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Harina De Otro Costal Cómo No Matarse Con Un Rodillo

Harina De Otro Costal Cómo No Matarse Con Un Rodillo

Status: Terminada
Genre:Aventura / Romance / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Ramiro y Penélope comparten la misma calle, el mismo amor por la masa y un odio mutuo tan fermentado como el mejor pan. Él es un purista de la tradición; ella, una científica loca del azúcar. Cuando el "Gran Festival del Pastel de Oro" amenaza con arruinar a uno de los dos, se desata una guerra de espionaje industrial casero, sabotajes ridículos y encuentros a medianoche que terminarán demostrando que, en la cocina y en el amor, los opuestos no solo se atraen... se hornean juntos.

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Capítulo 2: El ultimátum del Ayuntamiento

​Tomás, el cartero de Villa Delicia, no corría por amor al deporte; corría por puro instinto de conservación. Desde que la rivalidad entre la acera par y la acera impar de la calle principal se había vuelto balística, cruzar el espacio aéreo entre "El Trigo de Oro" y "LaGlase" requería un equipo táctico. Aquella mañana, como todas las mañanas desde hacía seis meses, Tomás vestía su uniforme azul oficial pero coronado por un casco de motocicleta integral con la visera bajada hasta el mentón. Su teoría era simple: una barra de pan duro del día anterior a cuarenta kilómetros por hora podía causar una conmoción cerebral, y el merengue italiano era el enemigo público número uno de la visibilidad textil.

​Sus botas militares resonaron en el pavimento mientras apuraba el paso, esquivando una ligera ráfaga de harina que el viento del norte arrastraba desde el obrador de Ramiro. Llevaba dos sobres idénticos bajo el brazo izquierdo. No eran las habituales facturas de la luz ni catálogos de maquinaria industrial; el papel era de un gramaje obsceno, de un color ocre dorado que relucía bajo el sol de las diez de la mañana, y ostentaba el lacre rojo con el escudo del águila bicéfala del municipio.

​Tomás irrumpió primero en "El Trigo de Oro". El tintineo de la campana de latón sobre la puerta fue ahogado por el jadeo del cartero. Ramiro, que en ese momento limpiaba con un paño de lino el mostrador de madera, ni siquiera levantó la vista del pulido hasta que sintió el golpe seco del sobre contra el mostrador.

​—Si es otra queja por el soplador de hojas, dile al concejal que el ajo es un desinfectante natural —dijo Ramiro, con la voz plana, manteniendo el ritmo circular de su mano sobre la madera.

​—Peor —resopló Tomás, subiéndose la visera del casco con un dedo enguantado, dejando ver unos ojos desorbitados por el esfuerzo—. Viene directo del despacho del viejo. Y tiene el sello de urgencia máxima. Yo que tú lo abriría antes de que la de enfrente averigüe qué es.

​Ramiro detuvo el trapo. La palabra "urgencia" combinada con el color dorado del papel activó una alarma silenciosa en su estómago. Sus dedos, largos y curtidos por el calor del horno, tomaron el sobre. El tacto era frío. Sintió el relieve del lacre y un escalofrío sutil le recorrió la espina dorsal. Miró de reojo a través del cristal del escaparate; Tomás ya cruzaba la calle a zancadas dobles, con el casco perfectamente encajado de nuevo, para irrumpir en "LaGlase".

​Al otro lado de la calzada, Penélope recibió al cartero con una espátula de silicona rosa levantada a la altura del hombro, como si esperase un ataque inminente. Cuando Tomás depositó el sobre dorado sobre el mostrador de cristal, justo al lado de una bandeja de dónuts con glaseado de cielo estrellado, la pastellera frunció el ceño. Sus cejas, perfectamente perfiladas, se juntaron en una línea de pura sospecha.

​—¿El alcalde nos envía una invitación de gala o es una orden de desahucio por exceso de purpurina? —preguntó Penélope, clavando la mirada en el papel dorado.

