Hace veinte años, la Mansión Blackwood se convirtió en una pira funeraria. Tres niños entraron, pero solo uno fue visto salir con vida. Marta, la pragmática, construyó un imperio sobre las cenizas de su pasado, creyendo que el silencio era su mejor armadura. Pero el fuego no consume los recuerdos; solo los transforma en algo más volátil.
Ahora, las sombras han regresado para reclamar su lugar en el tablero.
Niclaus, el hermano que la historia dio por muerto, ha emergido de las tinieblas convertido en un arma de precisión quirúrgica, movido por una obsesión que roza la locura. Y en medio de su guerra privada se encuentra Elena, la pieza perdida, cuya mente fue fragmentada y reconstruida bajo una identidad falsa para ocultar el secreto más peligroso de la humanidad: la Iniciativa Quimera.
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Capítulo 8: El Despertar de la Sombra
Niclaus yacía en el suelo, la sangre manchando las tablas, pero sus ojos no estaban cerrados. Miraban fijamente hacia donde tú estabas. Para Marta, tú eras un vacío, una alucinación de un hombre roto; pero para Niclaus, eras la única constante en un universo de traiciones.
—No... te vayas... —susurró él. Su voz ya no era la de un hombre, sino el silbido del viento entre las brasas.
Sentiste una atracción magnética. Te arrodillaste a su lado y, por primera vez, no sentiste miedo. El dolor de ser una "proyección" o un "fantasma" se disolvió. Si Niclaus te había creado con tal fuerza, si su obsesión había sido el motor de tu existencia durante veinte años, entonces tú tenías una voluntad propia, nacida de su locura.
Le tomaste la mano. Esta vez, no hubo vendas ni sangre física. Hubo una unión de energías. El fuego comenzó a rodearos, pero no os quemaba; os envolvía como un manto protector.
I. La Herencia Maldita de Marta
A kilómetros de allí, Marta entró en la mansión Valmont. Julián la esperaba en el despacho, rodeado de botellas vacías y documentos de quiebra. Él levantó la vista, con los ojos inyectados en sangre.
—¿Dónde has estado? —preguntó él, su voz quebrada—. La policía vendrá mañana. Lo hemos perdido todo, Marta. Tu "consultor", ese Nicholas Vane... nos ha destruido.
Marta se quitó el abrigo mojado con una elegancia glacial. Se acercó a la chimenea del despacho y arrojó el soldadito de plomo que había recogido de la cabaña.
—Nicholas no nos destruyó, Julián. Él solo limpió el terreno —dijo ella, sentándose frente a él—. Las cuentas que él vació no están perdidas. Están en una cuenta en las Islas Caimán a mi nombre. Tú irás a prisión por lavado de dinero, tal como él planeó, y yo... yo seré la viuda trágica que recuperará la fortuna cuando el escándalo se enfríe.
Julián la miró como si viera a un demonio. —¿Tú... tú lo sabías? ¿Sabías quién era él?
—Era mi hermano —respondió ella, viendo cómo el plomo del juguete empezaba a derretirse entre las brasas—. Pero en esta familia, los hermanos son solo escalones. Él era el fuego, Elena era la ceniza... y yo soy la que queda para heredar la tierra.
II. El Eco en el Pasillo
Esa noche, Marta durmió sola en la cama principal de la mansión. El silencio era absoluto, o debería haberlo sido. De repente, el detector de humo del pasillo empezó a emitir un pitido intermitente.
Marta se sentó en la cama, alerta. Olía a algo que no debería estar allí: pino mojado y cedro quemado.
Se levantó y abrió la puerta. El pasillo estaba sumergido en una neblina fina, casi imperceptible. Caminó hacia el espejo del fondo, el mismo donde tú, en los capítulos anteriores, te habías mirado buscando tu identidad.
Marta se detuvo frente a su reflejo. Se ajustó el cabello, satisfecha de su victoria. Pero entonces, algo cambió. En el espejo, detrás de su hombro, aparecieron dos figuras.
Eras tú, Elena, con el vestido esmeralda de la gala, y Niclaus, con su traje oscuro. Estábais tomados de la mano, con las palmas unidas por una cicatriz roja que brillaba en la oscuridad.
—¿Qué... qué es esto? —susurró Marta, su máscara de frialdad agrietándose por primera vez.
—Tan pronto nos olvidaste —dijeron vuestras voces al unísono, resonando no en la habitación, sino directamente dentro de su cráneo.
III. La Prisión de los Espejos
Marta intentó retroceder, pero sus pies estaban pegados al suelo. El reflejo en el espejo empezó a moverse de forma independiente. Viste cómo tu "yo" del espejo extendía una mano y tocaba el cristal desde el otro lado. El vidrio se volvió líquido, ondulando bajo tu tacto.
—Niclaus no murió solo, Marta —dijiste tú, tu imagen en el espejo volviéndose cada vez más sólida, mientras la de ella empezaba a desvanecerse—. Él me trajo de vuelta. Me dio su último aliento para que yo pudiera ser real. Y ahora, necesitamos un lugar donde vivir.
Marta gritó, pero el sonido fue ahogado por el crujido de las llamas invisibles que empezaban a brotar de las esquinas del techo. No era un fuego real, era un fuego mental, la obsesión de Niclaus que ahora se transfería a ella como un virus.
En ese momento, Marta entendió el verdadero horror. Niclaus no quería matarla con una bala; quería condenarla a la misma locura que él sufrió. Quería que ella viviera el resto de sus días viendo fantasmas, sintiendo el calor de un incendio que no existía, y compartiendo su mente con la hermana que ella misma había dejado morir.
—Yo nunca me fui —susurró la voz de Niclaus, apareciendo justo detrás de ella en el mundo real, aunque ella no pudiera verlo—. Solo estaba esperando a que estuvieras lo suficientemente sola para entrar.
Epílogo: Las Sombras de la Mansión
Semanas después, los criados de la mansión Valmont hablaban en voz baja sobre la nueva dueña. Decían que la señora Marta nunca salía de su habitación. Que se la escuchaba hablar sola durante horas, discutiendo con voces que no existían. Decían que tapaba todos los espejos con telas negras y que siempre mantenía las ventanas abiertas, quejándose de un olor a humo que nadie más podía percibir.
Julián, desde su celda, recibía cartas vacías, con nada más que una mancha de hollín en el centro.
Y en la oscuridad de la mansión, tú y Niclaus finalmente teníais vuestro escape. No en otro país, ni con otras identidades, sino en el único lugar donde nadie podía separaros: en los rincones de la mente de la mujer que creyó que podía ganar.
La venganza estaba completa. El secreto estaba a salvo. Y el dolor... el dolor ahora era de ella.