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No Soy La Debilidad De Nadie.

No Soy La Debilidad De Nadie.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Aventura Urbana / Amor-odio
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Dentro de la Mafia Rusa, existen pactos, lealdades y acuerdos, es por eso que las hijas son monedas de cambios para el ascenso de los jefes de las familia, es un modo facil modo de obtener más poder..
La familia Lombardi resultado de la unión del hijo de un capo de la Cosa znostra Italiana con la unica hija del lugarteniente y mano derecha de la Mafia Rusa. Su decendencua fue su primogeniro Alexander y kas gemelas Laura y Lorena.
El hijo y futuro jefe de la mafia rusa elvfrio y cruel Dimitri Volkov, siente una pasión descontrolada por una de las gemelas, mientras es el mejor amigo de sus hermanos, es que Lorena es un espiritu libre que odia la vida de la mafia y sueña con escapar de eze mundo, no quiere ser como.su madre, una mujer triste que se refugia en frivolidades y alcohol para olvidar su triste vida.
Dimitri logra casarse con Lorena, pero ella no quiere ser su debilidad, ni la de nadie, es por eso que aprendio defenza personal, yvparticipa en peleas clandestinas

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Las horas cruciales.

 Las horas cruciales

Las puertas del quirófano se abrieron con un silbido neumático. El cirujano jefe, un hombre de unos sesenta años con gafas de montura dorada y las manos aún manchadas de sangre seca, recorrió con la mirada la sala de espera hasta encontrar al grupo que esperaba tenso. Familiares de Olga Smirnova11a, dijo con voz cansada pero profesional. Gean Carlo Lombardi se puso en pie de un salto, seguido por Alexander, que caminaba con la rigidez de quien ha pasado horas en vela. Laura y Lorena se levantaron abrazadas, sus vestidos de gala ahora cubiertos con batas blancas del hospital. El médico los reunió en un pequeño despacho de paredes de cristal y les informó con cautela: la operación, fue un éxito. Habían logrado la contención de la hemorragia interna y reparar el daño en el bazo y el intestino delgado. Pero el tono del cirujano se endureció al añadir que las próximas veinticuatro horas serían cruciales.

 Olga había perdido mucha sangre y su corazón, debilitado por años de alcoholismo, podría fallar en cualquier momento. Lorena sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Apoyó una mano en la pared para no caer, mientras su mente reproducía en bucle la imagen de su madre tendida en el suelo del salón, el charco de vino tinto que no era vino. Laura rompió a llorar con desconsuelo, abrazándose a su padre. Alexander, mordiéndose el labio, apretó el puño con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en la palma.

Lorena no lloró. No aún. Preguntó con voz quebrada pero firme si podían verla. El médico asintió, pero solo de uno en uno y durante cinco minutos. Mientras esperaban su turno, Lorena se acercó a la ventana de la UCI y observó a su madre conectada a un laberinto de tubos y monitores. El pitido rítmico del electrocardiograma era la única música que sonaba en aquella habitación blanca. Y Lorena, la hija que odiaba la mafia, la que siempre quiso pintar atardeceres lejos de las balas, prometió en silencio que si su madre sobrevivía, haría todo lo posible por sacarla de aquel infierno. Pero primero, había que esperar. Y esperar, en el mundo de la Bratvá, era la sentencia más cruel.

Gean Carlo Lombardi entró solo en la habitación de Olga. El capo florentino, el hombre que había ordenado decenas de asesinatos y manejado toneladas de cocaína con la frialdad de un contable, ahora temblaba como un niño. Se sentó en la silla metálica junto a la cama y tomó la mano enguantada de su esposa. La miró largamente: el rostro pálido, los labios secos, los cabellos rubios extendidos sobre la almohada como un halo.

Recordó entonces la primera vez que la vio, hace veinticinco años, en una fiesta organizada por un traficante armenio en un palacio de San Petersburgo. Olga Smirnova, entonces una joven de apenas diecinueve años, bailaba sola en un rincón con una copa de vodka en la mano y una tristeza tan profunda que a Gean Carlo le pareció la criatura más hermosa que había visto jamás. Era rubia, de ojos azules como el hielo derretido, y cuando él se le acercó, ella le sonrió sin decir palabra. Su padre, un oligarca menor arruinado por las deudas, había llevado a Olga a aquella fiesta como moneda de cambio.

Y Gean Carlo, que entonces era un capo en ascenso, la compró como se compra un cuadro valioso: por conveniencia, para sellar una alianza con el padre borracho y para tener a la mujer más bella de la sala colgada de su brazo. Nunca le dijo que la amaba. Nunca le dijo que aquellas noches, cuando ella bebía sola en la oscuridad, él se quedaba despierto escuchando sus sollozos al otro lado de la puerta. Nunca le dijo que las hijas gemelas tenían sus mismos ojos azules, aunque ellas fueran castañas como él.

 Ahora, viéndola al borde de la muerte, el hombre duro y cruel sintió que el alma se le partía en dos. Se inclinó sobre ella y susurró, por primera vez en veinticinco años: Perdóname, Olga. Perdóname por no saber decirte que te quiero». La única respuesta fue el pitido constante del monitor. Afuera, en el pasillo, Laura apoyaba la cabeza en el hombro de una enfermera y Lorena miraba a su padre a través del cristal con una mezcla de lástima y rencor.

Mientras el hospital permanecía en vilo, Dimitri Volkov y Alexander Lombardi se reunieron en una sala subterránea del edificio, lejos de los ojos indiscretos. Frente a ellos, una pantalla gigante mostraba mapas, fotografías y datos de los sicarios que habían atacado el salón. Los hombres de San Petersburgo habían huido como ratas, pero no por mucho tiempo. Dimitri, con la mandíbula tensa y los puños apoyados en la mesa, resumió la estrategia en una frase: «Ojo por ojo, diente por diente.

Pero no uno, sino cien por cada gota de sangre derramada». Alexander asintió con una frialdad que sorprendió incluso al ruso. El primogénito de los Lombardi no era un sicario de a pie; era Lobo Solitario, el hacker fantasma que había penetrado los servidores de la Interpol y de la mafia ucraniana por igual. En cuestión de horas, mientras su madre luchaba por vivir, Alexander había rastreado las comunicaciones de los agresores, interceptado sus cuentas bancarias y localizado el escondite principal del clan enemigo en un almacén abandonado del puerto de San Petersburgo.

Dimitri sonrió, una mueca peligrosa que no llegaba a sus ojos grises. Conozco a un tipo que nos puede prestar un lanzacohetes. dijo. Alexander tecleó sin levantar la vista. No lo necesitamos. Ya he desactivado las cámaras de seguridad del puerto y bloqueado las señales de móvil en un radio de dos kilómetros. Podemos entrar, hacer el trabajo y desaparecer antes de que los polizontes se enteren». Dimitri se incorporó y le tendió la mano. "Será un placer matar contigo, Lombardi"

 Alexander la aceptó sin dudar. "Que nadie toque a mi familia y viva para contarlo". Esa noche, mientras Olga Smirnova seguía en estado crítico y Lorena velaba su sueño desde la sala de espera, dos hombres, un lobo ruso y un lobo solitario, afilaban sus colmillos para una cacería que sería recordada en los anales de la Bratvá.

La venganza ya estaba diseñada. Solo faltaba la sangre.

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