​—Solo diré que el concejal de festejos ha estado reunido tres horas con el abogado del pueblo —respondió Tomás, dando un paso atrás hacia la salida, buscando la seguridad de la calle—. Que Dios pille confesados a vuestros hornos.

​Penélope no esperó a que el cartero cerrara la puerta. Clavó la punta de la espátula bajo el lacre, rompiéndolo con un crujido seco. Al mismo tiempo, enfrente, Ramiro utilizaba un cortapastas de acero quirúrgico para abrir el suyo con precisión milimétrica. Ambos leyeron las líneas mecanografiadas en silencio. Los rostros de los dos rivales experimentaron la misma transición: de la desconfianza al estupor, y del estupor a una palidez idéntica a la de la harina floja. La orden era clara, concisa e irrevocable: se les convocaba a las once en punto en la plaza del pueblo para la lectura del bando extraordinario.

​La plaza de Villa Delicia mantenía su arquitectura colonial, presidida por una fuente de piedra donde tres querubines escupían agua cansada. Esa mañana, sin embargo, el ambiente no tenía nada de bucólico. Don Augusto, el alcalde, permanecía de pie sobre la escalinata del Ayuntamiento, flanqueado por dos alguaciles que sostenían carpetas de cuero. El alcalde era un hombre cuya silueta evidenciaba décadas de devoción por la manteca de cerdo y los guisos de cuchara; sus chaquetas siempre parecían estar a un botón de distancia de la catástrofe textil, y su rostro, habitualmente jovial, mostraba una solemnidad rígida que no auguraba nada bueno.

​Ramiro llegó primero. Se había quitado el delantal de trabajo y vestía una camisa de lino gris abotonada hasta el cuello, con las manos sepultadas en los bolsillos del pantalón. Su postura era la de un poste de alta tensión: erguido, inmóvil, emitiendo una energía contenida que alejaba a los vecinos curiosos que se agolpaban en torno a la fuente.

​Un minuto después apareció Penélope. Su presencia rompió la sobriedad del entorno: llevaba unos vaqueros desgastados salpicados de pintura acrílica y una cazadora vaquera donde un parche bordado rezaba: "El azúcar es mi religión". Caminaba con pasos largos, haciendo sonar los tacones de sus botas cortas contra los adoquines, con el cabello recogido en un moño alto del que escapaban varios mechones rebeldes.

​Se colocaron a tres metros de distancia el uno del otro, justo al pie de la escalinata. Ninguno se saludó, pero la corriente de aire entre ambos parecía vibrar con la misma intensidad que un cable de alta tensión expuesto a la tormenta.

​El alcalde aclaró su garganta, un sonido cavernoso que silenció el murmullo de los aldeanos. Desplegó un pergamino con una lentitud exasperante, ajustándose las gafas de lectura sobre su nariz chata.

​—Vecinos, comerciantes, fuerzas vivas del municipio —comenzó Don Augusto, su voz resonando en los muros de piedra—. Este Consistorio ha alcanzado el límite de su paciencia. Las denuncias cruzadas por contaminación odorífera, las perturbaciones del orden público mediante sopladores de hojas cargados de ajo y las lluvias inexplicables de azúcar glass en el coche del párroco han convertido nuestra calle principal en una tómbola de feria.

​Ramiro mantuvo la vista al frente, con la mandíbula apretada. Penélope cruzó los brazos, desviando la mirada hacia un campanario con gesto de aburrimiento fingido, aunque el golpeteo rápido de su bota derecha contra el suelo delataba su nerviosismo.

​—Por lo tanto —continuó el alcalde, clavando sus ojos pequeños y severos alternativamente en los dos panaderos—, este año el Gran Festival del Pastel de Oro no será un simple concurso dominical para ganar una placa de latón y una foto en el periódico local. Este año, el festival será un juicio de Dios culinario. Hemos modificado las ordenanzas municipales para introducir un giro drástico.

​Don Augusto hizo una pausa dramática, asegurándose de que la prensa local —un chaval con una cámara réflex digital— estuviera lista.

