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FUERA DE PROTOCOLO

FUERA DE PROTOCOLO

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Reencuentro / Romance
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?

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capitulo 4

El espejo del baño del club "Anónimos" no devuelve la imagen de Alicia Vázquez. Devuelve una promesa.

He tardado media hora en los baños públicos de una estación de servicio para transformarme. Me quité el traje sastre gris perla y lo doblé con una rabia contenida, escondiéndolo en el maletín de cuero como si fuera un cadáver. Ahora, frente a este espejo de bordes dorados y luz mortecina, solo queda ella. La peluca roja brilla bajo los focos como si tuviera vida propia; un carmesí que grita, que desobedece, que no conoce el código civil.

Me ajusto la máscara de encaje negro. El contacto del tejido contra mi piel me produce un escalofrío que no es de frío, sino de una expectación eléctrica. Al salir al salón principal, el aire cambia. Aquí el tiempo no se mide en minutos facturables, sino en latidos.

Lo busco. Mis ojos escanean las sombras, las figuras que susurran en las esquinas, los cuerpos que se mueven con una lentitud líquida. Y entonces, lo veo.

Está apoyado en la misma columna de mármol negro que la semana pasada. Lleva la misma máscara de cuero que oculta su mirada, pero deja expuesta esa mandíbula que parece tallada en granito. Sus manos están metidas en los bolsillos de su pantalón oscuro. Al verme, endereza la espalda. No dice nada, pero siento su reconocimiento en la forma en que el aire entre nosotros parece espesarse de repente.

Camino hacia él. Cada paso que doy con mis tacones altos sobre el suelo de moqueta es un desafío a mi educación, a mi apellido, a mi propio miedo. Me detengo a centímetros de su pecho. Puedo olerlo: sándalo, tabaco rubio y algo puramente masculino que me revuelve el estómago en el mejor de los sentidos.

—Has vuelto —su voz es un murmullo bajo, una vibración que siento más en mis huesos que en mis oídos.

—No podía no hacerlo —confieso, y mi voz suena extraña tras la máscara, más ronca, más hambrienta.

Él saca una mano del bolsillo. Es una mano grande, de piel ligeramente bronceada y dedos largos. Se acerca a mi rostro y, con una lentitud que me tortura, desliza el dorso de su dedo índice por la línea de mi mandíbula. El contacto es mínimo, apenas un roce, pero mi cuerpo reacciona como si me hubiera quemado.

—Las reglas son claras —dice él, inclinándose hacia mi oído. Su aliento caliente me roza el cuello—. No hay nombres. No hay preguntas sobre lo que dejamos fuera de esa puerta. Aquí solo somos dos extraños que se necesitan.

Asiento, incapaz de articular palabra. Él me toma de la mano. Sus dedos se entrelazan con los míos con una firmeza que me hace sentir, por primera vez en mi vida, que no tengo que tener el control. Me guía a través del club, subiendo una escalera de caracol hasta una zona de habitaciones privadas.

El pasillo está iluminado por pequeñas lámparas de aceite que proyectan sombras alargadas. Él abre una puerta pesada de madera oscura y me invita a entrar. La habitación es pequeña, elegante, con paredes tapizadas en seda burdeos y una cama amplia que parece un altar al silencio.

Él cierra la puerta y el sonido del cerrojo encajando es el punto final a mi vida anterior.

Estamos a oscuras, salvo por la luz que se filtra por debajo de la puerta. Él se acerca por detrás y pone sus manos en mis hombros. Siento el peso de sus palmas, el calor que desprende su cuerpo. Sus dedos empiezan a masajear mis trapecios, deshaciendo nudos de tensión que ni siquiera sabía que tenía.

—Estás demasiado rígida —susurra—. Deja que el protocolo se quede en el pasillo. Aquí dentro, nadie te juzga.

Sus manos bajan por mis brazos hasta mis muñecas. Las sujeta con delicadeza pero con autoridad. Me obliga a girarme para quedar frente a frente. En la penumbra, sus ojos tras la máscara son dos pozos oscuros que me devoran.

—¿Qué quieres de mí, chica de rojo? —pregunta.

—Quiero olvidar —respondo, y es la verdad más grande que he dicho nunca—. Quiero dejar de ser perfecta. Quiero sentir algo que no esté en un libro de texto.

Él suelta un suspiro bajo y sus manos viajan hasta mi nuca, enterrándose en la base de la peluca roja. Me atrae hacia él con suavidad pero sin dudarlo. Cuando sus labios rozan los míos, no es un beso agresivo. Es una exploración. Sabe a peligro y a libertad. Sus manos bajan por mi espalda, delineando cada vértebra, reconociendo el mapa de mi cuerpo como si estuviera buscando algo que yo misma perdí hace mucho tiempo.

Me pego a él, buscando su calor, buscando la seguridad de su abrazo anónimo. En este cuarto, sin nombres y sin rostros, me siento más real que nunca. No soy la abogada Alicia; soy una mujer de piel y nervios, de deseos y miedos.

Él se separa un milímetro, lo justo para que nuestras respiraciones se mezclen.

—Esta noche es nuestra —dice—. Y el viernes que viene. Y el siguiente. Mientras la máscara siga puesta, somos libres.

Sus manos vuelven a mis caderas, apretando con una urgencia que me hace jadear. Me dejo llevar, cayendo por el precipicio de lo prohibido, sabiendo que el lunes volveré a la oficina, al gris perla y a los expedientes. Pero ahora, bajo el amparo de la noche y el misterio, solo existe este hombre, este roce y esta peluca roja que es mi única bandera de guerra me pierdo entre sus brazos y juro que si muriera just.o ahora muero feliz es que este desconocido hace que mi piel sienta ganas de que me toque juro que es la primera vez que tengo esta sensación y me encanta al final del día el alma y el cuerpo no vibran con cualquiera y esto lo estoy comprobando ahora que lo tengo piel con piel esto que estoy viviendo es pura gloria y no me importa quemarme si El es el fuego.

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