padre la sostenía del brazo con una presión que delataba su desesperación.
—¿Esa es Vanessa? —susurró Elena, acercándose a la pantalla.
—¡Shhh! ¡Escucha! —ordenó Sofía, subiendo el volumen.
Vanessa tomó el micrófono con manos temblorosas. Sus ojos buscaban cualquier lugar menos la cámara.
—Yo... yo he convocado esta rueda de prensa para hacer una rectificación pública —comenzó Vanessa, y su voz sonaba como si estuviera tragando vidrio—. Las declaraciones que hice recientemente sobre la señorita Elena... fueron falsas y malintencionadas. Elena no es ninguna estafadora. Es una mujer íntegra a la que humillé injustamente por motivos personales.
Vanessa hizo una pausa larga, y se pudo ver cómo su padre le susurraba algo al oído, probablemente recordándole que si no seguía, esa misma noche dormirían en un banco del parque.
—Me retracto de cada palabra sobre su origen y su honor —continuó Vanessa, con las lágrimas de rabia rodando por sus mejillas—. Pido perdón públicamente a Elena por el daño causado a su imagen y a su dignidad. No hay ninguna justificación para mi comportamiento.
La Reacción en la Vecindad
Elena se dejó caer en el sofá, sin poder creer lo que estaba viendo. La mujer que la había llamado "basura de orfanato" frente a toda la élite de Nueva York, estaba ahora pidiéndole perdón frente a todo el país.
—¡Lo hizo! —exclamó Sofía, saltando de alegría—. ¡Esa víbora tuvo que tragarse su veneno! Elena, ¡te pidió perdón en cadena nacional!
Elena, sin embargo, no sentía alegría. Sentía una liberación extraña, pero también una duda que le quemaba el pecho.
—Sofi... Vanessa nunca haría esto por voluntad propia. Ella prefiere morir antes que pedirme perdón a mí. Alguien la obligó. Alguien muy poderoso.
El Hotel Continental
En la suite presidencial, Arturo Valenti apagó el televisor con el control remoto. Una sonrisa fría y satisfecha se dibujó en su rostro. A su lado, un asistente esperaba órdenes.
—Ya cumplió —dijo Arturo con voz profunda—. Infórmele al banco que detenga el desalojo de la mansión Thorne por ahora. No quiero que vivan en la calle, quiero que vivan en la mediocridad, sabiendo que conservan su techo solo porque yo así lo decidí.
Arturo se levantó y caminó hacia el ventanal, mirando hacia la dirección de Queens.
—Ya tiene su disculpa, Elena. Pero esto es solo el principio. Los Thorne ya no son una amenaza, pero ahora tengo que encargarme de Alexander Zenith.
En ese momento, su teléfono sonó. Era un mensaje de sus informantes: "Alexander Zenith está en la puerta de la vecindad de Elena de nuevo. Se niega a irse".
Arturo apretó el teléfono.
—Ese muchacho es persistente. Pero aún no ha entendido que el perdón de Elena no se gana con una rueda de prensa ajena, sino con la verdad que él todavía oculta.
En la calle, frente a la vecindad
Alexander estaba apoyado en su coche, viendo la misma noticia en su teléfono. Cerró los ojos, sintiendo una mezcla de alivio y vergüenza. Sabía que él no había logrado ese perdón; sabía que Arturo Valenti lo había hecho. Y eso lo hacía sentir pequeño.
Miró hacia la ventana de Elena, donde la luz de la cocina seguía encendida. Sabía que ella estaba allí, probablemente horneando, tratando de procesar lo que acababa de pasar.
—No me voy a ir, Elena —susurró Alexander para sí mismo—. Aunque tenga que comprar toda esta calle para estar cerca de ti hasta que me perdones.