El Ducado de Valerius es conocido como la tierra del invierno eterno, y su gobernante, el gran Duque Cédric, como un hombre despiadado que combate a los monstruos de las fronteras con magia de hielo. Tras la muerte de su esposa, el ducado se volvió aún más frío, y su pequeño hijo, Theo, crece imitando la severidad de su padre, privado de toda infancia.
Por un antiguo pacto de sangre y gratitud, el Conde Kalen ofrece la mano de su amada hija, Alissa, una joven tímida pero rebosante de alegría y una sutil bendición de luz. Cédric acepta: él necesita una madre perfecta para su heredero, y ella desea proteger a su padre.
Alissa llega a un palacio gris decidida a cumplir una misión: devolverle la sonrisa al pequeño Theo y demostrarle que la calidez puede derretir incluso el hielo más grueso.
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CAPÍTULO 22: Careo en la corte imperial y la última exigencia
El estruendo de las puertas resonó en cada rincón del titánico salón. La osadía de interrumpir una audiencia real de esa manera hizo que el ambiente se volviera gélido en un parpadeo.
—¡Silencio! —el rugido del Emperador tronó como un trueno sobre la escalinata de piedra negra, haciendo que varios de los presentes dieran un paso atrás por el susto—. ¿Qué significa esta insolencia, Lady Elene? ¡Es una absoluta falta de respeto entrar de esta manera a mi salón del trono sin haber sido convocada!
Elene, sin embargo, ya tenía su estrategia fríamente calculada. Al llegar frente al estrado, cayó de rodillas de manera dramática, dejando que las pesadas telas de su vestido de luto se desparramaran por el mármol. Llevó un pañuelo de encaje a sus ojos, fingiendo un dolor desgarrador y derramando lágrimas perfectamente ensayadas ante la mirada de toda la corte.
—¡Pido clemencia, Su Majestad Imperial! —sollozó Elene, con una voz temblorosa que buscaba conmover a los espectadores—. Si he cometido una falta, es solo por el desespero de una tía que ve cómo el legado de su difunta hermana es pisoteado. Vengo a exigir una audiencia justa.
A una señal de su mano, los tres jueces que la escoltaban dieron un paso al frente con semblante severo, desplegando con solemnidad el testamento original de la antigua duquesa ante el tribunal. Elene se puso de pie despacio, secándose las mejillas, y clavó una mirada cargada de veneno directamente en Alissa.
—Este documento legal, avalado por el propio Ministerio de Justicia de la capital, es explícito —declaró Elene, alzando la voz para que todos los nobles escucharan—. Cédric ha entregado la crianza del heredero del norte a una mujer sin linaje ni preparación. Vengo a salvar a mi sobrino de las garras de una madre sustituta incompetente, una intrusa que está alejando al pequeño Teodoro de sus verdaderas raíces familiares y destruyendo el protocolo que su verdadera madre diseñó para él.
En cuanto esas palabras salieron de su boca, los jueces corruptos comenzaron a presionar de inmediato. Avanzaron hacia el estrado, interponiendo sus pergaminos oficiales y alegando con tecnicismos legales abstractos que la ley del Imperio estaba, de manera irrefutable, del lado de Elene.
—El estatuto de contingencia es claro, Gran Duque —sentenció uno de los magistrados, mirando a Cédric con altivez—. Si desobedece este dictamen, estará incurriendo en un desacato directo contra el marco legal de la capital.
Cédric ruge de furia, dando un paso al frente con una violencia contenida que hizo que los guardias imperiales tensaran las manos sobre sus lanzas. Su rostro se ensombreció por completo, defendiendo a su esposa con el mismo ímpetu con el que protegía sus fronteras.
—¡Midar sus palabras antes de que mi acero exija el respeto que no tienen! —bramó el general de hierro, su voz haciendo vibrar las columnas de mármol—. ¡No permitiré que unos burócratas comprados insulten a la Duquesa de Valerius en mi presencia!
La tensión estaba a punto de desatar un baño de sangre, pero antes de que Cédric diera un paso más, una mano suave pero firme se posó en su brazo. Era Alissa. Con una serenidad pasmosa que contrastaba con el caos del salón, obligó a su esposo a retroceder sutilmente.
Fue Alissa quien tomó la palabra. Con una frialdad y una astucia política idénticas a las que había plasmado en su carta oficial, la joven duquesa dio un paso al frente, barriendo a Elene y a los jueces con una mirada gélida que los dejó mudos.
