Después de la trágica e inesperada muerte de sus padres, Vitório Lombardi dejó de creer en la redención.
Criado por el dolor y moldeado por el odio, hizo una sola promesa: venganza.
Forjado en las sombras del poder, Vitório se convirtió en un hombre frío, implacable y peligroso.
Nada lo detiene.
Nadie está a salvo.
Su plan está perfectamente calculado.
Hasta que Natália cruza su camino.
Dulce, delicada y completamente ajena al mundo oscuro que él construyó, debería ser solo una pieza más en su juego.
Pero Natália despierta algo que Vitório creía muerto: sentimientos que amenazan con derrumbar todo lo que planeó.
Entre deseo y destrucción, pasión y venganza, Vitório tendrá que elegir:
seguir hasta el final, cueste lo que cueste…
o arriesgar su propio corazón.
Porque cuando un hombre está aprisionado por el odio, amar puede ser el precio más alto que se puede pagar.
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Capítulo 10
Vitório
Estoy durmiendo cuando mi celular vibra insistentemente. Abro los ojos, pesado, aún preso entre el sueño y la rabia que el día trae. El nombre de Marco brilla en la pantalla. Ni siquiera digo “hola”. Ya sé lo que viene.
— Don — su voz viene cargada de sarcasmo. — Su novia… prendió fuego al cuarto.
Me siento en la cama, el corazón latiendo más rápido. Una sonrisa baja escapa, involuntaria. Esto no es miedo. Ni irritación. Es… admiración contenida. Pequeña, rubia, insolente. Realmente le gustan los desafíos.
— A ella realmente le gusta provocar, eh — murmuro, casi para mí mismo. — Dios mío… ¿debo agradecer o maldecir?
Marco respira hondo al otro lado de la línea.
— Necesitas venir. Ahora. El fuego fue controlado, pero no podemos dejarla pensar que puede escapar impune.
— Estoy yendo — digo, apagando el celular. —
Asiento, incluso solo. Me levanto de la cama, me visto. Cada paso es calculado, pesado, con la certeza de quien controla todo… y a todos. Pero, en el fondo, hay una parte de mí que quiere ver hasta dónde llega ella. Natália. Pequeña, rubia, rebelde. Imposible de ignorar.
La adrenalina sustituye el cansancio. El mundo allá afuera puede esperar. Por ahora, solo existe ella.
Y yo quiero ver, de cerca, cuánto esta niña es capaz de desafiarme.
Llego a la casa antes incluso de pensar en respirar bien. La adrenalina aún late, mezclada con la rabia y la curiosidad. El carro para. Salgo rápidamente, ajustando el saco.
— Marco — digo, sin ceremonia, al entrar — ¿qué tenemos?
Él me sigue, pasos firmes, manteniendo la distancia correcta. — El fuego está controlado, Don. No causó daños estructurales, pero el cuarto… — hace una pausa, gesticulando hacia el techo y las paredes chamuscadas — quedó destruido. Miro alrededor, concordando con la mirada. El cuarto va a necesitar ser reformado. Salgo del cuarto en silencio, voy a ver a mi pequeña fiera.
Entro en el cuarto. Ella está sentada en el suelo, llorando, la mano herida presionada contra el pecho. El rostro mojado de lágrimas.
No me importa. No hoy. No ahora.
Me arrodillo rápido. Sujeto su brazo bueno con firmeza. Ella intenta resistir, pero no hay espacio para negociación.
— Levántese — ordeno, duro, frío.
Ella gime, la rabia y el miedo mezclándose en cada gesto. Pero no hay elección. La levanto por el brazo, su postura rígida, intentando luchar, pero inútil.
La arrastro hasta la cama. Cada paso es pesado, calculado, sin prisa, dejando que ella sienta que no hay escapatoria. Cuando llegamos, la siento en el borde y encadeno los pulsos a la cabecera.
Ella me mira, el odio quemando en los ojos, sollozos saliendo por la boca.
— Si usted es un peligro — digo, la voz baja, firme y cortante — va a permanecer aquí. Presa. Hasta que yo decida qué hacer con usted.
Ella intenta imponerse, incluso presa. La voz temblorosa, pero llena de desafío:
— ¡Mi padre… mi hermano… van a venir a buscarme! — dice, intentando sonar firme.
Río, bajo, ronco, sin humor. No por diversión, sino por la absurda ingenuidad de ella.
— ¿En serio? — pregunto, acercándome, observando cada detalle del rostro de ella. — ¿Y dónde están ellos ahora? — Mi voz es dura, cortante, sin espacio para fantasía.
Los ojos de ella se desvían. Los labios tiemblan. Ella percibe que no hay respuesta que la salve.
Observo más de cerca. El miedo comienza a trasparentar, mezclado al vacío que crece en la mirada de ella. La misma mirada que intenta desafiarme, pero que ya reconoce la fuerza que la domina.
— Nadie viene — digo, firme, casi susurrando, dejando el peso de la verdad flotar en el aire. — Nadie va a salvarla. No ahora. No nunca mientras yo decida lo contrario.
Ella cierra los ojos, solloza bajito, y finalmente entiende que el juego cambió. Que no hay escapatoria en el momento. Que Vitório Lombardi no hace concesiones.
¿Y yo? Observo cada gesto, cada reacción, satisfecho. No por crueldad gratuita… sino porque la guerra exige que yo esté siempre un paso adelante.
Natália Ivanov. Pequeña. Rebelde. Orgullosa.
Pero ahora… presa.
Salgo del cuarto sin mirar atrás. Cada paso es firme, controlado, sin prisa. El corredor parece silencioso demasiado, como si el mundo entero se hubiera parado para observar lo que sucede aquí.
Marco aparece en medio del corredor, la expresión preocupada mezclada con curiosidad. Él me encara, esperando una reacción.
— Don… ¿qué usted hizo? — pregunta, la voz cargada de tensión.
No respondo inmediatamente. Apenas continúo caminando, respirando hondo, manteniendo la mirada fija al frente. La paciencia de él no es mi preocupación ahora.
— Ella está presa — digo por fin, firme, sin suavizar. — Y va a permanecer así mientras sea un riesgo.
Marcos asiente.
Vuelvo al carro, aún con la frialdad presa en los músculos. El silencio del trayecto es pesado, pero no me incomoda. Cada curva, cada semáforo, cada instante me da tiempo de pensar.
Llego a la oficina.
Me siento a la mesa, los papeles esparcidos frente a mí, pero mi mente no está totalmente en los números o contratos. Ella está allá. Siempre allá. Natália. La manera como desafía, como resiste, como me encara sin miedo… incluso con miedo.
Es irritante. Frustrante. Y, de algún modo, peligroso.
Mis dedos golpean levemente la madera de la mesa mientras pienso: pequeña, rubia, rebelde… y tan feroz. Un fuego que no se apaga, incluso cuando intento aplastarla con mi autoridad.
Pero no puedo olvidar. No puedo permitir que la admiración o la fascinación hablen más alto. Ella es mi enemigo. Ella representa el mundo que yo destruí al capturarla. Ella representa a Ivanov. El peligro. La guerra.
Si me distraigo, si bajo la guardia, todo puede desmoronar. Cada movimiento mío, cada estrategia que construí, cada detalle de mi poder… depende de no dejarme llevar.
Aun así, es imposible ignorarla completamente. Ella es… intensa demasiado. Cada gesto, cada palabra contenida, cada lágrima… me mueve de un modo que no consigo controlar totalmente.
Y es exactamente por eso que no puedo ser indulgente. No puedo ser gentil. No puedo ser cualquier cosa que no sea Vitório Lombardi: duro, frío, calculista.