​—El artesano que obtenga el primer premio del jurado recibirá la cédula de Exclusividad Municipal Absoluta durante los próximos doce meses. Esto significa que solo su establecimiento suministrará el pan, los pasteles, los aperitivos y los postres para todas las bodas, bautizos, comuniones, banquetes oficiales y fiestas patronales de Villa Delicia y sus pedanías. Un monopolio legal amparado por este ayuntamiento.

​Un murmullo de asombro recorrió a la multitud. Eso significaba multiplicar por cinco los ingresos anuales de cualquier negocio de la zona. Era una fortuna garantizada. Pero los ojos del alcalde se entrecerraron antes de lanzar la verdadera bomba.

​—Y para el segundo clasificado... —la voz de Don Augusto descendió un tono, adquiriendo una gravedad casi eclesiástica—, se aplicará de inmediato la nueva Tasa de Impacto Atmosférico por Uso Excesivo del Espacio Público con Olores Competitivos. Un impuesto extraordinario destinado a sufragar la limpieza de fachadas y el filtro de aire del centro histórico, tasado en un canon mensual que penalizará el uso de harinas y azúcares no autorizados en el espacio común.

​Las palabras del alcalde cayeron sobre la plaza con el peso de un yunque de hierro. El silencio que siguió fue absoluto, roto únicamente por el graznido lejano de una paloma.

​Ramiro no se movió, pero su mente se transformó instantáneamente en una mesa de contabilidad. Mentalmente, abrió la libreta de cuero negro que guardaba en el cajón de su escritorio. Empezó a sumar: el coste de los sacos de trigo ecológico importados de los Pirineos, la última revisión del horno de leña, el seguro autónomo, el mantenimiento de la amasadora de brazos lentos. Si perdía el festival, la nueva tasa municipal no sería un simple gasto mensual; sería un tiro de gracia en mitad de su línea de flotación financiera.

Los gastos corrientes combinados con ese impuesto absurdo lo asfixiarían en menos de noventa días. Tendría que vender el local de su abuelo, el obrador donde había aprendido a distinguir la humedad del aire con solo frotar un puñado de harina entre las yemas de los dedos. El orgullo, que hasta ese momento había sido su único motor, fue desplazado por un frío glacial en la boca del estómago: el miedo real a la ruina.

​A tres metros de ella, Penélope sentía que el suelo de la plaza se volvía inestable. Su fachada de rebeldía y superioridad estética se desmoronó detrás de sus ojos. Pensó en la cocina de "LaGlase", específicamente en la esquina trasera donde descansaba la joya de la corona: la máquina de algodón de azúcar industrial "Candy-Max 3000", un monstruo cromado con luces de neón que importó de Alemania para sus creaciones más vanguardistas. Recordó el extracto bancario que había revisado la noche anterior: todavía le quedaban tres plazos mensuales de setecientos euros cada uno por pagar. Si el ayuntamiento le imponía esa tasa por sus "olores competitivos", la máquina sería embargada antes del final del verano, seguida por las vitrinas refrigeradas y el mostrador de diseño. Perder el festival no significaba simplemente cederle la victoria al estirado de enfrente; significaba volver a trabajar como empleada en una pastelería de franquicia, congelando masas industriales en un polígono industrial.

​Ya no se trataba de una disputa vecinal por ver quién atraía a más turistas el fin de semana. Ya no era un juego de niños para decidir si la masa madre era superior al fondant o si el hojaldre tradicional superaba a la purpurina. El bando del alcalde había transformado la rivalidad en una lucha darwiniana por la supervivencia. El que ganara se quedaría con toda la tarta del pueblo; el que perdiera tendría que echar el cierre metálico para siempre, empaquetar sus herramientas y abandonar la calle principal con la cabeza baja.

​Los vecinos comenzaron a dispersarse lentamente, percatándose de que la atmósfera entre los dos artesanos se había vuelto demasiado densa como para permanecer cerca. El alcalde se retiró hacia el interior del consistorio, dejando el pergamino sobre la mesa de los alguaciles.