—Hablemos de competencia y de leyes, ya que tanto les gusta el papeleo —comenzó Alissa, su voz resonando con una elocuencia cortante—. Lady Elene habla de raíces y protocolos, pero oculta deliberadamente los informes médicos y académicos de la cancillería del Norte. Bajo el rígido régimen que ella tanto defiende, el heredero Teodoro presentaba un cuadro severo de fatiga crónica, aislamiento emocional y un retraso en sus aptitudes debido al estrés militar temprano.
Alissa hizo una pausa, mirando directamente al Emperador con total seguridad.
—En tan solo unas semanas, el nuevo horario de administración que he implementado ha regulado sus horas de descanso, permitiendo que su rendimiento en las lecciones de estrategia se duplique y que su salud física sea calificada como óptima por los sanadores fronterizos. Si la ley del Imperio busca el bienestar del futuro del Ducado, entonces los argumentos de Lady Elene no son más que un capricho personal que atenta contra los intereses logísticos y la estabilidad de la frontera norte. ¿Quién es la incompetente aquí: la que administra con resultados comprobables o la que busca enfermar a un niño por pura ambición política?
Los jueces se miraron entre sí, completamente desarmados por la precisión quirúrgica de la duquesa. Elene abrió la boca, estupefacta al ver cómo su elaborada trampa legal se desmoronaba ante la inteligencia de la sureña.
Fue en ese instante de titubeo cuando el príncipe Christopher intervino, usando todo su peso y autoridad como heredero al trono. Dio un paso al frente con una sonrisa ladina y arrojó un fajo de cartas selladas directamente a los pies de los magistrados.
—Es una excelente exposición, Duquesa —dijo Christopher, mirando a los jueces con desprecio—. Lástima que estos honorables magistrados no estén interesados en la salud del niño, sino en las monedas de oro que Lady Elene les transfirió desde sus cuentas privadas de la capital. Padre, tengo en mi poder los registros de soborno y las cartas de correspondencia secreta donde estos tres hombres prometían manipular el fallo del Ministerio de Justicia a cambio de tierras en el sudoeste.
El salón estalló en murmullos escandalizados. El Emperador, al escuchar la revelación de su hijo y ver los sellos de las pruebas, se puso de pie, su rostro encendido por una furia letal ante la flagrante corrupción dentro de su propia corte.
—¡Silencio! —ordenó el monarca, golpeando el brazo de su trono—. ¡Esto es una aberración! Por el poder que me confiere la Corona, ordeno la suspensión temporal inmediata del decreto de tutoría de Lady Elene y la detención de estos jueces para una investigación por alta traición.
Elene sintió que el mundo se le venía abajo. Desesperada, dio un paso hacia el estrado, perdiendo toda la compostura.
—¡Majestad, esto es una calumnia! ¡Es lo justo que se respete el testamento de mi hermana! —chilló con desespero.
—¡Cállate! —la mandó a callar el Emperador con una mirada gélida que le heló la sangre—. No te he dado la palabra, Elene. Tu ambición apesta en este salón.
El soberano guardó silencio por unos instantes, analizando la situación. Sabía que, aunque los jueces fueran corruptos, el testamento seguía siendo un documento legal que requería una resolución formal para no crear un precedente peligroso en las leyes del Imperio. Volvió su mirada hacia el general del norte.
—Cédric —habló el Emperador con solemnidad—. Suspendido el decreto, la ley aún exige una resolución definitiva para anular esa cláusula por completo. Exijo una prueba final de lealtad y estabilidad para este nuevo matrimonio. En los próximos tres días, durante los festejos de la capital, la Duquesa Alissa deberá demostrar ante el Consejo Imperial que el Norte está unificado bajo su gracia y que la alta sociedad la respalda. Si lo logra, anularé el testamento para siempre. ¿Estás de acuerdo con este dictamen?
Cédric se mantuvo firme en su sitio. Antes de responder, desvió la mirada hacia un lado y miró fijamente a Alissa. En sus ojos dorados no había miedo, solo una determinación feroz que le confirmó que estaba lista para ganar esa última batalla. Alissa asintió firmemente con la cabeza, dándole su mudo consentimiento.
Cédric volvió la vista al frente, golpeando su pecho con el puño en un saludo militar.
—Aceptamos sus términos, Su Majestad Imperial —sentenció el duque.
Ambos aceptando el desafío, la tregua de tres días quedaba sellada en el corazón del Imperio. La guerra por el Norte se decidiría en los salones de la capital.
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¿quieren la historia del príncipe?
me gustó porque tuvo de todo y también un dicho más vale muy corto y hermoso que largo y frustrarte
👏