​Ramiro se giró despacio hacia Penélope. Sus ojos, habitualmente tranquilos como un lago de montaña, reflejaban la luz dura del mediodía con una fijeza implacable. Dio dos pasos hacia el centro de la plaza, deteniéndose justo donde el sol golpeaba el suelo sin sombras. Penélope imitó el movimiento. No había vacilación en sus pasos, pero la tensión en sus hombros delataba que comprendía perfectamente la magnitud del abismo que se abría bajo sus pies.

​Se detuvieron a menos de medio metro de distancia. La distancia justa para percibir el olor a leña quemada que siempre se adhería a la ropa de Ramiro y el aroma a esencia de almendras amargas que flotaba alrededor de Penélope.

​Ramiro metió la mano derecha en la chaqueta y sacó una barra de pan rústico, una "bagatela" pequeña de la hornada de las ocho, cuya corteza dorada y crujiente brillaba como el bronce. La sostuvo por el centro, con el agarre firme de quien empuña una maza corta. Su rostro estaba libre de cualquier rastro de ira; era la cara de un general antes de ordenar una carga de caballería.

​Penélope no bajó la mirada. Con un movimiento seco y eléctrico, metió la mano en el bolsillo lateral de su cazadora y extrajo un batidor de huevos profesional de acero inoxidable, con las varillas reforzadas para batir merengues pesados. Lo esgrimió hacia el frente, apuntando directamente al pecho de Ramiro como si fuera un florete de esgrima.

​Los dos utensilios chocaron en mitad del aire con un golpe seco, un impacto sordo de madera y metal que resonó en el silencio de la plaza vacía.

​—Disfruta de tus últimas semanas de alquiler, Penélope —dijo Ramiro, con una voz baja, un murmullo que apenas despegó los labios pero que arrastraba el peso de una promesa inquebrantable—. Porque pienso usar esas veinticuatro capas de hojaldre para sepultar tu tienda bajo una montaña de tradición.

​Penélope no parpadeó. Presionó el batidor contra la corteza del pan, obligando a Ramiro a mantener la fuerza en el brazo para no ceder terreno. Una sonrisa afilada, carente de cualquier calidez, se dibujó en sus labios rojos.

​—Asegúrate de que tus hornos tengan buen seguro de incendios, Ramiro —respondió ella, con los ojos brillando con una intensidad casi febril—. Porque cuando mi volcán de Nutella empiece la erupción en ese festival, tu masa madre va a quedar reducida a cenizas arqueológicas. Nos vemos en el escenario.

​Separaron los utensilios con un tirón simultáneo. Ramiro dio media vuelta, caminando hacia "El Trigo de Oro" con pasos medidos, la barra de pan firme bajo el brazo. Penélope se giró hacia "LaGlase", guardando el batidor en la cazadora con un golpe seco, con los tacones repicando contra el suelo como tambores de guerra.

​La tregua del pueblo había expirado de forma oficial. La plaza quedó desierta, pero el aire permaneció cargado de olor a levadura, a azúcar quemado y a una necesidad absoluta de victoria. La guerra total por el control de Villa Delicia había comenzado.

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Cristina Miranda
que lindo va a ser.cuando se.descubra todo!!☺️🥰🤣
Cristina Miranda
Panza llena, corazon contento👏👏🤣🥰
Cristina Miranda
Se esta poniendo bueno, va a terminar como yo dije!!☺️☺️
Cristina Miranda
muy etretenida la historia, liviana, risueña, ya adivino el final, espero que sea como pienso!!😂
Fernanda
se viene una batalla feroz 🤭espero que descubran al verdadero enemigo
Celina Espinoza
🤭duro muy poco la carma
Fernanda
buenas tardes historia ❤️☺️🙏muy divertida
Warriorgame
El olor ok. Pero un sonido tan fuerte... 🤔
Warriorgame
Luces baratas, pero eficaces.
Warriorgame
¿Por qué? Es simplemente publicidad.
Warriorgame
Aunque lo impecable del primero suele atraer, la tecnología pesa mucho actualmente.
Celina Espinoza
felicidades por tu nueva historia🙏
celimar
felicidades autora por esta nueva historia
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